La actitud del PP ante el accidente de Adamuz se parece menos a la de un partido que administra con calma una catástrofe que a la de una cuadrilla que, al ver el humo en el horizonte, no corre hacia el incendio, sino hacia la cámara de televisión más cercana. En lugar de organizarse para llevar cubos de agua, organizan micrófonos, y en vez de preguntar por los heridos, preguntan por el rendimiento electoral del escombro humano todavía caliente.
Tras unos días de contención más bien protocolaria, dictada por la estrategia de no parecer buitres antes de tiempo, el PP pasó con rapidez a una ofensiva escalonada: primero el lamento por la “falta de información” hacia Feijóo, luego la denuncia solemne de la “desaparición” de Sánchez y, finalmente, el ultimátum de comparecencia, como si el Parlamento fuera un plató y la tragedia un especial informativo de máxima audiencia. El orden no es casual: se empieza insinuando preocupación institucional, se sigue con la sospecha moral y se remata con la exigencia teatral, de forma que el mismo gesto parezca al tiempo responsable, indignado y a la vez televisable.
En ese tránsito, el PP despliega un pequeño catálogo de marcos retóricos cuidadosamente inflamados: el “colapso institucional”, el “Gobierno desaparecido” y el inevitable “punto de inflexión” en la relación entre ciudadanía y Ejecutivo. Son categorías grandilocuentes, pensadas para que nadie se entretenga en preguntas vulgares sobre balizas, catenarias o protocolos de seguridad. De lo que se trata es de transformar un accidente concreto en alegoría total de un Estado supuestamente arruinado por Sánchez, como si cada tornillo mal apretado llevara inscritas las siglas del adversario político.
En el terreno institucional, la exigencia de una comparecencia urgente de Sánchez y la utilización del Senado, cómodo feudo de mayoría absoluta, funcionan como un decorado perfecto para esa representación teatral. Se llama “dar explicaciones”, pero es, sobre todo, construir un escenario en el que el presidente aparezca a la defensiva, rodeado de preguntas que no buscan respuestas, sino cortes de vídeo. El Senado hace tiempo que dejó de ser una cámara territorial para convertirse en un teatro de operaciones mediáticas, un lugar donde no se gestiona la emergencia, sino que se amortiza.
La maniobra de Feijóo tiene además una función profiláctica, de preservativo político, dentro del bloque conservador, para evitar que Vox se quede en exclusiva con la explotación de la indignación. De ahí que su discurso ha terminado por ser peligrosamente hermano gemelo del de la extrema derecha, en el que comparten el mismo tono de demolición moral del Gobierno, solo que envuelto en corbata azul marino. En paralelo vemos el verso libre, Ayuso decide que la geografía del duelo también es una oportunidad y promueve una misa solemne en La Almudena antes del funeral de Estado en Córdoba, como si el dolor necesitara pasar primero por Madrid para adquirir certificado de autenticidad. La Comunidad quiere parecer generosa y ejercer de custodia del sufrimiento nacional, mientras el Ejecutivo es presentado como una especie de vecino desapegado que ni siquiera se asoma a la ventana cuando suenan las sirenas.
Visto desde una mirada ciudadana y no de comité electoral, el PP se comporta como quien, al llegar a un accidente, pone más interés en la lista de invitados al velatorio que en la lista de pacientes ingresados. Lee Adamuz como una brecha útil para mellar la reputación de competencia del Gobierno, la autoridad del presidente y, sobre todo, el control del relato emocional de la tragedia. El debate sobre responsabilidades técnicas (infraestructura, normativas, supervisión) lo dejan en un cuarto oscuro, sustituido por una batalla de frases grandiosas y acusaciones inflamadas.
Y en esa coreografía, las víctimas quedan convertidas solo en atrezo, en números para los comunicados, en rostros borrosos detrás de las pancartas, en lágrimas ajenas que se exprimen como si fueran combustible político. Lo verdaderamente crudo no es solo que el PP utilice a los muertos y a los heridos como fondo de pantalla de su guerra contra el Gobierno; lo insoportable de verdad, es la frialdad con la que calculan el rédito de cada féretro, el voto potencial de cada familia rota, el titular que se puede exprimir de cada cuerpo que no volverá a tomar un tren.
Esa es la obscenidad del PP con Feijoo y Ayuso al frente: haber convertido el dolor ajeno en materia prima de campaña, con la tranquila naturalidad de quien revisa una hoja de cálculo.
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