Hoy, 50 años después de la muerte de Franco, resulta fundamental recordar las razones históricas y éticas que hacen absurda cualquier añoranza del franquismo. Una dictadura que fue responsable de una represión masiva y sistemática, con más de 100.000 personas desaparecidas entre 1936 y 1977, 150.000 asesinatos registrados, 2.800 fosas comunes, medio millón de exiliados y hasta 300.000 presos políticos en los primeros años del régimen militar, no merece añoranza sino desprecio y condena.
El franquismo privó a varias generaciones de españoles de su libertad y retrasó la democracia, mediante la instauración de un sistema político basado en el miedo, la censura y la negación sistemática de derechos humanos básicos. Aún hoy persisten discursos y símbolos que banalizan estos crímenes, con los que algunos intentan blanquear la dictadura; sin embargo, no pueden ocultar que franquismo significa golpe de Estado, violencia institucionalizada y persecución política, algo radicalmente contrario a cualquier sociedad justa, libre y democrática.
Sentir nostálgica de esa etapa, es ignora el sufrimiento de miles de víctimas y supone un desprecio a la memoria colectiva y a los valores constitucionales que hoy sostienen nuestro país. Recordar la verdad nos obliga a señalar con claridad: la añoranza del franquismo solo puede sustentarse en la negación del dolor y del derecho a la justicia, de la reparación y de la dignidad de quienes más sufrieron ese oscuro periodo de nuestra historia.
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