Mientras las autoridades han elevado a 94 la cifra de víctimas mortales tras la crisis migratoria de Ceuta (72 cadáveres en el lado español, entre ellos el de un bebé de apenas unos meses, y 22 localizados por las autoridades marroquíes), este trágico balance parece no importar a la oposición. Feijóo se muestra muy preocupado afirmando que «una frontera no se asegura improvisando boyas». Sin embargo, mientras el Gobierno ha gestionado la crisis de forma seria y diplomática en tiempo récord, la única aportación de Feijóo ha sido criticar las boyas y recurrir a discursos sobre «invasión» u «ocupación», boicoteando al Ejecutivo con el único objetivo (para variar) de arañar unos pocos votos.
Toda esta crisis ha sido organizada a través de las redes sociales mediante un efecto llamada que prometía una «aventura de puertas abiertas» desde el lado marroquí, contando además con el patrocinio de Estados Unidos e Israel, países que han manifestado su enorme satisfacción por lo ocurrido. Por su parte, tanto el Partido Popular como Vox han vendido repetidamente a la nación ante intereses extranjeros; de haber sido por ellos, habrían entregado el país a pedazos.
Llegados a este punto, la falta de ética de determinados sectores políticos y mediáticos ya no asombra a nadie, aunque el nivel de degradación que emana de las esferas de poder en Madrid resulta insostenible. La estampa de Felipe González, el periodista Nacho Abad y el juez Santiago Pedraz brindando en la Embajada marroquí, mientras cientos de migrantes arriesgaban la vida nadando hacia la frontera de Ceuta, retrata a la perfección a una élite gobernante a la que la que lo humano le resulta completamente indiferente.
La hipocresía del periodista Nacho Abad alcanza niveles deplorables. Nos encontramos ante alguien que, en sus emisiones matutinas, adopta un tono de alarma (eso sí, todo impostado), para estigmatizar a quienes cruzan el mar, agitando el pavor social con tal de rascar audiencia y de paso atacar al Gobierno progresista. Pero, sin embargo, al caer la tarde se desprende del personaje patriótico, y viste sus mejores galas para acudir a banquetes de la alta sociedad, para degustar canapés y agasajar a la embajadora marroquí y a su soberano. Cero empatía hacia los que se ahogan; ni un reproche hacia el monarca que orquesta esas salidas de muerte. Solo dos sencillas apreciaciones sobre lo que importa a este activista televisivo: que promover el pánico genera audiencia, pero la servidumbre hacia el régimen alauí también le garantiza estatus social.
En definitiva, lo que menos necesita España es a esos políticos y esos medios, expertos en criticar la instalación de unas boyas, pero sin hacer la más mínima mención a los casi cien cadáveres hallados hasta el momento. De lo que puedes estar seguro es de que, si las víctimas fuesen españolas, toda su atención estaría puesta en el dolor de las familias y en la esperanza de no encontrar más víctimas. Incluso si ocurriera en un país lejano pero blanco, se sobrecogerían por la magnitud de la tragedia. Sin embargo, al tratarse de personas marroquíes, no importa que estén tan cerca de nosotros, a estas aves carroñeras de canapés manchados de sangre, su pérdida les pasa desapercibida y les genera una total indiferencia.
No tengas la menor duda de que si esta crisis nos hubiese pillado con la derecha en el poder, en estos momentos estaríamos en guerra con Marruecos.
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