domingo, 23 de agosto de 2026

Hasta el gorro del discurso xenófobo


El lenguaje nunca es neutro. La elección de los conceptos y metáforas utilizados en público determina los límites de lo moralmente aceptable y de lo que es o no democrático. Cuando la extrema derecha utiliza términos vinculados a la "caza" para referirse a la población migrante o emplea metáforas de "limpieza de calles" asimilando a los seres humanos con basura, no son meros excesos verbales ni anécdotas retóricas, sino ante una estrategia política deliberada de deshumanización.

Convertir al diferente en un "objeto a perseguir" o en "basura a erradicar" cumple una función: despojar a las personas de sus derechos fundamentales para justificar la violencia institucional o social contra ellas. La metáfora "limpiar los barrios" desde el aparato punitivo del Estado deforma el cometido de los servicios públicos, e instrumentaliza a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Las fuerzas de seguridad en un Estado democrático de derecho existen para garantizar el cumplimiento de la legalidad constitucional y la protección de los derechos humanos, jamás para operar como perseguidores de los colectivos vulnerables o las minorías.

Esta deriva en la que andan el discurso de derecha y ultraderecha no puede desvincularse de una crisis de la educación tanto ética como social, y del modelo socioeconómico actual. Es paradójico que se desplace la responsabilidad de la degradación de los servicios públicos o la falta de cohesión en nuestros barrios hacia las poblaciones más desfavorecidas, en lugar de señalar a los recortes en inversión social, a la precariedad laboral o al deterioro de la atención comunitaria. La estrategia es muy clara: provocar una pugna entre los últimos y los penúltimos, y con ello sustituir la solidaridad entre los que menos tienen, por racismo y una solución burda y solo punitiva.

El peligro real para las democracias contemporáneas no reside en la presencia de discursos de apología de la violencia o tomarse la justicia por su mano; radica en la progresiva asimilación y normalización de estas ideas como aceptables. La pérdida de empatía y de principios de humanidad amenazan con devolvernos a dinámicas autoritarias donde prevalecen el señalamiento, la segregación y el odio.

Frente al avance de la brutalidad en los discursos y del populismo punitivo, la ciudadanía comprometida debe mantenerse firme. Para garantizar que nuestras ciudades sean seguras, dignas y habitables no hay que recortar derechos ni expulsar vecinos; solo es necesario mejorar los servicios públicos, garantizar los derechos humanos universales y defender una convivencia donde la dignidad humana no dependa del origen ni del color de piel. 

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