lunes, 24 de agosto de 2026

EL PAPEL DE MARRUECOS

En un intento de análisis sobre el papel de Marruecos en la crisis de Ceuta, lo primero que debemos señalar es que desborda los discursos de la política tradicional. Ese papel se articula en torno a tres aspectos fundamentales: el de la frontera, la subordinación exterior de España y la deshumanización de los procesos migratorios.

El régimen marroquí es una autocracia que utiliza la frontera de Ceuta no como un problema de gestión policial, sino como un instrumento de presión política. La apertura deliberada o la relajación de la vigilancia fronteriza responde a una táctica de guerra híbrida o "chantaje geopolítico". El objetivo de Rabat es doblegar la posición exterior de España y de la UE sobre asuntos clave, como la soberanía sobre el Sáhara Occidental, la delimitación de aguas territoriales y la financiación con fondos europeos. Marruecos utiliza la vulnerabilidad de sus propios ciudadanos como mercancía de negociación diplomática. 

La gran contradicción del Estado español y de la Unión Europea radica en delegar su política migratoria en una dictadura o monarquía absoluta. Europa paga a Marruecos millones de euros para ejercer de "gendarme" con el uso de la fuerza en la frontera. Esta dependencia estructural otorga a Rabat un poder enorme: cuando España o la UE cuestionan al régimen marroquí, ya sea en materia de derechos humanos o tras resoluciones del TJUE sobre el Sáhara, Marruecos responde aflojando el control en la valla. La crisis de Ceuta es el síntoma directo del fracaso del modelo de externalización de fronteras. Marruecos mantiene una narrativa oficial sobre Ceuta y Melilla como territorios "ocupados" o "no independizados". La presión fronteriza constante busca desgastar institucional y económicamente a las ciudades autónomas para minar la soberanía de España a largo plazo, sustituyendo la confrontación militar por un desgaste demográfico y diplomático progresivo. 

Pero en este análisis hay que señalar la complacencia de la socialdemocracia europea. El cambio de postura sobre el Sáhara Occidental adoptado por el gobierno es la prueba definitiva de cómo la presión marroquí en Ceuta termina doblegando el Derecho Internacional. Lejos de resolver el conflicto, la concesión a Rabat valida su estrategia de presión permanente. 

A nivel interno, la crisis refleja la tremenda desigualdad del sistema socioeconómico marroquí, que canaliza el descontento de su propia juventud (desempleada, empobrecida y sin libertades) hacia la frontera. Marruecos externaliza sus tensiones de clase ofreciendo a miles de jóvenes el cruce a Ceuta como única salida vital, expulsando a su población sobrante mientras la extrema derecha europea aprovecha la crisis para promover discursos racistas y xenófobos en el norte. 

Por lo tanto, en la crisis de Ceuta, Marruecos ejerce un doble papel: chantaje geopolítico sobre el flanco sur europeo y válvula de escape de sus propios fracasos económicos y democráticos internos. La respuesta no pasa por un rearme nacionalista, sino por romper la dependencia geopolítica con Rabat, defender la autodeterminación del pueblo saharaui y cambiar de raíz las políticas migratorias coloniales que prefieren pagar a regímenes autocráticos antes que garantizar los derechos humanos. 


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