martes, 6 de enero de 2026

El gato que no tenía mamá


Aquella noche de Reyes, el cielo estaba tan despejado que hasta las estrellas parecían acurrucarse entre ellas para evitar el frío. En una esquina de un barrio pobre, resguardado entre los cubos de basura y una vieja caja de cartón, vivía un gato pequeño, delgado, con los bigotes sucios y torcidos y con ojos del color del ámbar, aunque era un color que las legañas impedían ver a quienes le mirasen. Nadie sabía cómo había llegado allí. Nadie, ni siquiera él, recordaba si alguna vez había tenido una mamá.

Pero esa noche, mientras las ventanas del barrio se iluminaban y a través de ellas se escuchaban risas de ilusión de niños y salía olor a roscón, el pequeño gato miraba al cielo cómo si estuviese esperando oír los cascabeles de los camellos de los pajes. Había escuchado a los niños del barrio hablar de los Reyes Magos y de que les  traerían bonitos juguetes envueltos en un papel brillante. Pensó que a él quizá también le tocaría alguno: tal vez una manta suave donde poder recostarse, o una bolita para jugar cuando estaba solo.

Pero la madrugada pasó, y los Reyes no le dejaron nada junto a su caja. Solo la fría escarcha que cubría el cartón, y el eterno silencio de aquel rincón eran su única manta invisible con la que poder arroparse y restregar sus sucios bigotes. Entonces, el pequeño gatito pensó, que tal vez a veces los Reyes se pierden, y otras no encuentran la dirección donde dejar el regalo, o que tal vez había lugares tan tristes que ni los camellos se atrevían a llegar hasta allí.

Pero esa mañana, una niña se asomó al portal buscando su regalo, su bicicleta nueva, y lo vio a él. Sin decir palabra, lo recogió con cuidado, lo envolvió en su bufanda y se lo llevó a casa. El gatito no podía hablar, pero con sus ojos , le dijo a la niña “No tengo mamá”. Y ante su sorpresa la niña le susurró “Yo tampoco”. Y así, entre dos soledades que se reconocieron, el gatito encontró un hogar. 

Desde entonces, el gato ya no esperó nunca más juguetes, porque descubrió que lo que más falta le hacía no venía en los sacos de los Magos, sino en el calor de unos brazos  y en el olor a esperanza que percibía en la ropa de la niña.

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