La entrada en prisión de Ábalos ha supuesto un terremoto de consecuencias políticas y mediáticas que el PSOE trata de contener. Ábalos fue en su día uno de los rostros más visibles del rechazo socialista a la corrupción, protagonista de la moción de censura que llevó a Pedro Sánchez a la Moncloa tras el caso Gürtel. No le va a ser fácil al PSOE conseguirlo, porque el pasado vuelve como un boomerang, y cada declaración o revelación de Ábalos se convierte en munición para una oposición dispuesta a exprimir el caso para desgastar al gobierno.
Desde Ferraz y la Moncloa la consigna parece clara: marcar distancia con el exministro y recalcar que ya no forma parte ni del partido ni del Gobierno. El PSOE insiste, en que actuó con tolerancia cero y transparencia, expulsando a todos los implicados cuando saltó el escándalo. Desde Presidencia subrayan que la legislatura sigue su curso y que no existe temor a lo que Ábalos pueda revelar, pues sostienen que no hay evidencias que impliquen directamente al presidente ni a su círculo familiar.
Pero mal harían con engañarse. El daño reputacional es intenso y difícil de contener. La entrada en prisión de Ábalos y Koldo García ahonda la inquietud en el PSOE. El partido sufre el descrédito de tener a uno de sus exsecretarios de organización en la cárcel, y la oposición aprovecha cada nueva acusación o insinuación para vincular al Gobierno actual con las presuntas irregularidades en la adjudicación de contratos de mascarillas durante la pandemia. A esto se suman los reproches internos de figuras como García-Page y Felipe González reclamando mayor responsabilidad y autocrítica en la gestión política y partidaria.
Las reacciones de la oposición han sido inmediatas: PP y Vox han exigido explicaciones y comparecencias, mientras que otros señalan la “vergüenza internacional” que supone este episodio para la política española. Los partidos rivales insisten en que el caso no puede resolverse simplemente con la expulsión de Ábalos, sino que debe aclararse hasta el último extremo la posible implicación de altos cargos gubernamentales.
Y como no podía ser de otra manera, la prensa a sueldo de las instituciones gobernadas por el PP, hoy recupera discursos y entrevistas en las que Ábalos se mostraba tajante contra la corrupción, reclamando firmeza y transparencia cuando era la oposición quien afrontaba casos judiciales. La paradoja resulta evidente y el PSOE ve cómo sus antiguos argumentos se revierten en su contra, mientras la sociedad y los medios examinan cada paso del partido en la gestión de la crisis, con la memoria colectiva regresando a frases como “no basta con pedir perdón”.
El reto para los socialistas es lograr que el “caso Ábalos” no contamine la acción de gobierno ni contenga efectos expansivos más allá de los ya depurados por la expulsión y el distanciamiento. Un desafío que exige máxima diligencia institucional para restablecer la confianza pública.
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