Aquella tortuga vivía en un huerto junto al río. Era una amante de la tranquilidad, practicante de una infinita paciencia y muy amiga de las plantas que se criaban en aquella huerta. Cada mañana al despertarse, caminaba muy despacio entre las hortalizas, mientras saludaba a los caracoles y se detenía a oler las flores que crecían al sol.
La vida de la tortuga transcurría sin sobresaltos. Hasta que un día, mientras exploraba un rincón del huerto que nunca había visitado, se encontró una lechuga de un verde brillante, casi resplandeciente. Parecía susurrarle con voz dulce:
Cómeme, soy ligera y como el viento.
Nuestra tortuga, curiosa, le dio un mordisco pequeño. Y en cuanto la saboreó, notó que sus patas se cargaban de energía. ¡De pronto podía correr! Atravesó el huerto veloz como una liebre, y dejó boquiabiertos a los demás animales.
Durante días, la tortuga disfrutó de su nuevo poder. Pero con el tiempo, empezó a notar que su vida en el huerto se quedaba atrás, que ya no tenía tiempo para charlar con sus amigos los caracoles ni para contemplar el sol entre las hojas de todas las verduras y hortalizas. Con la lechuga mágica la tortuga corría tanto que todo en su vida se había vuelto una carrera sin destino.
Un atardecer, regresó exhausta, al lugar donde había nacido y se encontró que la raíz de la lechuga mágica se había secado. Un caracol amigo la tranquilizó y la hizo entender que la verdadera alegría de vivir no estaba en llegar antes, sino en disfrutar del camino. La tortuga decidió despedirse de la magia, y volvió a caminar con su paso lento y aquella tarde sonrió al ver cómo el río brillaba bajo la luz del crepúsculo.
A veces, lo que creemos una ventaja nos aleja de aquello que realmente vale la pena como es el tiempo, la calma y las pequeñas cosas que forman parte de nuestro camino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario