Finalizado el congreso de Andalucía, la actitud de aplaudir al que saben maximo responsable de la tragedia de la DANA en Valencia ,y el cinismo con el que se piden elecciones en España mientras se hace el calculo político de lo que sería perder una moción de censura, es como para que sus votantes se quitasen de una vez la venda de los ojos. Claro que quienes vivimos en pueblos sabemos que la derecha es de voto fiel, aunque tengan que votara a los responsables de la muerte de un familiar, sabemos que lo harán sin ningún tipo de remordimientos. Pero la realidad es la que es.
El actual rumbo del Partido Popular solo puede merecer una crítica profunda y urgente. Bajo una táctica marcada por la polarización, el discurso del miedo y la connivencia con la extrema derecha, el PP parece más preocupado por las maniobras políticas que por afrontar los verdaderos problemas de la sociedad española.
Lejos de proponer soluciones de fondo, el PP recurre al alarmismo: fomenta el miedo al otro, al inmigrante y al diferente, recurriendo a teorías conspiranóicas y narrativas que dividen a la sociedad en bandos antagónicos, una táctica heredada del franquismo más excluyente. De este modo, transforman el debate público en una batalla de enemigos mortales, anestesiando cualquier posibilidad de consenso y diálogo real.
La dirección de Feijóo ha cedido repetidas veces ante los postulados de sus socios ultraderechistas y de una élite interna cuyo único horizonte es el oportunismo, olvidando cualquier atisbo de liderazgo propio. Esta peligrosa deriva no solo mina la credibilidad democrática del PP, sino que está fracturando la convivencia social de manera irresponsable.
El partido de Feijoo ha optado por disfrazar lo reaccionario de revolucionario para captar a una juventud descontenta, haciéndole creer que solo una cruzada contra un sistema “sin valores” puede salvar el mundo, generando así un caldo de cultivo para el cinismo y la desinformación. El resultado es una juventud manipulada, temerosa y envenenada por el relato del desastre inminente.
No se trata únicamente de narrativas. Las tramas de corrupción, con líderes nacionales y autonómicos implicados y dinero negro como ingrediente habitual, no son ataques externos al PP, sino males endémicos de la formación. Esto da cuenta de una degeneración ética crónica que, lejos de superarse, se enquista bajo nuevas caras con viejas mañas.
El PP se enfrenta así a una urgencia: o renueva profundamente su planteamiento político, o continuará siendo rehén de los peores vicios de su pasado y presente, cada vez más alejado de los problemas reales y de la pluralidad de la sociedad española. Y lo peor, rehén de Vox, que quiere arrastrarnos a todos en esa deriva a la intolerancia y el autoritarismo más absolutos.
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