viernes, 4 de septiembre de 2026

La patria como fetiche y el dolor de la frontera

Existe una brecha insalvable entre el cálculo de las élites en Madrid y el impacto real que sus discursos provocan en las calles de Ceuta. Cuando el PP está en la oposición, la frontera sur deja de ser un espacio geopolítico complejo para convertirse en un plató de televisión. La diplomacia se reduce a "firmeza", la negociación a "traición" y la crisis migratoria a un "chantaje" ante el que el Ejecutivo supuestamente se arrodilla. En la oposición, el PP apela sin pudor a los compromisos con el pueblo saharaui, ondea la bandera de la soberanía en Ceuta y Melilla y exige un puño de hierro que jamás ellos aplican. Es la patria entendida como un altavoz de mitin electoral.

Sin embargo, la hemeroteca es implacable y el BOE no entiende de hipérboles. Cuando la derecha está en la Moncloa, la retórica incendiaria se evapora. El "chantajista" pasa a ser un "socio estratégico indispensable", los contenciosos fronterizos se gestionan con discreción de Estado y la llamada realpolitik sustituye al exabrupto. Aznar tras Perejil o Rajoy durante sus mandatos supieron perfectamente que la estabilidad de España depende de la cooperación policial, antiterrorista y comercial con Rabat. Gobernando, el PP hace exactamente lo que la responsabilidad de Estado exige; en la oposición, criminaliza a la izquierda por hacer lo mismo. Para la derecha, la patria solo es un recurso táctico que se infla para el titular de prensa y se deshace cual azucarillo en cuanto se ocupa el sillón del Consejo de ministros.

Esta instrumentalización necesita combustible. Ahí entra en juego la maquinaria de la derecha mediática, que no dudó en utilizar la concesión de los indultos como la coartada perfecta para declarar una suerte de "alerta nacional". La medida de gracia, presentada por el aparato mediático de conservadores y extrema derecha no como un instrumento político de desinflamación, sino como una "infamia" y una "traición vendida a los enemigos de la patria", sirvió para calentar la calle y deslegitimar al Gobierno de coalición. En ese sistema hiperventilado, cualquier desplazamiento institucional, ya fuera a Barcelona o a la mismísima Ceuta en plena crisis diplomática, deja de ser una visita de Estado para transformarse en un escenario de linchamiento, con el presidente recibido entre insultos y comitivas acosadas bajo el paraguas mediático que justificaba la bronca en nombre de la "dignidad nacional".

Esta estrategia de acoso y derribo no solo es deshonesta, sino profundamente irresponsable. Convertir la política exterior y las decisiones de Estado en un campo de batalla partidista no debilita a Marruecos ni refuerza la posición de España: solo fractura la cohesión interna y degrada las instituciones. Pero lo más alarmante es el coste humano de esta tensión. ¿Cualquier tiempo pasado siempre fue mejor? Nos lo planteamos a menudo, pero lo vivido en Ceuta nos va a afectar durante los próximos años. 

Más allá del debate político institucional, la verdadera tragedia es cómo esta agitación está transformando la convivencia social. Y no solo en esa ciudad. Corremos el grave peligro de una polarización extrema en nuestro día a día. Aquella división del "nosotros y vosotros" de hace muchas décadas reaparece ahora a "cara perro", con mensajes que calan y dañan profundamente. No podemos pasar por alto la denuncia de muchos chavales ceutíes y sus familias, enfrentados a la angustiosa sensación de que un sector de su propia sociedad pretende hacerles sentir extranjeros en su propia tierra. Es la violencia explícita que se vive al salir a manifestarse en defensa de Ceuta y escuchar al de al lado gritar "fuera de aquí todos los moros", o cuando se sugiere llevar identificadores para no ser confundidos con un inmigrante, asumiendo la barbarie implícita de que a un inmigrante sí se le puede estigmatizar impunemente. 

La patria no se defiende rompiendo la convivencia de tus propios ciudadanos ni convirtiendo el patriotismo en un pretexto para el racismo; se defiende garantizando derechos y cohesión social frente a quienes pretenden dinamitarla. Y hoy unos conscientemente y otros engañados han ido a defender la españolidad de una ciudad algo que nadie ha puesto en duda.  Menos mal que era en defensa de Ceuta y no contra el gobierno.

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