lunes, 6 de abril de 2026

Empezar otra vez


Marina nunca supo si el niño entendía lo que decía. Solo oyó su voz rompiendo el aire, esa voz limpia que a veces tienen los niños cuando todavía no han aprendido a mentir. Sus palabras le cayeron encima como si alguien abriera de golpe las ventanas de una casa cerrada durante demasiado tiempo. Por un momento creyó oler a humo, pero era solo su corazón ardiéndole por dentro.

Salió a la calle casi sin ver la luz, con los pasos apresurados y las manos quietas. El sol al ponerse manchaba los tejados de un rojo intenso, y a Marina le pareció que el mundo se le estaba yendo sin avisar. En el camino hacia la casa, y al pasar junto a la iglesia,  pensó que quizás no había nada que hacer, que el amor perdido, que sentía cómo una mezcla de culpa y temblor, ya no había marcha atrás. 

Cuando entró a la capilla, no quiso rezar. Se sentó en el último banco, cerró los ojos y esperó a que el fuego que sentía bajara. Afuera, el niño jugaba persiguiendo las sombras largas de la tarde. Y Marina, por primera vez, entendió que a veces lo irreversible no te destruye, simplemente te hace empezar otra historia.

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