Lo que está haciendo Felipe González es, políticamente, una traición moral a la historia del PSOE: usa su prestigio de exlíder socialista para blanquear al PP y golpear a su propio partido desde dentro, justo cuando más necesita cohesión. Su presencia junto a Moreno y frases como “En el 92 el AVE empezó a funcionar, no como ahora” no son una reflexión institucional, sino la munición partidista que presta al adversario de su partido.
Felipe González ya no discurre, milita o corrige, sino que se ha convertido en un espectáculo de despecho institucional. Su figura, que algún día encarnó el proyecto modernizador del socialismo español, se ha sublimado en una forma de traición elegante, Ahora es un tipo que se presta, con estudiada complacencia, a la causa de su adversario histórico.
Lo que está haciendo junto a Moreno Bonilla no es expresar una opinión; es prestar su nombre a una operación política. No se limita a criticar al gobierno ni a señalar desaciertos: sino que se ha convertido en comparsa de una campaña andaluza, buscando desgastar al PSOE desde dentro. Es el beneplácito a la derecha de un expresidente que, en vez de leer la historia con humildad, se pone a la disposición de quien la quiere contar de otra manera desfigurándola.
Si se analiza su frase sobre el AVE de 1992, es evidente que no se trata de un apunte técnico, sino un guiño calculado. “En el 92 el AVE empezó a funcionar, no como ahora”. No basta con decirla sonriendo porque, con sonrisa o sin ella, suena a lección de autoridad, cuando en realidad es un arma de desgaste que busca minimizar el presente para engrandecer un pasado que, convenientemente, se identifica con su etapa de ejercicio político. No está defendiendo la memoria del socialismo; está usando su autobiografía para relativizar el esfuerzo de quienes hoy intentan mantenerlo vivo.
No me digáis que su ironía no es brutal. El expresidente que, durante décadas, se alimentó del cariño institucional del PSOE, ahora se dedica a alimentar el discurso del PP, con una sobredosis de nostalgia para que su ataque no parezca tan crudo. Felipe, hoy, no es un hombre libre de partido; es un hombre que ya no pertenece a ningún sitio y que, por eso mismo, se siente autorizado para herir con la impunidad del que ha dejado de tener responsabilidades reales.
Lo más desagradable de su papel no es su crítica, sino su postura o su impostura. No se le ve como un socialista exigente, sino como un dirigente depreciado que está confundiendo disidencia con resentimiento. Aunque se empeñe, no aporta ideas, solo son eslóganes retrospectivos; no ofrece alternativas, solo se dedica a dar zarpazos. Su gesto no fortalece el debate político, sino que sirve para confundir a la militancia y desorientar al electorado. Pero ante todo sirve de parapeto para quienes pretenden vendernos que el PP es el partido de la “moderación” y del “sentido común”. Es una marioneta de Génova 13.
Al final, la imagen que nos quedará del personaje es la de un político que ya no tiene nada que construir, y que por eso se dedica a destruir. No se trata de un reparador crítico, sino de un saboteador con corbata de veterano militante. Felipe González ha cruzado esa línea, tras la que ya no es solo un referente incómodo para el PSOE, sino un problema moral para el socialismo.
En el PSOE, aunque diferente, hay otra actitud parecida, la de Page. En el fondo, ambos dos (tanto González como Page) representan dos caras de la misma moneda: el exlíder que se confunde a sí mismo con el PSOE, y el dirigente regional que se cree su custodio. El primero se presta al PP para recordar que una vez fue indispensable; el segundo se escuda en la “autonomía” y en la “lealtad a la militancia” para legitimar su propia desobediencia. Mientras el PSOE intenta no hundirse, los dos se dedican a recordar, uno en clave nacional y otro en clave regional, que el pasado fue más glorioso, ignorando que el pasado, en política, sirve para aprender, no para usarlo como arma contra el presente.
Y cuando un expresidente se convierte en obstáculo simbólico de la formación que lo hizo presidente, su legado apesta a ruina.
No hay comentarios:
Publicar un comentario