Si la izquierda renuncia a la eficacia material y a garantizar los derechos humanos en el territorio, queda reducida a un gesto moral. El análisis de la crisis en Ceuta expone, con claridad que duele, la profunda contradicción en la que habita el actual Gobierno: un discurso progresista impecable en las formas, pero estrangulado por la ineficiencia administrativa, la pleitesía geopolítica y una falta de estrategia alarmante.
No se trata de exigir milagros en la llamada geopolítica de la noche a la mañana. Tampoco de ignorar la complejidad técnica de los flujos migratorios. Pero resulta inaceptable que un gobierno que habla de milagro macroeconómico sea incapaz de desplegar, desde el primer minuto, toda la capacidad logística que a una potencia europea del siglo XXI le es exigible. La ausencia de un mando único desde el primer instante, la falta de campamentos dignos, la improvisación en el triaje sanitario y el abandono de miles de personas a su suerte en el espacio público no son fallos de comunicación: son un fracaso material de la gestión pública. Tratar de ignorarlo es hacerse trampas al solitario.
Para la izquierda, la gestión del territorio y de los servicios públicos es el único termómetro de su compromiso social. Acudir a Marruecos con carantoñas diplomáticas que no merece y concesiones millonarias, mientras la realidad cotidiana en Ceuta desborda la dignidad humana más elemental, no es "realismo político" sino sumisión a un régimen autoritario que utiliza a las personas como moneda de cambio.
Ahora bien, esta crítica rotunda al Gobierno no debe confundirse con la equiparación o la equidistancia. La alternativa parlamentaria del PP y Vox representa la indigencia moral y la muerte de la política de Estado. Frente a las deficiencias del Ejecutivo, el PP de Feijóo habita en la vacuidad estratégica, sumiso a la deriva deshumanizadora de Vox. La retórica de la extrema derecha no busca solucionar la crisis, sino abonar el odio racista y desmantelar el pacto constitucional de derechos mínimos.
Pero que la oposición sea un vacío de propuestas de solución y un catecismo de la doctrina reaccionaria, o que el escenario internacional esté cada vez más cerca del fascismo no exime al Gobierno de sus deberes materiales. Al contrario: frente a esa confluencia de intereses, la única respuesta legítima es un Estado eficaz, solidario y decidido. La solidaridad no se predica en la rueda de prensa del Consejo de ministros; se demuestra financiando, organizando y protegiendo. Pero ya, que ayer ya es tarde.
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