El frío que venía no necesitaba la proximidad de ningún río para calar los huesos. Estaba pegado al empedrado, y le subía despacio por las piernas hasta que conseguía quedarse a vivir en todo su cuerpo. Era un frío de ésos que no hacen ruido, pero que van desgranando los cuerpos como una mazorca de maíz seca.
Y el hombre estaba allí cada día, parecía pegado al suelo, como si hubiera echado raíces cerca de aquella esquina. No sabía muy bien cuanto tiempo hacía que hubiese comenzado a quedarse quieto, sólo recordaba que un día dejó de andar por todas partes y se sentó al borde de aquel edificio, junto a la entrada de un portal, con la lata delante, esperando que alguna moneda le hablara con su tintineo.
En sus brazos un perro pequeño, poca cosa, un pellejo caliente con ojos, que se le acurrucaba en el regazo buscando un refugio que también él andaba pidiendo. Lo quería más que a nada, y cuando el aire cortaba más fuerte, el hombre lo metía bajo su sucio chaquetón, pegado al pecho, como si así los dos pudieran engañar al invierno y creerse que aún quedaba algo de calor en el mundo.
Por la calle ancha la gente caminaba deprisa, envuelta en bufandas gordas y abrigos nuevos. Pasaban junto a él sin mirarlo, como si el lugar que ocupaba estuviera vacío, como si en lugar de un hombre mendigando, lo que hubiera fuesen sólo sombras. Algunos, sin detener su paso, dejaban caer una moneda, y el metal golpeaba la lata con un ruido hueco, un sonido que no era ni compasión ni consuelo, sino sólo prisa.
Era navidad, al menos eso decían las luces que colgaban sobre sus cabezas, y la música que subía y bajaba al ritmo de los destellos. Las bombillas se encendían todas a la vez, como si el cielo se abriera, y luego se apagaban en oleadas, dejando un temblor de colores en los ojos de la gente. El hombre miraba ese brillo desde abajo, junto a su montón de mantas y abrazado a su perro, pensando que tanta luz no alcanzaba a calentarle ni las manos.
Cuando la noche se adentraba en las primeras horas de la madrugada, se marchaba hasta el portal donde dormía, allí tenía todo y había aprendido a ordenar sus cosas como si en el portal estuviesen ordenados sus recuerdos.
Primero colocaba los cartones, uno encima de otro, para que el frio del suelo no le mordiera en la espalda. Luego el saco de dormir, viejo y mugriento, roto por los pies, que dejaba escapar el frío igual que una gatera en una puerta. Encima las mantas, desparejadas, con manchas que ya eran más de tiempo que de suciedad. Así construía su casa cada noche, sabiendo que al amanecer tendría que desmontarla, y cada mañana deshacía su sueño de hogar mientras intentaba abrir los ojos.
El perrito siempre se acomodaba primero, daba vueltas sobre sí mismo hasta que encontraba el hueco justo, ahí donde el pecho del hombre le calentaba más espacio. Entonces los dos se quedaban escuchando el ruido de la ciudad: pasos, risas, un eco de villancicos, el motor de los coches, y esperaba que ningún malnacido intentase gastarle la broma pesada de orinar encima o darle una patada antes de correr. De vez en cuando, una bocanada de calidez navideña entraba en el soportal: un buenas noches de alguien, que rebotaba en las paredes desnudas y se le quedaba clavado en los oídos, como un recuerdo que nunca supo si era suyo, o un olvido de alguien.
A la calle ancha la gente venía a ver el alumbrado, eso decían. Venían a mirar cómo las luces se apagaban y encendían, como si en ese parpadeo hubiera una promesa de felicidad, una absolución rápida para todas las cosas que les dolían y en las que esos días no querían pensar. Mientras tanto, la lata seguía casi vacía, con apenas un puñado de monedas que no alcanzaban ni para comprar un bocadillo, y mucho menos una noche sin frío.
Nadie de aquellos paseante preguntaba por el hombre, ni por su nombre, ni por la historia que lo había traído hasta esa esquina. Para ellos era sólo parte del paisaje de la ciudad, como un banco más, como otra farola, como el contenedor de basura del que alguien se quejaba que se lo habían instalado demasiado cerca.
La indiferencia de los humanos iba y venía con el mismo compás de las luces: se encendía un momento, quizás en una mirada fugaz, y se apagaba enseguida, devorada por la prisa de las compras y las fotos con el móvil.
Pero no toda las noches eran iguales, alguna, cuando el frío apretaba más, el hombre recordaba ruidos antiguos: la risa de un niño que quizá fue suyo, el ruido de un plato sobre una mesa, el olor de un puchero que ya nadie prepara para él.
Esos recuerdos había veces que le dolían más que la fría escarcha en las manos, porque le traían a su memoria que hubo un tiempo en que no era invisible, en que alguien le llamaba por su nombre y le esperaba al caer la tarde en algún sitio.
Pero esos días la navidad seguía pasando por encima de su cuerpo inmóvil, como si fuese un tren de paso que no tenía nunca parada en su estación. La ciudad se esforzaba en parecer alegre: colgaba guirnaldas, encendía altavoces, montaba belenes con figuras brillantes, todo para decirse a sí misma que era una ciudad de gente buena, que era una ciudad generosa, que se acordaba de los que menos tenían. Pero la verdad era diferente, porque allí, en el borde del soportal, la generosidad se medía en monedas contadas, en miradas que nadie sostenía, en paseos que se apartaban para no tropezar con él.
El perro, que no sabía de fiestas ni de calendarios, sólo sabía que el cuerpo de su amigo hombre se iba enfriando cada noche un poco más. Por eso cada día que pasaba se apretaba contra su pecho con más fuerza, como si quisiera sujetarle al mundo con sus patas pequeñas, como si temiera que en cualquier descuido suyo fuese a perderlo porque se lo llevara la helada.
Y mientras la ciudad seguía encendiendo luces y apagando conciencias. Porque no es el frío el que hace daño, sino la costumbre de pasar al lado de quien tiembla y mirar hacia otro lado. No era la pobreza la que había condenado al mendigo del perro, sino la comodidad de las personas al creer que basta con una moneda suelta para remediar la injusticia. Mientras haya alguien durmiendo en un portal, arropado por cartones en noches de navidad, ninguna calle merece llamarse calle Ancha: porque tiene estrecha de alma, padece una enfermedad llamada angostura de corazón, aunque otros la llaman pequeñez de humanidad.
Tu que has leído esto, que caminas con prisa bajo las luces brillantes, tienes que decidir de qué lado estás: del lado de los que viven encendiendo adornos o del lado de los que, aunque sea tarde y haga frío, se detienen, miran de frente al que tiembla y, sobre todo, no lo dejan solo. Porque navidad es igual que dignidad, y la verdadera navidad, la verdadera dignidad, empieza el día en que dejamos de aceptar como normal que un hombre y su perro pasen la noche entera peleando contra el hielo mientras la ciudad, ahí mismo, se distrae contando luces.
No hay comentarios:
Publicar un comentario