lunes, 6 de abril de 2026

¡Clama al cielo!

¡Clama al cielo escuchar, una y otra vez, las mismas frases huecas de quienes no tienen ni puñetera idea de cómo funcionan las administraciones, sobre eso de las “paguitas” y el “buenismo”! Como si la compasión fuera un defecto, y la solidaridad, una enfermedad. Mientras tanto, no quieren ver cómo la derecha política, esa que presume de méritos propios, sigue engordando sus bolsillos a base de enchufes, chiringuitos y mamandurrias disfrazadas de gestión eficiente. Y lo peor: una parte de la ciudadanía lo ve, lo sabe… y aun así aplaude. Se traga el cuento entero con una fidelidad que da miedo. 

Aquí no se trata solo de ideología, sino de coherencia moral. ¿De verdad es más escandaloso que una persona reciba una ayuda social para poder comer, que ver cómo unos pocos se reparten el pastel del poder entre amigos y familiares? ¿Tan hondo caló la propaganda que nos ha hecho creer que el pobre es culpable y el rico, merecedor eterno de indulgencia, aunque sea un auténtico chorizo? Es hora de mirar de frente esa hipocresía que sostiene este sistema capitalista y plantarle cara sin miedo.

La manipulación funciona porque falta pensamiento libre. Nos tratan de enseñar a repetir, no a pensar; a aceptar, no a cuestionarnos nada. ¡Y así nos va! Somos un país donde las consignas pesan más que los argumentos, donde se cree más a lo que grita un tertuliano en televisión que a la realidad que se ve en la calle. Urge que desde la escuela se enseñe a pensar, a contrastar información, a sospechar del que ejerce el poder y del que quiere ejercerlo, de sus relatos cómodos. Sin pensamiento crítico, no hay país con futuro, solo un país obediente.

Porque sí, todos los votos valen lo mismo, y eso es lo bueno de la democracia, también es un sistema trágico cuando se vota con los ojos cerrados. La libertad no está en elegir una papeleta, sino en hacerlo con la mente despierta. Leer, formarse, cuestionar, incomodarse… eso es ser revolucionario. Lo demás, es pura sumisión envuelta en charanga y bandera en la pulsera, en el balcón, o en el collar de paseo del perrito.

Porque lo que está en juego es mucho más importante que la fidelidad a una ideología porque está en juego la decencia. No hay democracia real sin pensamiento crítico, sin mostrar rebeldía, sin tener memoria. Así que clamen al cielo, griten quienes todavía pueden sentir vergüenza. Incomoden. Despierten. Porque si seguimos tragando con todo, el futuro no lo decidiremos los ciudadanos, lo decidirán los que llevan décadas repartiéndose el país entre copas de vino, puros y sonrisas hipócritas.



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