¡Ah, la regularización de migrantes! Ese acto revolucionario que consiste en reconocer que los seres humanos existen, trabajan, comen y hasta respiran, aunque no aparezcan en el Excel del Ministerio del Interior. Medio millón de personas que ahora dejarán de ser fantasmas económicos para ser contribuyentes con nombre y nómina; quién lo diría, resulta que cuando los “ilegales” cotizan, los hospitales no se caen a pedazos y las pensiones se pueden pagar un poco mejor.
Pero claro, mientras unos celebramos que 500.000 nuevos trabajadores ayudarán a sostener el sistema, otros se preocupan profundamente por el colapso del alma nacional. Tal vez temen que tanta cotización diversa debilite la pureza de la Seguridad Social. Quizá esperaban un milagro económico a base de fronteras y rosarios.
La regularización debilita mercados clandestinos de documentación, empleo y vivienda, donde hoy se lucran intermediarios y redes de explotación. A medio plazo puede favorecer la integración (idioma, participación cívica, escolarización estable de menores), que es un factor de seguridad y no de riesgo.
En cualquier caso, ya va siendo hora de otra gran regularización: la de los 13 millones de votantes de la ultraderecha que, por desnutrición política severa, han caído en el déficit de humanidad y empatía, y sufren un superávit de indignación. Habrá que abrir centros de rehabilitación ideológica, donde se administre la dosis diaria de realidad y se enseñe que la “socialdemocracia” no es una enfermedad tropical.
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