Primer día del año y se parece mucho a ayer. Hay ideas que deberían ser eternamente incómodas. Asistimos a la banalidad del mal en un tiempo en que el horror se ha institucionalizado. Es urgente nuestra cena de nochevieja, pero la situación bajo un puente en Badalona sigue hoy siendo una lectura de urgencia. Cada vez que una sociedad convierte la crueldad en herramienta de orden, y la exclusión en lenguaje político aceptable, algo se rompe dentro de eso que llamamos humanidad.
El reciente desalojo de centenares de personas sin hogar en Badalona no es solo un hecho local, sino un espejo donde se refleja la fractura moral de nuestro tiempo. No se trató simplemente de vaciar un edificio ocupado; se trató de borrar la presencia de personas a los que algunos, por sus intereses políticos, consideran “indeseables”, a los que sus vidas las reducen a la categoría de problema. El objetivo de un xenófobo impresentable, por muy alcalde electo que sea, no era recuperar un espacio físico, sino reafirmar una identidad política basada en el miedo y en la idea de que los derechos humanos son un privilegio que algunos pierden cuando dejan de ser útiles.
Es un ejercicio de crueldad. Pero de esa crueldad, que cuando se ejerce con cálculo y retórica, se vuelve contagiosa. Es la consecuencia de una infección por un virus político que para desarrollarse necesita de sus símbolos (“el orden”, “la normalidad”, “la seguridad”) porque esos son los únicos argumentos para justificar su expansión. Con ello consiguen que los ciudadanos comunes no vean en el otro una persona, sino un peligro; y mientras, la indiferencia se transforma en una virtud cívica y la compasión en una debilidad de izquierdistas que no aman a su patria.
Nada ha cambiado por pasar de un año a otro. Seguimos viviendo en un tiempo en que la eficacia se considera premiable, frente a la empatía que debe ser reprimida. Hoy están consiguiendo que incluso generaciones jóvenes a las que hemos educado con todo nuestro esfuerzo personal crean que la política se debe medir por su capacidad de desalojar, no de cuidar. Todo tiene su lógica, porque al despojar al otro de su nombre y de su historia, ya se nos hace más fácil ignorar su hambre, su frío, su dolor. No nos equivoquemos, hasta en el lenguaje nos están minando, porque términos técnicos cómo “okupas”, “MENAS”, “ilegales” son la manera de disfrazar, es el papel que usan para envolver la deshumanización, escondiendo sus biografías, silenciando sus motivos y neutralizando las conciencias.
Pero esto ya lo sabemos desde que la ultraderecha apareció en el panorama político internacional, sin embargo, resulta especialmente una obscenidad que esta violencia simbólica y real se ejerza en este periodo navideño en el que todos los que ven esa política necesaria, se dedican a rezar, a darse golpes de pecho y a practicar la caridad cristiana. Cuanta hipocresía en el templo por parte de estos fariseos, en estos días en los que, incluso para los no creyentes, dicen tener un trasfondo de reconocimiento mutuo. No me diréis que la ironía no es brutal, que mientras las mesas se llenan y las luces ocultan la intemperie, a pocos metros haya cuerpos de personas desalojados bajo el mismo frío. El gesto de expulsar en nombre del orden se acompaña del grito “llévatelos tú a tú casa”, síntoma de una sociedad que ha convertido el miedo en parte de su identidad.
Cuando la crueldad se disfraza de gestión pública y la indiferencia se vende como sentido común, lo que se pierde no son solo las vidas de los marginados, sino la propia noción de humanidad compartida. Como escribió Arendt, el mal no necesita monstruos; solo necesita una mayoría capaz de mirar hacia otro lado.
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