España se ha encontrado hoy, una vez más, con Ayuso al volante del debate público, o mejor dicho, en el vagón preferente del descontento. La presidenta madrileña ha querido recordar al país que subirse a un tren en 2026 es una actividad de riesgo comparable a escalar el K2 sin cuerda, y todo por culpa de un Gobierno que “cambia de criterio cada dos por tres”. Claro, porque todos sabemos que las catenarias solo funcionan con identidad política estable.
Ayuso, siempre tan sensible al sufrimiento ajeno, ha utilizado el accidente de Adamuz para recordarnos lo verdaderamente importante: la imagen de España en Fitur. Que haya 45 muertos está mal, por supuesto, pero la reputación turística es lo primero. ¿Qué pensarán los visitantes extranjeros si nos ven llorar sin un folleto institucional en la mano?
En su análisis técnico, la presidenta también ha detectado un fallo gravísimo en las infraestructuras del país: el exceso de feminismo toponímico. “Yo llego a una estación con nombre de mujer”, se queja. Es comprensible: cómo va a llegar uno puntual si el tren se detiene en Concha Espina en lugar de un lugar más viril, como Chamartín o José María Aznar.
Ayuso, que echa de menos “los trenes de siempre”, sueña probablemente con el ferrocarril de vapor castizo, ese que olía a carbón y sacrificio, donde el AVE todavía no había corrompido la esencia del viaje con su puntualidad globalista. “Hay mucha floritura, pero no hay verdad”, dice. Y tiene razón: ¿para qué queremos trenes eléctricos si podemos tener locomotoras emocionales? Mejor los trenes de siempre: aquellos de 1980, cuando se tardaba seis horas de Madrid a Albacete y la alta velocidad era una actitud vital, no una tecnología. España estaba peor, y por eso era más auténtica.
Después denuncia que el Gobierno “impone la ley del silencio”. Un concepto muy cinematográfico, digno de Coppola, en el que los maquinistas responden con monosílabos y los técnicos de Renfe juran lealtad al Don Pedro Sánchez. Habrá que reconocer el mérito: pocas mentes pueden mezclar tragedia ferroviaria, Agenda 2030, independentismo y fe religiosa en tan pocas frases.
La cúspide emocional llega con su anuncio de una misa en La Almudena. Porque si hay una tragedia nacional, nada como un funeral en Madrid —que para eso es el centro geométrico del dolor patrio. Las víctimas serán andaluzas, pero el incienso será castizo. “No podemos dividir el dolor por regiones”, dice mientras reparte homilías desde la capital de España.
Y como colofón, un golpe de inspiración pastoral: el problema de España no son las vías, sino “la falta de médicos, de natalidad y de apoyo a las familias”. Uno sospecha que, de poder decidirlo, Ayuso ordenaría resolverlo todo con una misa más grande… y quizás un AVE directo desde Dios hasta Sol.
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