La conversación de WhatsApp entre Feijoo y Mazón la noche de la DANA desnuda algo más que una mala noche de gestión: revela una forma de entender la política donde el relato pesa más que las vidas arrastradas por el agua. No es un desliz, es un marco mental.
A las 23:27, cuando Mazón ya le está diciendo que hay muertos, Feijoo responde: “Lleva la iniciativa de la comunicación… Es la clave”. No pregunta por cuántas víctimas, por qué municipios siguen incomunicados, ni qué hace falta; su obsesión es quién controla el relato, quién sale por delante en las cámaras, quién se apuntará el “liderazgo” de la tragedia.
En política siempre hay comunicación, pero aquí se cruza una línea ética: se está hablando de “llevar la iniciativa de la comunicación” mientras “van a ser decenas seguro” de muertos y hay gente atrapada en tejados sin saber si amanecerá viva. Cuando el dolor es real, la propaganda se convierte en obscenidad.
Horas antes, cuando Mazón ya admite que están “desbordados” y que llegan “decenas de desaparecidos”, Feijoo no pregunta por planes de evacuación, por refuerzos o por logística; pregunta si el Gobierno ha llamado, qué ministro es la referencia, a qué hora se han puesto en contacto. El interés central no es cómo salvar más vidas, sino cómo encajar al Gobierno central en el cuadro de culpables, cómo preparar la coartada política.
El colmo es que la propia conversación desmonta el bulo que Feijoo ha sostenido durante meses: sí hubo contacto con Sánchez, Montero y los responsables de Defensa e Interior, y la UME estaba ya operativa. Aun así, siguió sembrando la idea de un Gobierno ausente. Esa distancia entre los hechos que conoce y el relato que fabrica tiene un nombre muy claro: mentira consciente.
El acta notarial con los mensajes no se presenta por convicción de transparencia, sino a regañadientes y tras un segundo requerimiento de la jueza. Primero entrega solo los mensajes de Mazón, como si lo que él dice, su parte de la conversación fuera secundaria o irrelevante. Solo cuando la magistrada insiste, completa el cuadro.
Esa secuencia encaja con su frase posterior: “Estuve informado en todo momento”, una afirmación que la propia cronología de WhatsApp desmiente. No estuvo informado “en todo momento” y, sin embargo, se apropia de esa idea para proteger a su presidente autonómico y, de paso, legitimar su campaña contra el Gobierno central. No hay rastro de autocrítica ni de empatía: sólo hay cálculo.
Lo más grave no es solo lo que se dice, sino lo que no aparece por ningún sitio: un interés genuino por las víctimas, sus nombres, sus familias, su duelo. En los mensajes, las personas son una cifra imprecisa “van a ser decenas seguro” mientras la comunicación es “la clave”.
La miseria moral no está en cometer errores de gestión en una noche caótica, eso puede ocurrir a cualquiera, sino en convertir esa noche en un tablero de ajedrez donde las piezas son muertos y desaparecidos y lo único que realmente importa es quién mueve primero el peón mediático. Que el PP no pague electoralmente este comportamiento, como apuntan algunos comentarios del propio texto, es otro síntoma preocupante: se ha normalizado la impunidad del cinismo.
Estos WhatsApps son un auténtico “test de estrés moral” al líder de la oposición que aspira a gobernar nuestro país. Cuando la realidad le ofrece una tragedia de 230 homicidios imprudentes investigados, Feijoo reacciona como un consultor de guerra cultural: buscar el ángulo contra el gobierno, ordenar la culpa, poner a sus barones en modo defensa de partido, blindar el “relato”.
No es casualidad que, en paralelo, se permita hacer vaticinios sobre la caída de Sánchez y agitar delitos que nadie ha probado, como si la política fuera una sucesión de profecías interesadas al margen de las evidencias. Ya se ha visto esa misma lógica en otros dirigentes de su entorno: primero el relato, después, si acaso, los hechos.
El verdadero escándalo de estos WhatsApps no es solo su contenido, sino lo que certifican: que, en una noche de muertos y pueblos arrasados, la brújula de Feijoo no apuntaba a la emergencia, sino a la oportunidad política. Y un país que acepta eso sin consecuencias, acaba normalizando que las tragedias sean, ante todo, material de campaña electoral.
Esto si que es propio de un “me gusta la fruta
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