lunes, 21 de septiembre de 2026

Cuando la decencia se condiciona a las urnas

Somos muchos/as los que nos parece que los insultos y la falta de respeto verbal en nuestros políticos no solo debería estar desterrada de la práctica cotidiana, sino que a quien hace de ello un instrumento de su forma de actuar se le debería sancionar e incluso aparcar, aunque solo fuera temporalmente por su formación política. La realidad es que desde que el grupo gallego llegó al Madrid de la frutera, todas las soeces del vocabulario parecen tener cabida. Y sí, en la izquierda también se practica, pero no hay comparación al ser los Hernando, Tellado, y el moderadísimo Feijoo, incomparables.

Las declaraciones de Sémper prometiendo que con la llegada de Feijóo a la Moncloa «se desterrará el insulto y la mala educación» de la política española es la prueba del 9 de un vicio de origen profundamente revelador. El anuncio resulta fascinante como ejercicio de responsabilidad democrática. Es sencillamente una muestra de cinismo. Esta falacia descansa sobre dos pilares que desmontan cualquier intento de proyectar una imagen de centralidad moderada.

En primer lugar, Sémper presenta la regeneración del debate público no como una exigencia ética inmediata e innegociable para su propia formación, sino como una transacción electoral. El mensaje dirigido a la ciudadanía es tan transparente como chirriante: la cortesía parlamentaria y el fin del enconamiento son una "recompensa" que solo se concederá a los españoles si votan en la dirección correcta. Condicionar el cese de la crispación al asalto al poder, equivale a reconocer que el tono de confrontación desmedida no es una patología indeseada del sistema, sino una táctica utilizada deliberadamente desde la oposición para desgastar las instituciones hasta que consigan el objetivo político.

En segundo lugar, la proclama ignora la práctica diaria del PP en las Cortes, los parlamentos autonómicos y los medios de comunicación. Resulta metodológicamente imposible sostener en su discurso la bandera de la regeneración mientras se convive en perfecta sintonía con perfiles públicos y portavoces parlamentarios cuyo capital político se basa, de manera sistemática, en la descalificación personal, la hipérbole moral y la deslegitimación del adversario.

El objetivo es proyectar un perfil de gestión técnico, moderado y preparado para gobernar, mientras mantiene movilizado al electorado más radicalizado mediante el ataque continuo. Semper apela al entendimiento, la corrección institucional y la concordia, mientras descalifica a personas, hace acusaciones desproporcionadas y deslegitima al rival.

Desde una perspectiva de análisis esta estrategia responde al conocido doble juego de la derecha institucional contemporánea: utilizar a figuras de perfil moderado y amable como cortina de humo mediática, mientras la maquinaria del partido ejerce una labor de erosión de trazo grueso. 

Pretender que el clima político cambiará por arte de magia al cruzar la puerta de Presidencia no solo es irreal, sino que le quita responsabilidad al que contribuye activamente al deterioro del espacio público. El señor Sempér debería saber que la decencia institucional no se promete a futuro bajo la condición de estar en el poder; se demuestra en el presente desde la oposición. 

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