En el análisis de la situación en Ceuta existe un fallo estructural del Estado social y de derecho. La sensación de abandono que experimenta la ciudadanía ceutí y la evidente crisis de liderazgo político están ahí. Estado no solo es el Gobierno central, también lo son la UE, las CCAA, y el propio gobierno de la ciudad autónoma. Lo fácil es culpar al gobierno, y mucho más cuando su gestión no ha sido lo correcta que los acontecimientos están demandando. Pero dicho lo anterior, no se puede dejar al margen la falta de colaboración, o mejor dicho la constante obstrucción de la derecha y el silencio de los demás partidos de la oposición, de las CCAA que han impedido poder dar respuestas rápidas a la situación de los menores, de la propia ciudad y su gobierno, y de una UE que más que ayudar está a la suya con una política migratoria cada vez más derechizada.
La frontera debe entenderse no como una simple línea defensiva, sino como el espacio donde el Estado demuestra qué tipo de modelo representa. Cuando la respuesta a una crisis migratoria y diplomática en Ceuta se limita a la gestión de contención sin un despliegue de políticas públicas estructurales (en vivienda, empleo, inclusión y servicios públicos), el ciudadano lo que percibe es que el Estado no ejerce sus funciones de protección social.
El "abandono" no es solo un déficit de efectivos, sino el reflejo de una visión centralista de la política que trata a los territorios periféricos e insulares como espacios de gestión de contingencias y no como comunidades ciudadanas con pleno derecho al bienestar y la seguridad integral.
La falta de liderazgo político se aprecia en la preferencia por la táctica coyuntural sobre la estrategia de largo plazo, no vale esconder la cabeza ni delegar todo a la inercia. Cuando la respuesta del Ejecutivo central se percibe distante o a la defensiva ante las tensiones territoriales y sociales de Ceuta, se genera un vacío contra el que no valen parches coyunturales. Esta falta de iniciativa destruye la confianza institucional.
El mayor error del gobierno ha sido dejar que del malestar social se haya apropiado la extrema derecha. Cuando el Estado no da certidumbre social, la inseguridad real y la vulnerabilidad se capitaliza por discursos xenófobos y ultranacionalistas. El impacto de la crisis en los ceutíes exige la presencia del Estado para evitar el odio ideológico.
La vulnerabilidad de Ceuta aumenta por la dependencia excesiva de la relación bilateral con Marruecos. Hemos subordinado la estabilidad de la frontera sur a los acuerdos migratorios, y hemos sido incapaces de exigir corresponsabilidad a la UE para articular una política exterior firme y soberana fundada en el derecho internacional y la solidaridad europea.
Si la izquierda no encabeza la exigencia de una presencia estatal fuerte, transformadora e integradora en Ceuta, la desafección democrática terminará por consolidarse y se convertirá en una situación insoluble. Democracia no puede ser igual a inseguridad, ni un país puede funcionar sin la solidaridad de todos.
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