Había una vez, en la muy ilustre y refinada Ciudad de los Balcones con maceta medioambiental, una princesa de la política llamada Mofletitos.
Mofletitos era feliz, vestía trajes de colores pastel y vivía en la cima del mundo: un ático altísimo, comodísimo y repleto de plantas, propiedad de su apuesto novio, el Conde Don Fraude.
Un día, los inspectores del Rey del Tesoro llamaron a la puerta con una lupa gigante, y descubrieron que el Conde Don Fraude tenía la fea costumbre de "olvidar" pagar los impuestos del reino.
Los Grandes Sabios del Partido de Mofletitos se tiraron de los pelos y le dieron un ultimatum: "¡No puedes vivir con un deudor de la hacienda ajena! Te arrastrará la mala prensa y perderás tu corona dorada".
Con una lágrima de compromiso y mucha resignación, Mofletitos le dijo al Conde: "Amor mío, la imagen pública nos separa". El Conde, desolado, puso su casa en venta.
Pero Mofletitos no estaba dispuesta a descender al suelo como el resto de los mortales. Rápidamente pidió un favor a la Gran Institución: "Necesito un nuevo palacio en las alturas, justo enfrente de la casa de mi mamá, para no sentirme solita". Los consejeros del partido le guiñaron el ojo y dijeron: "Hecho".
Intentaron regalarle un nuevo ático por la puerta trasera, pero los pajaritos del bosque (que tenían carné de periodistas) los pillaron con las manos en la masa y los papeles sin firmar.
El partido, preso del pánico, le gritó: "¡Nada de ático junto al de mamá! ¡Que pongan ese piso en venta inmediatamente antes de que el pueblo nos tire tomates!".
Y así fue como la pobre Mofletitos se quedó sin el amor del Conde, sin el ático del Conde, y sin el ático regalado por los Reyes Magos de la Institución.
Para evitar que la carroza se convirtiera del todo en calabaza, a la princesa no le quedó más remedio que bajar de las nubes, hacer la mudanza con sus propias manos y alquilarse un modesto pisito de dos habitaciones en Vallecas o Usera, donde esperamos que aprenda, por fin, aunque muchos lo dudan, lo que cuesta el metro cuadrado cuando no te lo paga el Reino.
Y colorín colorado, aunque parezca imposible, este cuento no ha acabado
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