martes, 6 de enero de 2026

El copo de nieve que no quería caer


Desde muy arriba, en una nube viajera que cruzaba los cielos este mes de enero, nació un pequeño copo de nieve. Era diminuto, blanco y perfecto, con seis brazos cristalinos que brillaban al reflejarse sobre él la luz del sol. Mientras sus hermanos los otros copos caían felices, revoloteando como si bailaran hacia el suelo, el copito miró para abajo con miedo.

¿A dónde se van todos? Le preguntó al viento.

Hacia la tierra , le respondió el viento, risueño. Allí descansarán unos instantes antes de fundirse y volver a empezar.

El copito se estremeció de miedo. Él no quería fundirse, no quería dejar de ser un copo. Por eso se aferró a una hebra de aire y trató de quedarse en la nube, de flotar un poco más junto a la niebla que lo había visto nacer. Pero el viento, juguetón y persistente, sopló con más fuerza.

Vamos, pequeño, es el ciclo de tu vida. No temas.

El copo se giró, se elevó un instante, y por un momento creyó haber escapado de su destino. Desde esa altura, vio montañas que estaban cubiertas de nieve, también tejados brillando y a niños jugando que extendían las manos para captar copitos como él. Y entonces comprendió algo: cada copo era único, pero ninguno desaparecía del todo. Al derretirse, volvían al cielo en forma de vapor, para nacer otra vez.

Con un suspiro helado, se dejó caer. Tocó una rama de un árbol, se deslizó suavemente y, cuando el sol lo acarició, sintió que se disolvía. Pero esta vez no tuvo miedo: en cada gota sentía el secreto de volver.

Y mientras ascendía como vapor invisible hacia su próxima nube, pensó que no había dejado de ser un copo, que solo había cambiado de forma. Los seres humanos, como el copo de nieve, también formamos parte de un ciclo en el que nadie se pierde del todo; cambiamos de forma, de etapa o de lugar, pero cada cambio es de continuidad, no un final. 

Aceptar que todo cambia, nuestro cuerpo, las circunstancias, las personas que amamos, nos permite vivir con menos miedo y más gratitud por el presente. Cuando entendemos que cada final es, en realidad, un nuevo comienzo, el miedo desaparece y se transforma en confianza y dejamos de ver la vida como una caída porque entonces se convierte en un viaje.

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