lunes, 3 de agosto de 2026

El servilismo de la derecha europea ante el capital americano se ve en Ceuta.


Hay una coherencia descarnada en la forma en que la derecha y la extrema derecha continental ven el mundo. Mientras en los parlamentos agitan banderas, gritan sobre la «pérdida de soberanía» y denuncian «invasiones» en las fronteras, en los despachos venden el patrimonio público, la política exterior y la dignidad de todos nosotros al mejor postor. La secuencia de hechos que conecta los alambres de espino de Ceuta, la ocupación del Sáhara Occidental, las intrigas de la FIFA en Zúrich y los fondos de inversión neoyorquinos no son coincidencias desafortunadas sino el retrato robot del modelo de gobierno que la derecha europea tiene reservado para el siglo XXI.

Cuando la monarquía alauita abre los grifos del control migratorio en la frontera de Ceuta para presionar a España y a la Unión Europea, el espectáculo de la derecha española es tan previsible como sonrojante. El Partido Popular y Vox se apresuran a desplegar su habitual retórica de «estado de sitio», exigiendo la militarización del perímetro y acusando al Ejecutivo de debilidad diplomática.

Sin embargo, en su ceguera partidista, la derecha patriótica omite un «pequeño detalle» geopolítico que es crucial para entender lo que acontece: Marruecos no chantajea a Europa desde la nada, sino que lo hace amparado por el eje estratégico diseñado en Washington por la administración de Donald Trump a través de los Acuerdos de Abraham. Fue la firma del multimillonario neoyorquino la que regaló a Rabat el reconocimiento de su ocupación ilegal sobre el Sáhara Occidental a cambio de la normalización de relaciones con Israel.

Lejos de denunciar la maniobra del imperialismo estadounidense que ha desestabilizado el Mediterráneo occidental, la derecha española venera al líder del cabello zanahoria. Vox calla ante su referente norteamericano mientras exige puño de hierro contra los migrantes traumatizados que flotan en el espigón de Tarajal; el PP reclama mano dura en el sur mientras suspira por volver a alinearse sin matices con los dictados de Washington. Esto solo tiene un nombre “diplomacia del cinismo” consistente en usar a los desheredados de la tierra como combustible electoral mientras se rinde pleitesía a los arquitectos de esta estrategia. 

Si cruzamos el Mediterráneo o subimos al norte de Europa, el panorama no mejora. La extrema derecha europea ha convertido la desesperación humana en su principal activo político, pero su receta de gobierno se resume, en una palabra: subcontrata. Así, la presidenta italiana, aclamada como el gran faro del postfascismo europeo, ha demostrado que su «mano dura» no es más que una factura pagada a regímenes autoritarios. Su aclamado Piano Mattei no busca el desarrollo del Sur Global, sino financiar a las tiranías del Norte de África para que ejerzan de policías de fronteras fuera del alcance de las cámaras europeas. Meloni no combate la arbitrariedad de Rabat, muy al contrario, compra sus servicios.

Y si lo de Meloni es grave, desde Alemania, la ultraderecha de Weidel utiliza los incidentes en Ceuta, no para mostrar solidaridad con la integridad territorial de un socio europeo, sino como pretexto para pedir la voladura del espacio Schengen. Está claro que su objetivo no es mejorar la cooperación y el apoyo entre los miembros de la Unión Europea, sino convertir a Europa en un territorio de fortalezas militarizadas que compitan entre sí por ver quién expulsa antes a los desesperados.

Lo que ni Meloni, ni AfD, ni la extrema derecha española explican a sus votantes es que la militarización y la violación sistemática de los derechos humanos en las fronteras son la consecuencia directa de una geopolítica neoliberal que devasta países, impone dictaduras amables y liquida el derecho internacional.

Pero para comprender mejor la escala de esta estafa ideológica, basta mirar hacia la gestión del ocio y el deporte de masas. Mientras en Rabat la monarquía alauita proyecta estadios faraónicos para disputarle la final del Mundial 2030 a España y tapar las denuncias de represión en el Sáhara y contra su propia población, he visto que la prensa lo llama “sportswashing en estado puro”, Infantino ha lanzado el golpe definitivo a la gobernanza del deporte desde la cúpula de la FIFA. La creación de la filial comercial FIFA Forward Enterprise (FFE) , valorada en 20.000 millones de dólares para vender el torneo más popular del planeta a fondos de capital privado impulsados por el entorno de Joshua y Jared Kushner (el yerno de Trump), representa la quintaesencia de este modelo. 

Es el capitalismo de amiguetes elevado a escala planetaria: primero se mercadea con el sufrimiento en las fronteras de Ceuta; segundo, se pisotea la autodeterminación del pueblo saharaui por interés geopolítico; tercero, se entrega la gestión de la pasión colectiva de miles de millones de personas a la oligarquía financiera de la extrema derecha estadounidense. Incluso la UEFA y varios organismos europeos han calificado este intento de privatización como una línea roja insostenible, denunciando que «el fútbol no pertenece a la FIFA para ser vendido». Pero la derecha política europea guarda un silencio atronador y vomitivo ante la voracidad de los Kushner y J.P. Morgan. 

Por si aún no te has dado cuenta, la derecha y la ultraderecha europea no defienden a los ciudadanos; defienden los beneficios de los fondos de inversión que financian sus campañas y sostienen sus relatos de odio. Su «patriotismo» es un decorado de cartón piedra que se desmorona en cuanto el gran capital financiero exige un nuevo mercado que devorar.

No quisiera quedarme solo en el análisis de situación. Frente a este tríptico de militarización en las vallas, servilismo en la diplomacia y privatización en el ocio, la alternativa desde la izquierda debe ser tajante: la defensa de los derechos humanos frente a la lógica del alambre de espino, el rechazo absoluto a la diplomacia de transacciones económicas de los imperios y la recuperación de los bienes comunes culturales frente a la rapiña del capitalismo financiero trasatlántico. 

La patria no puede ser un activo en venta en Wall Street ni una valla ensangrentada en Ceuta. La patria son las personas, sus derechos y su dignidad. 

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