Hay acontecimientos en la historia de los países que reclaman la presencia de un comisario de policía (mejor miope) o de un cuñao, con tendencias a la fabulación, para ser comprendidos en su justa dimensión. La crisis de Ceuta, ese lugar de moda donde Europa empieza o se acaba según desde qué lado de la valla se mire, pertenece a esa distinguida categoría de comedia o drama diplomáticos que terminarán figurando en los libros de texto junto a las guerras del siglo XIX, aunque con bastante menos elegancia.
El ciudadano biempensante, acostumbrado a que las catástrofes le lleguen a través de la caja tonta o televisión, y entre un anuncio de detergente y la previsión meteorológica, contempló la marejada humana sobre el espigón de Tarajal, unos como un incidente más del destino otros como un descuido de las fuerzas del orden.
Sin embargo, a poco que uno revisa los medios expertos en política internacional (materia que consiste en decir una cosa, pensar la contraria y hacer una tercera completamente absurda), a nadie se le debería escapar que aquí hay asuntos de mayor envergadura. Ahora anuncian un nuevo intento de llegada masiva para el sábado, mientras Marruecos y España refuerzan la frontera con medios y agentes. Veremos lo que acontece.
En algunos medios serios, se dice que los servicios de inteligencia de China afirman que en la frontera no solo soplaba el viento del Magreb. Asoman por allí las sombras del Mossad y de la CIA, organizaciones que hoy son, o debieran ser, demonios familiares o la nueva Santa Inquisición contemporánea. Todo ello, por supuesto, en armonía y concordancia con los afanes del reino de Marruecos, que ha descubierto que la geopolítica moderna consiste en convertir la desesperación ajena en una herramienta de negociación económica.
Desde una perspectiva que intente conservar la dignidad y cierta empatía por el género humano, virtud bastante escasa entre los ministros de exteriores, el asunto no es solo una anécdota fronteriza, sino un ensayo general de esa maniobra que los expertos han dado en llamar "guerra híbrida". Consiste el truco en utilizar a unos cuantos miles de infelices como si fueran peones de ajedrez, con la diferencia de que a los peones no se les exige luego que pidan asilo en la comisaría.
Que Washington y Tel Aviv contemplen las maniobras de nuestro @vecino del sur con benevolencia no debería extrañar a nadie que haya seguido con atención los Acuerdos de Abraham, ese apretón de manos donde la diplomacia estadounidense reconoció la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental a cambio de que Rabat mirase hacia otra parte en los asuntos del Próximo Oriente. Es el viejo arte del: yo te doy tu desierto, tú me guardas el patio trasero y, de paso, le enseñamos los dientes a la vieja Europa, que siempre anda despistada entre declaraciones de bienintencionada neutralidad.
Entretanto, Pekín observa el espectáculo con la tranquilidad de quien vende los prismáticos a los dos bandos. Al filtrar estas informaciones, los analistas del gigante asiático no pretenden salvaguardar la tranquilidad de los ceutíes, sino recordar al personal que el imperio americano anda necesitado de apoyos regionales y que la célebre "legalidad internacional" dura menos que un caramelo a la puerta de un colegio.
Así están las cosas. España, país dado a la improvisación y al heroísmo de última hora, descubre de pronto que es el escenario donde las grandes potencias miden sus fuerzas. Lo que no ha cambiado es que en la orilla del Mediterráneo la historia la siguen padeciendo los mismos de siempre: los que no tienen pasaporte, los que no leen los informes de inteligencia y los que solo buscan un lugar donde ganarse la vida.
Esta situación no debe ser conocida en el PP, que culpa de todo a Sánchez. Ahora descubren la pólvora, y, en lugar de plantear la aplicación de medidas restrictivas o procedimientos de emergencia en situaciones de crisis en las fronteras, directamente solicitan que España suspenda el derecho de asilo de manera unilateral y generalizada, lo que el Gobierno no puede hacer ni según la legislación nacional ni según el derecho internacional y comunitario. Su único objetivo es desgastar al Gobierno, nunca ha sido atender al pueblo ceutí.
Por muy interna que quiera hacerse la lectura de lo sucedido, la crisis de Ceuta no es un hecho aislado, sino la manifestación local de un gran tablero de ajedrez geopolítico. Marruecos actúa como un sub-imperio regional respaldado por los intereses estratégicos de EE. UU. e Israel, instrumentalizando a la población migrante para erosionar la soberanía española e imponer su agenda en el Sahara Occidental. Aunque todo sea culpa de Sánchez, la irrupción de informes chinos evidencia cómo España y sus fronteras se han convertido en un terreno disputado en la nueva Guerra Fría multipolar. Aunque Feijoo no sea el presidente porque no quiere.
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