lunes, 26 de enero de 2026

¡QUE TE VOTE PILAR PRIMO DE RIVERA, SANTI!


Llamar “mujer objeto” a Pilar Alegría no es un exabrupto aislado, sino una pieza más en la maquinaria del discurso de un líder que hace del desprecio una herramienta política central. No es un resbalón: hay convicción, parte de una cultura política que entiende a las mujeres como munición retórica desechable y a la humillación como espectáculo rentable.

En Utebo, Abascal no se limitó a criticar la política del Gobierno, sino que convirtió a la candidata socialista en Aragón en “una señora como mujer objeto de candidata”, reduciendo su trayectoria a un adorno útil para atacar el feminismo del PSOE. No discute ideas, degrada a personas; no confronta proyectos, cosifica a una mujer con nombre y apellidos, exhibiendo un machismo que sus propias palabras ya no consiguen disimular.

Abascal insiste en el término incluso después de la reacción social y política, reafirmándolo en actos posteriores y justificando que el PSOE “utiliza a las mujeres como mujeres objeto”. Esa perseverancia no es firmeza, sino misoginia: cuando se le señala el machismo, no rectifica, se atrinchera, convencido de que la agresión es identidad y la ofensa, bandera.

Pilar Alegría ha hablado de “degradación y deshumanización de la vida política”, señalando que estas agresiones que hoy la alcanzan a ella las padecen a diario muchas otras mujeres, con consecuencias mucho más graves. Cuando el líder de un partido parlamentario normaliza que una rival sea descrita como “objeto”, se envía un mensaje nítido: el debate público puede permitirse prescindir del respeto mínimo y legitimar el menosprecio como forma de militancia.

El discurso de Abascal mezcla la supuesta defensa de “las españolas” con alusiones a violaciones, migración y culturas “que no respetan a la mujer”, mientras él mismo insulta a una mujer concreta en un mitin. Esa paradoja desnuda una masculinidad política que se presenta como escudo protector mientras dispara primero contra las mujeres que no se someten a su guion, empezando por las que se atreven a competir con él en las urnas.

Llama la atención que, tal y como ha subrayado la propia Alegría, ni siquiera una parte del público de Vox acompañara con entusiasmo esa salida de tono: “las caras son un poema”, dijo, sugiriendo que algunos votantes son más sensatos que su líder. Pero el bochorno no se reparte por igual: el insulto lleva firma, y lo que revela de Santiago Abascal no es solo una opinión sobre una adversaria, sino un retrato demoledor de su proyecto de país, en el que muchas mujeres vuelven a ser, literalmente, objetos políticos de usar y tirar.

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