viernes, 4 de septiembre de 2026

El orden no justifica la verdadera cara del fascismo

Es un error clásico de parte de la política institucional asumir que el malestar social es un fenómeno abstracto que se disuelve con propaganda o promesas de estabilidad gracias a la militarización. Es perfectamente comprensible estar hasta las narices de la gestión fronteriza que se ha hecho en Ceuta, y de la opacidad con la que los Estados administran sus márgenes geopolíticos y del abandono sistemático de los territorios periféricos por parte de las élites de la capital madrileña. La rabia, el cansancio y la sensación de inseguridad son legítimos cuando nacen del desamparo de las instituciones.

Pero llamemos a las cosas por su nombre: la cacería humana que hoy hemos visto en la playa de El Trampolín no es una protesta ciudadana, es fascismo en su estado más primario y desmembrado. Lo que hemos presenciado no tiene nada que ver con el debate sobre el modelo migratorio, el control de fronteras o la crítica al Gobierno de turno, sino la instrumentalización del miedo para dar rienda suelta al odio identitario. 

Quienes salen a la calle a buscar al más débil de la cadena social para agredirlo ,no buscan soluciones ni exigen justicia; buscan un chivo expiatorio sobre el que descargar la frustración social. La tensión en Ceuta no ha creado a estos agresores, solo les ha servido de coartada perfecta para dar rienda suelta a su odio. Llevaban tiempo esperando una excusa para legitimarse y pasar de la retórica tóxica a la violencia física.

La violencia fascista nunca es un hecho aislado, sino el síntoma de una fractura social a la que unos pocos alimentan deliberadamente. Es el resultado de sustituir la solidaridad de clase por el enfrentamiento entre el penúltimo y el último. Mientras las dinámicas socioeconómicas precarizan la vida diaria de los vecinos, los discursos de extrema derecha dirigen el foco hacia el migrante, desviando la responsabilidad del capital y de las instituciones.

Frente a esto, la tibieza no es una opción neutral, es complicidad implícita. La pregunta que flota en el ambiente es obligada: ¿dónde está la condena tajante y sin paliativos de Juan Jesús Vivas y de las autoridades locales? En momentos donde la cohesión social se tambalea, los silencios calculados, el ponerse de perfil o el uso de eufemismos institucionalizan la barbarie. La condena a la cacería fascista no puede depender de cálculos electorales.

Defender Ceuta hoy implica defender la convivencia, señalar la violencia racista por lo que es y no permitir que el fascismo utilice las heridas de la ciudad para imponer la ley del terror en las calles.

Parece que los españoles ya lo tenemos todo muy claro. Basta mirar cualquier situación o circunstancia, no solo en Ceuta sino.  en cualquier Comunidad, para comprobar que todo pasa por la misma solución: mayor dotación de fuerzas de Seguridad. Puede ser el momento de quitar las Universidades de Medicina, Educación y casi todas,  y convertirlas en escuelas de Policía y Guardia Civil. 

Así que debemos empezar a asumir que nos moriremos de un simple resfriado, pero que lo haremos  mucho más seguros. Manda güevos el país que estamos creando y dejando de herencia a las nuevas generaciones. 

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