lunes, 6 de abril de 2026

Empezar otra vez


Marina nunca supo si el niño entendía lo que decía. Solo oyó su voz rompiendo el aire, esa voz limpia que a veces tienen los niños cuando todavía no han aprendido a mentir. Sus palabras le cayeron encima como si alguien abriera de golpe las ventanas de una casa cerrada durante demasiado tiempo. Por un momento creyó oler a humo, pero era solo su corazón ardiéndole por dentro.

Salió a la calle casi sin ver la luz, con los pasos apresurados y las manos quietas. El sol al ponerse manchaba los tejados de un rojo intenso, y a Marina le pareció que el mundo se le estaba yendo sin avisar. En el camino hacia la casa, y al pasar junto a la iglesia,  pensó que quizás no había nada que hacer, que el amor perdido, que sentía cómo una mezcla de culpa y temblor, ya no había marcha atrás. 

Cuando entró a la capilla, no quiso rezar. Se sentó en el último banco, cerró los ojos y esperó a que el fuego que sentía bajara. Afuera, el niño jugaba persiguiendo las sombras largas de la tarde. Y Marina, por primera vez, entendió que a veces lo irreversible no te destruye, simplemente te hace empezar otra historia.

Felipe González entra en campaña con Moreno Bonilla

Lo que está haciendo Felipe González es, políticamente, una traición moral a la historia del PSOE: usa su prestigio de exlíder socialista para blanquear al PP y golpear a su propio partido desde dentro, justo cuando más necesita cohesión. Su presencia junto a Moreno y frases como “En el 92 el AVE empezó a funcionar, no como ahora” no son una reflexión institucional, sino la munición partidista que presta al adversario de su partido.

Felipe González ya no discurre, milita o corrige, sino que se ha convertido en un espectáculo de despecho institucional. Su figura, que algún día encarnó el proyecto modernizador del socialismo español, se ha sublimado en una forma de traición elegante, Ahora es un tipo que se presta, con estudiada complacencia, a la causa de su adversario histórico.

Lo que está haciendo junto a Moreno Bonilla no es expresar una opinión; es prestar su nombre a una operación política. No se limita a criticar al gobierno ni a señalar desaciertos: sino que se ha convertido en comparsa de una campaña andaluza, buscando desgastar al PSOE desde dentro. Es el beneplácito a la derecha de un expresidente que, en vez de leer la historia con humildad, se pone a la disposición de quien la quiere contar de otra manera desfigurándola. 

Si se analiza su frase sobre el AVE de 1992, es evidente que no se trata de un apunte técnico, sino un guiño calculado. “En el 92 el AVE empezó a funcionar, no como ahora”. No basta con decirla sonriendo porque, con sonrisa o sin ella, suena a lección de autoridad, cuando en realidad es un arma de desgaste que busca minimizar el presente para engrandecer un pasado que, convenientemente, se identifica con su etapa de ejercicio político. No está defendiendo la memoria del socialismo; está usando su autobiografía para relativizar el esfuerzo de quienes hoy intentan mantenerlo vivo.

No me digáis que su ironía no es brutal. El expresidente que, durante décadas, se alimentó del cariño institucional del PSOE, ahora se dedica a alimentar el discurso del PP, con una sobredosis de nostalgia para que su ataque no parezca tan crudo. Felipe, hoy, no es un hombre libre de partido; es un hombre que ya no pertenece a ningún sitio y que, por eso mismo, se siente autorizado para herir con la impunidad del que ha dejado de tener responsabilidades reales.

Lo más desagradable de su papel no es su crítica, sino su postura o su impostura. No se le ve como un socialista exigente, sino como un dirigente depreciado que está confundiendo disidencia con resentimiento. Aunque se empeñe, no aporta ideas, solo son eslóganes retrospectivos; no ofrece alternativas, solo se dedica a dar zarpazos. Su gesto no fortalece el debate político, sino que sirve para confundir a la militancia y desorientar al electorado. Pero ante todo sirve de parapeto para quienes pretenden vendernos que el PP es el partido de la “moderación” y del “sentido común”. Es una marioneta de Génova 13.

Al final, la imagen que nos quedará del personaje es la de un político que ya no tiene nada que construir, y que por eso se dedica a destruir. No se trata de un reparador crítico, sino de un saboteador con corbata de veterano militante. Felipe González ha cruzado esa línea, tras la que ya no es solo un referente incómodo para el PSOE, sino un problema moral para el socialismo. 

En el PSOE, aunque diferente, hay otra actitud parecida, la de Page. En el fondo, ambos dos (tanto González como Page) representan dos caras de la misma moneda: el exlíder que se confunde a sí mismo con el PSOE, y el dirigente regional que se cree su custodio. El primero se presta al PP para recordar que una vez fue indispensable; el segundo se escuda en la “autonomía” y en la “lealtad a la militancia” para legitimar su propia desobediencia. Mientras el PSOE intenta no hundirse, los dos se dedican a recordar, uno en clave nacional y otro en clave regional, que el pasado fue más glorioso, ignorando que el pasado, en política, sirve para aprender, no para usarlo como arma contra el presente.

Y cuando un expresidente se convierte en obstáculo simbólico de la formación que lo hizo presidente, su legado apesta a ruina.


¡Clama al cielo!

¡Clama al cielo escuchar, una y otra vez, las mismas frases huecas de quienes no tienen ni puñetera idea de cómo funcionan las administraciones, sobre eso de las “paguitas” y el “buenismo”! Como si la compasión fuera un defecto, y la solidaridad, una enfermedad. Mientras tanto, no quieren ver cómo la derecha política, esa que presume de méritos propios, sigue engordando sus bolsillos a base de enchufes, chiringuitos y mamandurrias disfrazadas de gestión eficiente. Y lo peor: una parte de la ciudadanía lo ve, lo sabe… y aun así aplaude. Se traga el cuento entero con una fidelidad que da miedo. 

Aquí no se trata solo de ideología, sino de coherencia moral. ¿De verdad es más escandaloso que una persona reciba una ayuda social para poder comer, que ver cómo unos pocos se reparten el pastel del poder entre amigos y familiares? ¿Tan hondo caló la propaganda que nos ha hecho creer que el pobre es culpable y el rico, merecedor eterno de indulgencia, aunque sea un auténtico chorizo? Es hora de mirar de frente esa hipocresía que sostiene este sistema capitalista y plantarle cara sin miedo.

La manipulación funciona porque falta pensamiento libre. Nos tratan de enseñar a repetir, no a pensar; a aceptar, no a cuestionarnos nada. ¡Y así nos va! Somos un país donde las consignas pesan más que los argumentos, donde se cree más a lo que grita un tertuliano en televisión que a la realidad que se ve en la calle. Urge que desde la escuela se enseñe a pensar, a contrastar información, a sospechar del que ejerce el poder y del que quiere ejercerlo, de sus relatos cómodos. Sin pensamiento crítico, no hay país con futuro, solo un país obediente.

Porque sí, todos los votos valen lo mismo, y eso es lo bueno de la democracia, también es un sistema trágico cuando se vota con los ojos cerrados. La libertad no está en elegir una papeleta, sino en hacerlo con la mente despierta. Leer, formarse, cuestionar, incomodarse… eso es ser revolucionario. Lo demás, es pura sumisión envuelta en charanga y bandera en la pulsera, en el balcón, o en el collar de paseo del perrito.

Porque lo que está en juego es mucho más importante que la fidelidad a una ideología porque está en juego la decencia. No hay democracia real sin pensamiento crítico, sin mostrar rebeldía, sin tener memoria. Así que clamen al cielo, griten quienes todavía pueden sentir vergüenza. Incomoden. Despierten. Porque si seguimos tragando con todo, el futuro no lo decidiremos los ciudadanos, lo decidirán los que llevan décadas repartiéndose el país entre copas de vino, puros y sonrisas hipócritas.



Filosofía: el arte de no ser un robot


Cada vez se escucha con más frecuencia la frase: “la filosofía no sirve para nada”. Curiosamente, la pronuncian personas que viven en un mundo construido precisamente gracias al pensamiento crítico, a la ética y a la lógica, todas ellas hijas legítimas de la filosofía. Qué ironía: rechazar el pensamiento reflexivo mientras se disfruta de sus frutos.

Pero claro, ¿para qué filosofar si ya tenemos tutoriales en internet para enseñarte “cómo ser feliz en tres pasos” o “cómo tener éxito sin pensar demasiado”? La nueva religión de nuestro tiempo es la inmediatez, y su profeta, la pantalla del móvil. Pensar cuesta, porque requiere pararse a pensar, y eso hoy resulta al parecer un crimen. Vivimos en una época que idolatra lo util y desprecia lo profundo, donde saber qué es justo importa menos que saber cómo destacar, aunque solo sean diez segundos en un vídeo.

Los que desprecian la filosofía suelen decir que “eso no da de comer”. Tienen razón: no alimenta el estómago, pero sí el espíritu, la conciencia y, sobre todo, la libertad. Y no hay nada más peligroso para el poder, para las modas o para las masas conformes, que un ser humano que piense por sí mismo.

Sin filosofía no existiría la ciencia, porque la ciencia empezó con preguntas filosóficas; no existiría la ética, porque la moral requiere reflexión sobre lo justo y lo correcto; y tampoco existiría la democracia, porque fue el pensamiento filosófico el que nos enseñó que la razón vale más que la autoridad.

Pero claro, sigamos pensando que la filosofía no sirve para nada. Así podremos vivir más tranquilos, sin dudas ni preguntas incómodas. Bastará con obedecer tendencias, consumir los bulos que nos cuentan, las mentiras o medias verdades  que nos dicen, y con opinar lo que opina la mayoría. Seremos muy eficientes, aunque unos perfectos inútiles.

Al final, lo que molesta no es que la filosofía no sirva, sino que resulta incómoda. Porque filosofar implica mirar el mundo de frente y, de paso, mirarse a uno mismo. Y eso, en tiempos de filtros y apariencias, es demasiado esfuerzo para una sociedad que confunde pensar con creer todo lo que aparece en la pantalla del móvil o la Tablet.


LA UNIÓN EUROPEA CELEBRA EL ENTIERRO DE SUS VALORES

La Unión Europea, esa autodenominada fortaleza de los derechos humanos, parece haber encontrado su nueva seña de identidad: las concertinas diplomáticas. Tras años de construir un relato de solidaridad y justicia, Bruselas ha decidido dar un salto cualitativo hacia su propia negación moral: externalizar el sufrimiento.

El llamado Reglamento de Retorno, apoyado con entusiasmo por el Partido Popular Europeo y la extrema derecha, es —con todas las letras— el acta de defunción del espíritu humanista que dio forma al proyecto europeo tras la Segunda Guerra Mundial. Convertir la protección internacional en una operación logística de deportaciones hacia terceros países es más que una medida política: es una traición ética.

Y no una cualquiera. Deportar a personas vulnerables a países con dudosa reputación en materia de derechos humanos —Uganda, Ruanda, Egipto, Marruecos, la India o Bangladesh— equivale a cerrar los ojos ante el riesgo de tortura, persecución o miseria que estas personas intentaron dejar atrás. Que la Comisión Europea lo califique como una “solución innovadora” es una muestra de cinismo institucional digno de estudio: reinventar el lenguaje para blanquear la crueldad.

Detrás de esta maniobra hay cálculo, no ignorancia. Los gobiernos de corte conservador y ultraderechista han comprendido que el miedo migratorio da réditos electorales. Y nada suena mejor a sus votantes que un eslogan de “eficiencia” y “seguridad” con aroma a control fronterizo. Pero ningún manual técnico puede maquillar el hecho esencial: Europa está subcontratando su conciencia.

Hablan de “regresar” a los migrantes, como si la dignidad humana tuviera cláusulas de permanencia. Hablan de “países seguros”, ocultando que muchos de ellos persiguen minorías, encarcelan disidentes o permiten la esclavitud moderna. Hablan de “centros de acogida”, cuando en realidad son centros de desaparición administrativa, depósitos de personas incómodas, convenientemente fuera del alcance de las cámaras y las leyes europeas.

El argumento de la eficiencia es otro insulto. No hay nada “eficiente” en convertir el derecho de asilo en una carrera burocrática para sobrevivir. No hay nada “sostenible” en encerrar niños durante 24 horas “como último recurso”. Europa no está haciendo su política migratoria más racional: la está haciendo más inhumana.

Lo más grave es que esta deriva no ha sido impuesta desde fuera, sino cultivada desde dentro. Que el Partido Popular Europeo abrace sin pudor las tesis de Vox, Le Pen o Meloni demuestra una descomposición moral preocupante. La derecha clásica ha decidido competir con los extremistas en su propio terreno, como si la historia no hubiera enseñado qué ocurre cuando los valores se subordinan a los votos.

Este reglamento no protege fronteras: destruye principios. Y lo hace mientras sus promotores se envuelven en la bandera azul con estrellas doradas, apelando a la “unidad europea” mientras dinamitan su verdadero cimiento: la dignidad humana.

A estas alturas, la pregunta ya no es qué será de los refugiados. La pregunta es qué será de nosotros cuando, en nombre de la seguridad, Europa deje de ser Europa.

El anacronismo de la tauromaquia y la obstinación de Castilla-La Mancha

La tauromaquia pertenece a un tiempo en que la violencia era parte del espectáculo y el sacrificio un componente esencial del honor. Pero la cultura, si quiere sobrevivir, debe transformarse con quienes la viven”

En España, pocas tradiciones dividen tanto a los ciudadanos como la tauromaquia. Durante siglos fue celebrada como una forma de arte, un ritual cargado de simbolismo y valentía. Sin embargo, en pleno siglo XXI, la imagen del toro agonizando en la arena ya no encaja con la sensibilidad de una sociedad que ha aprendido a mirar el sufrimiento animal con otros ojos. La fiesta nacional, antaño orgullo colectivo, se ha convertido en un espejo incómodo que refleja la tensión entre pasado y presente.

La cuestión no es solo estética ni moral: es cultural. La tauromaquia pertenece a un tiempo en que la violencia era parte del espectáculo y el sacrificio un componente esencial del honor. Pero la cultura, si quiere sobrevivir, debe transformarse con quienes la viven. Mantener vivas prácticas que se sustentan en el dolor contradice la ética contemporánea, aquella que reconoce la vida como valor en sí mismo. En este contexto, insistir en ensalzar la tauromaquia como patrimonio intangible no es un gesto de fidelidad al arte, sino de resistencia al cambio.

Por eso resulta tan llamativo que Castilla-La Mancha haya decidido mantener su Premio Regional de Tauromaquia. El argumento oficial apela a la defensa de la tradición y a la preservación de una identidad cultural. Pero esa defensa es cada vez más difícil de sostener sin caer en la contradicción. ¿Qué dice de una comunidad moderna que premie públicamente una práctica cuestionada por buena parte de sus ciudadanos? ¿No sería más coherente abrir camino a nuevas formas de expresión cultural que encarnen los valores de nuestro tiempo?

Mantener ese reconocimiento institucional revela para mí un problema más profundo: la confusión entre conservar y perpetuar. Respetar las raíces no implica impedir que crezcan ramas nuevas en el árbol. La cultura no se empobrece cuando abandona viejas costumbres; se vuelve más lúcida, más acorde con el pulso del mundo. Al seguir premiando la tauromaquia, Castilla-La Mancha no protege su herencia, sino que la fosiliza. Convierte el arte del toreo en un vestigio, un símbolo que sobrevive más por inercia que por convicción.

La tauromaquia puede tener valor histórico, literario o incluso antropológico, pero su defensa como práctica viva solo se sostiene si ignoramos el cambio moral de nuestra época. Aceptar su anacronismo no significa renegar del pasado, sino reconocer que la cultura, que la ética, evolucionan. Y quizá haya llegado el momento de entender que honrar nuestra historia no pasa por repetirla, sino por aprender a dejarla descansar.

Castilla-La Mancha, al mantener su premio, conserva también un espejo donde el país entero puede mirarse. No se trata de juzgar con desprecio lo que formó parte de nuestra historia, sino de decidir qué nuevos valores queremos. Defender la tauromaquia en el siglo XXI ya no es un acto de amor por la cultura, sino una forma de resistencia a la evolución ética. Y esa resistencia, inevitablemente, la convierte en lo que más teme ser: una reliquia brillante, pero muerta, de un tiempo que ya no nos pertenece.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Lobo con piel de cordero

Adelanto electoral en Andalucía. Hay lobos que no aúllan, que se acercan con paso corto, sonrisa templada y una rebeca al hombro. Este, en lugar de colmillos, muestra hoyuelos; en vez de pelaje oscuro, luce lana recién planchada con aroma a colonia institucional. Te mira desde la tele y crees que va a ofrecerte una caña, pero en realidad te está vendiendo la privatización envuelta en papel de celofán. Es el arte del disimulo ejecutivo: un depredador sin despeinarse.

Aprendió que la ferocidad no se lleva bien con las encuestas, así que se vistió de vecino simpático, de amigo que habla bajito y promete equilibrio. Mientras tanto, reorganiza el corral: los corderos contentos con las migas, el lobo engordando con los contratos. Y cuando alguien le recuerda el zarpazo de antaño, sonríe: “No fui yo, fue aquel otro”.

Así es el nuevo lobo contemporáneo: no muerde, gestiona; no ruge, comunica. Pero si rascas un poco la lana, todavía late debajo su instinto: conservar el poder sin que nadie lo note, hacer pasar el cálculo por empatía y el pacto con los lobos por sentido común.

Moreno Bonilla es el ejemplo más pulido del lobo que aprendió a balar. En la política andaluza, donde el colmillo suele relucir, él decidió ponerse lana blanca y sonrisa de vecino. Ya no es el dirigente del PP, ahora es “Juanma”, el moderado de mirada limpia y verbo templado. En una época de estridencias, su gran triunfo ha sido convertir la gestión en simpatía y la estrategia en afecto.

Su disfraz personal funciona tan bien, que ni siquiera parece de derechas, aunque gobierne con los patrones clásicos de su partido: rebaja fiscal para unos pocos, sanidad pública en desguace lento, educación que se externaliza a golpe de concierto. Pero su tono amable desactiva cualquier reproche; la palabra “recorte” suena menos dura cuando la pronuncia alguien que reparte abrazos en ferias y lágrimas ante ataúdes y en Semana Santa.

Moreno Bonilla es un político que ha hecho del eufemismo su casa y del olvido su aliado. Hoy pocos recuerdan que fue él quien firmó el primer acuerdo con Vox, cuando aún se hablaba de “cordones sanitarios” y del peligro de normalizar a la ultraderecha. Hoy, ese pacto se relega al pie de página mientras Moreno Bonilla se presenta como garante de la estabilidad, el adulto de la sala, el gestor que no grita. Pero el fue el primero en acordar con la banda de Obiscal. 

Lo suyo no es el zarpazo, sino la caricia. Pero mientras acaricia, reordena el territorio político: la derecha se ensancha gracias a su tono pastoril, y el rebaño duerme tranquilo, convencido de que el lobo ha aprendido buenas maneras. Lo cierto es que no se las quitó nunca, solo aprendió a usarlas mejor.

En Andalucía, el poder ya no grita, sonríe. Y esa, quizá, sea la forma más peligrosa del rugido del lobo.

GESTIÓN DEFICIENTE, AUNQUE NO GUSTE

En el análisis de la situación en Ceuta existe un fallo estructural del Estado social y de derecho. La sensación de abandono que experimenta...