viernes, 28 de noviembre de 2025

Tragicomedia de jueces, partidos sabidos y dictadores inquietos

Hoy me he levantado más amante del teatro de lo habitual. Quizás por eso, esta mañana os ofrezco un relato teatral que conjuga ironía, crítica política y humor sin renunciar a describir una triste realidad. 

Buen sábado. 

Titulo: Tragicomedia de jueces, partidos sabidos y dictadores inquietos

En España, como es bien sabido, los existen días neutros ni neutrales, ni siquiera en el calendario, y los jueces, en cuanto te descuidas, acaban organizando una  partida de ajedrez donde ahora el rey ya no es el que lleva corona, sino que es el de la toga. El 20 N, con toda su carga simbólica, amaneció este año cómo un recordatorio para el actual gobierno: si vosotros desenterráis cadáveres incómodos de Cuelgamuros, nosotros desentiérranos gobiernos como se desentierran las patatas.  Así avanzamos, con el rigor más propio de un grupo de prestidigitadores y la elegancia de los nazarenos en la procesión de su cofradía.

También es muy importante la velocidad de todo el proceso. Acostumbrados a una justicia que avanza, bastante más que despacio, e incluso a veces en dirección contraria, este veredicto contra el fiscal general podemos considerarlo meteórico: aún no había comenzado la siesta y ya estaba dictada la condena. Han querido presumir de eficaces y en este caso, no es por presumir, primero nos dan a conocer el resultado y después, ya se preocuparan de estudiar cómo se disfrazan los argumentos. Quien espere motivación jurídica, que coja número cómo para cualquier consulta, que ya tiene lista de espera seguro; la Constitución dice que todas las sentencias deben estar motivadas, pero aquí, la realidad es otra, fluida e inconstante, cómo si la Constitución, fuera la carta de vinos de un restaurante, que al final solemos preguntar ¿Cuál me recomienda?

Cinco jueces, se han transformado en los árbitros supremos, y así nos demuestran que son ellos quienes deciden cómo, cuándo y hasta con quién puede uno sentarse a comer, siendo fiscal general del Estado. No nos confundamos, porque más que un  gesto de poder, lo que nos han dado ha sido un elegantísimo aviso: “Aviso: se informa al distinguido público, que cualquier autoridad que no sea del agrado de los señores inquisidores mayores del reino, ya puede empezar a recoger los trastos. Avisados quedan alcaldes, concejales e incluso los porteros de comunidad con ínfulas democráticas”. Por si no nos hemos enterado aún, la potestad más que pender de un hilo, pende de una toga, y tu ciudadanos debes saber que eres más frágil que un residente en un centro de mayores machado por los años y las enfermedades. 

Ha sido un fallo que no falla, tan escueto como la respuesta del señor al que no le gustaba hablar, y le preguntaron ¿de qué ha muerto tu padre? Y él respondió: de repente. Estamos ante la versión judicial del "porque lo digo yo", algo que más que a una sentencia, se parece a un ajuste de cuentas, toda una operación más de ingeniería política por mucho que pretendan disfrazárnosla de mecánica jurídica. Porque es evidente que la lógica la han dejado para mejor ocasión, y quieren que el razonamiento lo confiemos a su estado de ánimo futuro. 

Y si curiosa la prisa y el no argumentar la decisión, no lo es menos la condena: multa y dos años de inhabilitación, algo que está milimétricamente calculado. Corta para no permitir que el fiscal entre en prisión, pero suficiente para expulsarlo del cargo antes de que se termine la legislatura. Lo bastante ingenioso, para no llegar a escandalizar a los jueces díscolos que todavía creen en que la sala Segunda del Supremo imparte justicia, y de paso, se evitan la rebelión espontánea de algunos compañeros de profesión, que siempre resultan incómodas.

Y donde se asiste al colmo de este delirio es en la acusación: una revelación de secretos, pero sin secretos. Debe de tratarse de una nuevo versión judicial de esa trama de película de un asesino invisible, donde todos intuyen que se ha cometido un crimen, pero nadie sabe el móvil, ni el botín que se perseguía, y ni siquiera si el robo se ha producido realmente. Pera he te me aquí, que, para investigar semejante misterio, llaman a la UCO, la policía judicial, que opta por el registro completo del despacho del fiscal sin hallar nada. Pero nada de nada, aunque eso  da igual, porque a falta de pruebas, buenas son las sospechas.

Rebusquen en todo el proceso e intenten encontrar esos elementos denominados garantías procesales. ¿Garantías procesales? Espero que sus señorías nos permitan unas sonrisas sin que se consideren amenazados, pero si les va a molestar, entonces permítanme que me ría para adentro. El proceso no ha sido garantista, ni largo, ni previsible.  Y a pesar de toda la parafernalia montada alrededor por tratarse del fiscal, porque no estamos ante un crimen, sino ante un delito menor, de esos que duermen el sueño de los justos en los archivos de cualquier juzgado de nuestra piel de toro, hasta que un día alguien se los encuentra por casualidad, y decide leerlos para ver de qué se trata. Pero aquí, de repente, el juzgado se ha convertido en una picadora de carne con turbo: ni comparecencias, ni debate, ni prudencia. Cualquier jurista, por muy ayusista que sea, te comenta su absoluta  perplejidad.

En la era de las comunicaciones y donde hasta a los bebes los vemos en Tik Tok, el Tribunal Supremo ha puesto todo su empeño en evitar la retransmisión televisiva del juicio, quizá para que nadie haga negocio con la audiencia, y quien quiera ver el partido que lo pague, con ello cualquier sorpresa queda reservada para la prensa matutina. Así no vemos el partido, o lo vemos sabiendo el resultado con antelación, algo así como ver Titanic, sabiendo que Leonardo muere ahogado, mientras seguimos esperando un final feliz.

Pero no creáis que lo veo todo negro. Permítidme una mínima esperanza, solo un pequeño resquicio: que algún día termine tanta impunidad. Que la soberbia y el desprecio por la honradez y la verdad, ese patrimonio que este juicio si ha transmitido, y que llevan haciéndolo generación tras generación desde ciertos ambientes, acabe teniendo consecuencias. Porque, si algo nos enseña la historia de España (mi patria, aunque a alguno le joda que lo escriba), es que quienes se creen por encima de todos los demás, un día terminan metiendo el pie en la zanja.

Y mientras aquí seguimos, incrédulos, por saber ya la conclusión de la serie antes de haber visto el primer capítulo. Pero incrédulos también de ver  cómo la realidad se pliega con sorna, ante los jirones de una justicia que pretende ser el gran espectáculo, pero que el Constitucional o la justicia europea nos acabará demostrando que solo era una tragicomedia.


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