El asesinato de Renee Good a manos del ICE trumpista es el símbolo de una mutación grave del poder: ya no se limita a matar cuerpos, sino que aspira a controlar la realidad misma negando lo que las pruebas muestran de forma palmaria. Aunque existen vídeo, testigos y hasta un médico al que se impide atender a la víctima, el relato oficial insiste en que lo que se ve no es lo que pasó, degradando la imagen de prueba a simple decorado prescindible.
Durante años se habló de “posverdad” como si fuera una patología derivada de las redes sociales y el ruido digital, algo curable con más prensa seria y menos pantalla, pero el fenómeno actual es más profundo: el poder ha decidido explotar la verdad como un recurso político, moldeable según las necesidades del proyecto iliberal. Trump y sus imitadores, también en España, ya no discuten los hechos, los declaran; la mentira deja de ser una táctica electoral para convertirse en un instrumento de soberanía, porque el trumpismo no solo dicta leyes, sino que pretende dictar qué ha ocurrido incluso cuando todo está grabado y difundido.
Ese salto solo es posible porque una parte de la ciudadanía prefiere la mentira que protege su identidad (nacional, tribal, ideológica) a la verdad que la pone en cuestión, y otorga más valor a banderas y pertenencias que a cualquier evidencia en alta definición. El resultado es una regresión a un mundo premoderno en el que la realidad se decide en despachos, tribunales y sacristías, y donde la única forma de resistencia cívica es defender los hechos mismos: sostener que lo que se ve, se ve, y que renunciar a ese suelo común de la evidencia abre la puerta a un autoritarismo que ya no necesita justificar su violencia, porque ha aprendido a administrar la realidad a su conveniencia.
Puede que, con el tiempo, el nombre de Renee Good acabe reducido a una nota a pie de página en un informe sobre abusos institucionales en la era Trump. Pero también puede convertirse en algo más útil: un recordatorio cruel de que la democracia no muere cuando pierden las elecciones los candidatos correctos, sino cuando dejamos de acordar qué ha pasado, y empezamos a debatir si el cadáver es una invención de la oposición.
No se equivoquen y dejen ya de discutir entre izquierda y derecha. Sobre lo que estamos debatiendo es entre quienes quieren seguir viviendo en un mundo real y quienes se conforman con habitar el decorado de este globalizado gran teatro del mundo trumpista.
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