Somos como somos. Nunca un español ha precisado grandes excusas para encender la indignación nacional. Pero debemos reconocer que cuando el asunto roza el mapa de la patria, la pirotecnia que montamos adquiere matices de ser algo sublime. Causa estupor contemplar cómo distinguidos patriotas de casino y redes sociales solicitan a grito pelado que Italia o la Europa entera nos expulsen de mala manera del espacio Schengen. Viendo esto, tengo la tentación pedagógica de recordarles a estos grandes personajes, que la diplomacia internacional no funciona como el reglamento de su club de petanca o de golf, y que ningún Estado posee la facultad de expulsar a otro de manera unilateral de un tratado soberano por mucho que se desgañite pidiéndolo. Explicar estas minucias jurídicas a quien prefiere embestir al bulto es una labor tan ingrata, como tratar de convencer a un melón de que es una sandía. A veces creo más fácil hacerlo a esos frutos de las cucurbitáceas que a algunas personas.
De pronto, la pacífica Ceuta se ha visto desbordada por una marea humana de decenas de miles de almas. De inmediato se nos dijo, que era la consecuencia lógica e ineludible de las regularizaciones de papeles aprobadas por el Gobierno en Madrid. Está claro que esa era la explicación más sencilla, una sencillez tan confortable como falsa. Los ciudadanos amnésicos de profesión olvidan que en 2021 ya vivimos un episodio idéntico, con la misma angustia, sin que entonces existiera ningún proceso de regularización a la vista. Tampoco parecen molestarles los números de Frontex, esos contables de fronteras: entre 2021 y 2026, la vía de entrada irregular hacia la opulenta Europa la ha encabezado con holgura Italia con casi medio millón de llegadas, seguida de los Balcánes y de Grecia, dejando a España en un discreto cuarto lugar con algo más de doscientas treinta mil. Resulta por tanto estrambótico escuchar a Meloni acusarnos de haber abierto las murallas del continente cuando su propia frontera parece un colador.
La explicación de lo sucedido está en los despachos donde se tramitan permisos de trabajo, sino en el tablero de la geopolítica. Hemos podido ver como periodistas enviados al terreno pudieron comprobar cómo los propios agentes de la policía marroquí indicaban alegremente con la mano la ruta hacia la valla fronteriza, animando a la parroquia a dar el salto. Marruecos, siempre ha tenido más maña por viejo en estas lides que por diablo, y una vez más ha vuelto a recurrir al chantaje y al uso desalmado de sus jóvenes como moneda de cambio. Algunos atisbamos en este zafarrancho la larga mano de intereses trasatlánticos u judíos, ansiosos de ajustar cuentas por los recientes posicionamientos de España ante los desmanes en Gaza o las fricciones con Irán. Tampoco falta quien apunta, con no poca finura histórica, al espejo de Gibraltar: viendo Rabat que Madrid desmanteló la verja del Peñón, parece haber concluido que la verja ceutí debía correr la misma suerte.
Mientras las fuerzas de seguridad y el propio Ejército se multiplicaban en el terreno priorizando el auxilio humanitario, y la Iglesia local abría de par en par sus casas de acogida frente al dolor de las pérdidas humanas en el mar, la comedia política patria no ha desaprovechado la función. Asistimos a la denominada securitización, una refinada técnica consistente en convertir un drama social o humanitario en una amenaza bélica existencial. Hablar de «invasión» u «ocupación» no es un error de lenguaje; es la treta de una derecha tradicional obsesionada por no perder su clientela frente a los exabruptos de la extrema derecha, eligiendo la trinchera militar a la gestión diplomática. Y enfrente, un Gobierno que, tras su elegante fachada progresista, ha terminado aplicando el pragmatismo frío de las devoluciones de contención, demostrando que cuando la geopolítica aprieta, los derechos humanos suelen quedarse al aire libre.
Al final, disipada la polvareda y devuelta la mayoría de los migrantes al otro lado, queda el regusto amargo de siempre. Nos consolamos pensando que el país resiste, pero nos acecha la sospecha de que, si España acaba marchándose a la porra, no será por los desdichados que saltan una valla buscando un plato de sopa, sino por la pertinaz manía de los dirigentes de la derecha en convertir cada tragedia en un campo de batalla.
La actuación del Gobierno puede valorarse como un ejercicio de «pragmatismo de Estado» enfocado a contener el desgaste político y mantener las fronteras comunitarias. Si bien evita la retórica belicista e incendiaria del PP o Vox, al final, termina aplicando medidas punitivas de contención y devoluciones, subordinando el paradigma de los derechos humanos y la justicia global a la contención policial y los compromisos geoestratégicos con Rabat. Aunque, desde luego, la invasión ha durado menos de los siete días que tardó Aznar en recuperar la isla de Perejil (cuatro militares de excursión) para lo que solicitó la ayuda de la Séptima Flota de EE. UU.
En este juego en el tablero de la geopolítica, quienes más han perdido no han sisdo los gobiernos ni los ceutís, son los 67 fallecidos intentando llegar a Ceuta. Los nadies.
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