martes, 29 de septiembre de 2026

La frontera y la trampa del miedo

Hay un hilo invisible y extraordinariamente resistente que une el populismo, la irresponsabilidad política y la deshumanización de los migrantes. Lo estamos comprobando en Ceuta. Cuando la dirección de la derecha se desplaza a la frontera norteafricana, el objetivo raras veces es comprender la complejidad de un país atravesado por la desigualdad global; la meta casi siempre es encontrar un plató donde aparecer más fotogénicos para alimentar el discurso del miedo.

La rueda de prensa de ayer entre Feijóo, el presidente ceutí y el líder del PP europeo, Weber fue un espectáculo de contradicciones. No es solo un simple tropiezo ni una anécdota para guardar en la hemeroteca, sino el síntoma de una profunda brecha entre la realidad jurídica y material de los territorios y el afán electoralista de una derecha arrastrada por la ultraderecha. 

El fenómeno de la migración no se aborda desde la histeria ni desde el belicismo; es un proceso humano condicionado por la brecha Norte-Sur, el cambio climático y la inestabilidad geopolítica que vivimos desde la llegada del señor de cabello color zanahoria a la Casa Blanca. Sin embargo, al prometer devoluciones automáticas «de mayores y menores, sin importar su condición», la derecha conservadora no solo abraza la deshumanización, sino que desafía abiertamente el Estado de Derecho, el principio de no devolución y la Convención sobre los Derechos del Niño. Lo trágico es que ni siquiera sus propios barones locales pueden sostener la mentira: fue el propio Vivas quien tuvo que recordar, frente a los micrófonos, que la legislación y los tratados internacionales impiden las expulsiones masivas a la carta.

Esta política de titular fácil, buscando inflamar el discurso, donde las manifestaciones de miles se transforman mágicamente en «millones» y donde se prometen medidas que el Gobierno central ya ha ejecutado, busca convertir a Ceuta en el epicentro de un desgaste partidista permanente. Pero jugar con fuego en una frontera internacional sensible no va a salir gratis.

Promover o deslizar escenarios límite, llegando al extremo de coquetear discursivamente con la idea de una «situación de guerra» o de conflicto bélico e inmimente en la frontera con Marruecos, no es una mera provocación política. Para la sociedad ceutí, un marco de esta naturaleza supondría una condena absoluta y su devastación. Es fácil de entender lo que afirmo:

-Ceuta es una ciudad diversa, cuya riqueza y estabilidad descansan sobre su multiculturalidad social, pero eso hace su política más delicada. Declarar o normalizar una lógica de guerra fronteriza dinamitaría esa cohesión interna, alimentaría la estigmatización del vecino, la islamofobia y la fractura social entre sus propios habitantes.

-Muchos empresarios en apoyo a Ceuta, pero parecen no preocuparse de que la economía de la ciudad es sumamente vulnerable y dependiente del comercio, los servicios y las instituciones. Convertir la frontera en una zona de guerra jurídica o militar ahuyentaría la inversión, paralizaría el turismo, asfixiaría el comercio local y transformaría a Ceuta en una ciudad militarizada e inviable en términos económicos.

-Introducir la lógica bélica implica subordinar las garantías constitucionales a la seguridad del Estado. Para los ceutíes, esto significaría vivir bajo un régimen de excepcionalidad, con restricciones a la movilidad, mayor control social y la degradación sistemática de los derechos civiles.

-Y por último, reducir la relación con el vecino a un frente de batalla aislaría a la ciudad no solo de su entorno geográfico inmediato, sino también de las dinámicas de cooperación euromediterráneas, convirtiendo a sus vecinos en rehenes de una tensión diplomática perpetua.

Ojala esto lo piensen quienes viven en Ceuta, una ciudad que no necesita tropas de propaganda ni fuego verbal que fantasee con trincheras. Lo que Ceuta y sus ciudadanos exigen es solidaridad interterritorial, inversiones estructurales, un modelo de cooperación leal con la Unión Europea y una política migratoria basada en la legalidad internacional, los derechos humanos y la justicia social. 

Todo lo demás es convertir la angustia de un pueblo en combustible para la crispación, pensando solo en el desgaste de un gobierno que no ha gestionado bien la avalancha de personas, pero que, por mucho que la derecha se empeñe, no la ha propiciado, sino que es la victima política de ella.

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