lunes, 6 de abril de 2026

LA UNIÓN EUROPEA CELEBRA EL ENTIERRO DE SUS VALORES

La Unión Europea, esa autodenominada fortaleza de los derechos humanos, parece haber encontrado su nueva seña de identidad: las concertinas diplomáticas. Tras años de construir un relato de solidaridad y justicia, Bruselas ha decidido dar un salto cualitativo hacia su propia negación moral: externalizar el sufrimiento.

El llamado Reglamento de Retorno, apoyado con entusiasmo por el Partido Popular Europeo y la extrema derecha, es —con todas las letras— el acta de defunción del espíritu humanista que dio forma al proyecto europeo tras la Segunda Guerra Mundial. Convertir la protección internacional en una operación logística de deportaciones hacia terceros países es más que una medida política: es una traición ética.

Y no una cualquiera. Deportar a personas vulnerables a países con dudosa reputación en materia de derechos humanos —Uganda, Ruanda, Egipto, Marruecos, la India o Bangladesh— equivale a cerrar los ojos ante el riesgo de tortura, persecución o miseria que estas personas intentaron dejar atrás. Que la Comisión Europea lo califique como una “solución innovadora” es una muestra de cinismo institucional digno de estudio: reinventar el lenguaje para blanquear la crueldad.

Detrás de esta maniobra hay cálculo, no ignorancia. Los gobiernos de corte conservador y ultraderechista han comprendido que el miedo migratorio da réditos electorales. Y nada suena mejor a sus votantes que un eslogan de “eficiencia” y “seguridad” con aroma a control fronterizo. Pero ningún manual técnico puede maquillar el hecho esencial: Europa está subcontratando su conciencia.

Hablan de “regresar” a los migrantes, como si la dignidad humana tuviera cláusulas de permanencia. Hablan de “países seguros”, ocultando que muchos de ellos persiguen minorías, encarcelan disidentes o permiten la esclavitud moderna. Hablan de “centros de acogida”, cuando en realidad son centros de desaparición administrativa, depósitos de personas incómodas, convenientemente fuera del alcance de las cámaras y las leyes europeas.

El argumento de la eficiencia es otro insulto. No hay nada “eficiente” en convertir el derecho de asilo en una carrera burocrática para sobrevivir. No hay nada “sostenible” en encerrar niños durante 24 horas “como último recurso”. Europa no está haciendo su política migratoria más racional: la está haciendo más inhumana.

Lo más grave es que esta deriva no ha sido impuesta desde fuera, sino cultivada desde dentro. Que el Partido Popular Europeo abrace sin pudor las tesis de Vox, Le Pen o Meloni demuestra una descomposición moral preocupante. La derecha clásica ha decidido competir con los extremistas en su propio terreno, como si la historia no hubiera enseñado qué ocurre cuando los valores se subordinan a los votos.

Este reglamento no protege fronteras: destruye principios. Y lo hace mientras sus promotores se envuelven en la bandera azul con estrellas doradas, apelando a la “unidad europea” mientras dinamitan su verdadero cimiento: la dignidad humana.

A estas alturas, la pregunta ya no es qué será de los refugiados. La pregunta es qué será de nosotros cuando, en nombre de la seguridad, Europa deje de ser Europa.

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