lunes, 26 de enero de 2026

QUE NO TE ENGAÑEN, CON FRANCO NO VIVIAMOS MEJOR


El franquismo no fue un periodo de convivencia ni de progreso, sino un régimen que levantó su estabilidad sobre el miedo, la sangre y la humillación sistemática de cientos de miles de personas. Hablar de paz sin hablar de los campos de concentración es, como mínimo, una forma muy cómoda de mirar hacia otro lado.

Se puede llamar “paz” a un país que mantiene cerca de 300 campos de concentración repartidos por todo el territorio, por los que pasan entre 700.000 y un millón de personas. Esa cifra no describe convivencia, describe un gigantesco sistema de reclusión diseñado para depurar políticamente y aplastar al vencido. Mientras algunos recuerdan orden y trabajo, otros recuerdan estadios de fútbol, colegios o conventos convertidos en jaulas humanas, normalizando la violencia en el corazón mismo de la vida cotidiana.

No hay progreso donde hay internamiento preventivo: miles de personas encerradas sin juicio, sin condena, sin otra “culpa” que su filiación política, sindical o la denuncia de un vecino. Las condiciones descritas por la propia historiografía como “vida infrahumana” (hacinamiento extremo, hambre, falta de higiene, enfermedades) no son daños colaterales, son el sistema funcionando tal y como fue pensado. En la rutina diaria de esos recintos, la tortura, las palizas, las humillaciones públicas y los castigos arbitrarios eran tan habituales como el toque de diana. 

Una parte de los internados no salió nunca: fueron ejecutados mediante consejos de guerra sumarísimos o directamente “paseados”, asesinados sin siquiera la coartada de un juicio. En campos como Santander, Ferrol, Albatera o San Marcos (León) hay cifras verificadas de centenares o miles de muertos por fusilamientos, hambre o enfermedad. Los campos funcionaban como un embudo: decidir quién podía ser liberado, quién sería explotado como mano de obra esclava y quién debía ser eliminado físicamente. Llamar a eso “convivencia” es una cruel ironía para quienes nunca tuvieron la oportunidad de convivir con nadie más que con su verdugo.

Se dice que en el franquismo “se hicieron muchas obras”; lo que se omite es quién las pagó de verdad. Miles de prisioneros fueron utilizados como mano de obra forzosa en batallones de trabajadores para obras militares, infraestructuras civiles y proyectos al servicio de empresas y élites del régimen. Ese trabajo esclavo se presentaba como “pago” de los supuestos daños causados por los vencidos, convirtiendo el castigo en recurso económico y la miseria del preso en beneficio del vencedor. Con hambre, malos tratos y jornadas extenuantes, esas obras se levantaron en condiciones cercanas al exterminio por desgaste. Llamar “desarrollo” a lo construido así es blanquear la explotación.

Los campos no solo encarcelaban cuerpos: intentaban reprogramar conciencias. Eran espacios de adoctrinamiento del nacionalcatolicismo, con rituales religiosos obligatorios y vigilancia ideológica permanente. En lugares como San Pedro de Cardeña se realizaron “estudios” psiquiátrico‑raciales de Antonio Vallejo‑Nájera para intentar “demostrar” la inferioridad o degeneración de los “rojos”, pseudociencia eugenésica al servicio del odio. La propaganda convertía a los presos en espectáculo de escarnio público, presentándolos como criminales, degenerados y “antiespañoles” para justificar la represión ante la sociedad.

Los campos de concentración identificados por comunidades autónomas serían estos: Andalucía: 52 campos; Comunidad Valenciana: 41 campos; Castilla‑La Mancha: 38 campos; Castilla y León: 24 campos; Aragón: 18 campos; Extremadura: 17 campos; Comunidad de Madrid: 16 campos; Cataluña: 14 campos; Asturias: 12 campos; Galicia: 11 campos; Región de Murcia: 11 campos; Cantabria: 10 campos; País Vasco: 9 campos; Illes Balears: 7 campos; Canarias: 5 campos; Navarra: 4 campos; La Rioja: 2 campos; Ceuta y Protectorado del norte de África: 5 campos.

Las nuevas teorías que pintan el franquismo como etapa de orden y convivencia se sostienen sobre un silencio clamoroso: el de quienes murieron de hambre, de tiros o de agotamiento en los campos, y el de quienes sobrevivieron marcados de por vida. No es “otra opinión”, es una elección moral: o se reconoce que aquel orden descansaba sobre alambradas, delaciones y miedo, o se está aceptando que la injusticia puede presentarse como estabilidad si pasa el tiempo suficiente. Si algo demuestran los datos sobre la red de campos de concentración, es que el franquismo no fue una anomalía benigna, sino un régimen que hizo del terror, la explotación y la deshumanización una política de Estado. 

Defenderlo como periodo de progreso es, en el mejor de los casos, desmemoria; en el peor, complicidad con la lógica que convirtió a una parte del país en ganado humano al servicio de la otra.

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