lunes, 3 de agosto de 2026

LO SIENTO PERO LO PIENSO

Las declaraciones de Felipe VI expresando su "preocupación e indignación" ante la crisis migratoria y la tragedia en Ceuta y Melilla vuelven a poner de manifiesto la distancia entre la institución monárquica y los problemas reales de la sociedad. Para empezar se olvida que la jefatura del Estado también es Estado, y que si tanto le indigna podría haber ido a dar la cara, en lugar de seguir en Mallorca de vacaciones pagadas.

Sufre de tolerancia y silencio selectivos, porque llama la atención cómo la Jefatura del Estado elige minuciosamente cuándo alzar la voz. Se pronunció con contundencia en momentos políticos clave como el conflicto catalán, pero mantiene un silencio absoluto ante crisis judiciales internas, tensiones internacionales de calado o graves vulneraciones de derechos humanos a nivel global.

Sufre de paradoja de las relaciones diplomáticas, porque resulta contradictorio indignarse por los acontecimientos en la frontera mientras mantiene estrechas y fraternales relaciones dinásticas con el régimen marroquí. No exige responsabilidades ni un cambio real de actitud a los actores geopolíticos directamente implicados en las crisis fronterizas ni en el descontrol de las mafias.

Sus declaraciones son vacías,  sin representatividad. Exigir medidas y transmitir "apoyo y cariño" desde un cargo hereditario al que nadie ha votado resulta puro maquillaje retórico. Un monarca que percibe un sueldo millonario financiado por la ciudadanía no tiene la legitimidad democrática para dar lecciones morales ni dictar la agenda a las instituciones públicas.

Y si eso es poco, tiene una falta de firmeza ante el legado familiar que parece olvidar. Las apelaciones a la ética y la seguridad quedan en papel mojado mientras no exista una condena tajante sobre las irregularidades fiscales de la Casa Real y la fortuna acumulada en el extranjero por su padre, cuya restitución íntegra sigue siendo una asignatura pendiente.

Expresar "indignación" a posteriori ante tragedias humanas sin cuestionar las alianzas de poder que las provocan, ni asumir los límites de un cargo no electo, convierte las palabras de la Corona en una fachada vacía que solo busca justificar la vigencia de una institución anacrónica. 

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