martes, 6 de enero de 2026

¿TAN DIFICIL ES QUE EN LA DERECHA DEMOCRATICA SE DEN CUENTA?


Feijoo no da el nivel para presidir un país. El episodio de Venezuela no es un desliz aislado más, sino el espejo que le devuelve a la derecha la imagen del líder que tiene, un dirigente de segunda fila, sin formación en política internacional, incapaz de entender el momento histórico y dispuesto a alinearse con la barbarie trumpista aunque eso suponga dinamitar los principios más elementales del derecho internacional. Su torpeza no es una cuestión de más o menos suerte, porque desde que llegó ha demostrado no solo carencias estructurales en su equipo, sino una indigencia intelectual y moral que se ve cada vez que abre la boca.

No esperen más. Feijoo aparece como lo que es: un político de segunda división que haría el ridículo en el gobierno porque es imposible que ni un gran equipo de asesores pueda tapar unas carencias tan evidentes. El caso de Venezuela ha dejado a la luz pública su ignorancia, su falta de preparación y un personaje con unas luces tan escasas que la metáfora de la “talla política de caracol” se le queda corta. Un supuesto aspirante a estadista que solo es capaz de encadenar soplapolleces no es que pueda estar desorientado, lo que está es descalificado.

Miren los últimos siete años. El PP que ahora lidera Feijoo no tiene programa ni idea de programa, porque su único horizonte se limita a echar al PSOE, no para gobernar mejor, sino para volver a ordeñar la vaca de los recursos públicos, como hicieron en tiempos de Aznar y Rajoy. La política del PP se reduce a un monotema: ir contra Sánchez, aunque eso implique apostar siempre mal, quedarse solo en el tablero internacional y demostrar que los derechos de otros pueblos le importan un comino. En sus posturas no hay defensa de los intereses nacionales, solo rezuma rencor, relato y cálculo partidista pero cortoplacista.

Y a la derecha española esto no debería sorprenderla en absoluto. La trayectoria de Feijoo en Galicia ya mostró a un mal gobernante, cínico, mentiroso y capaz de vender a su propio país con tal de alcanzar sus objetivos personales. Hoy, con traslado forzoso a  la política estatal, se ha confirmado que no tiene futuro, porque como estratega tiene el nivel de un topo y encima está rodeado de un equipo que ha demostrado un nulo potencial. Lo que se ve no es una derecha moderna, sino una banda de apesebrados de la política sin proyecto, con un jefe que encarna la ignorancia y la mala fe en un partido sobrado de mentiras, corrupciones, ruindades y vilezas.

Cuando muchos ciudadanos describen a Feijoo como “el tonto del pueblo” de la política española, no están apelando al insulto fácil sino a una percepción compartida, la de un dirigente que no entiende el mundo que pisa. Verle hablar basta para que recuerde “El tonto Simón”: no hay altura intelectual, no hay reflexión, no hay prudencia, solo ocurrencias al dictado del odio a la izquierda. Pedirle “altura de miras” a alguien así es no haber entendido nada. A ver si se dan cuenta de una vez los mini empresarios convencidos de ser multinacionales, quienes todavía esperen de él una mínima solvencia, que se lo hagan mirar porque carecen de capacidad de análisis.

Entérense, señores votantes, aunque pocos lean este texto, Feijoo, en realidad, es un inútil e incompetente mamarracho colocado en primera línea para recibir los golpes de una oposición asquerosa, hasta que Aznar decida sustituirlo por otro peón más útil. Mientras tanto, nos toca verlo mostrándose dispuesto a rendir pleitesía al nuevo dictador fascista Trump, aunque el precio sea aplastar derechos y democracias en Europa. 

Ese es el verdadero retrato: no el del líder que guía un país, sino el de un gañán estúpido que se ofrece como subalterno del imperio a cambio de una foto, un sillón y un ratito de poder prestado. Esperemos que no le oigamos decir que “No es presidente de Venezuela porque no quiere”. Capaz es.

Intenta contestarte a estas preguntas.


No haré hoy un artículo de opinión, sino provocar que generes tu propia opinión a través de la respuesta a estas quince preguntas. 

1 Si secuestrar a Maduro mediante bombardeos y una operación de fuerzas especiales es aceptable, ¿en qué norma del Derecho Internacional se distingue entre presidentes “secuestrables” y presidentes “intocables”?

2 Si el uso de la fuerza solo está permitido por autorización del Consejo de Seguridad o en legítima defensa, ¿qué precedente sienta aceptar un ataque sin ninguna de esas dos condiciones? ¿No es, por definición, la consagración de la ley del más fuerte?

3 ¿Cómo se puede seguir hablando de “orden internacional basado en reglas” si una potencia puede bombardear un país, capturar a su jefe de Estado y llevarlo a sus tribunales sin consecuencias jurídicas reales?

4 Si ves razonable que Delta Force secuestre a Maduro en Caracas, ¿qué te impediría ver razonable que mañana haga lo mismo hoy con Sánchez o mañana con otro en Madrid, alegando complicidad con el narcotráfico o con el “terrorismo”? Con Feijoo hay hasta fotos.

5 ¿De verdad crees que la diferencia entre que algo pueda ocurrir en Venezuela o en España es una cuestión de principios y no, simplemente, de fuerza militar, alianzas y coste político para Washington? 

6 Si te escandaliza que una potencia bombardease Madrid y se llevase esposado a un presidente español, ¿por qué no te escandaliza cuando ocurre exactamente eso en Caracas? ¿La legalidad depende del código postal?  

7 Si hoy se aceptas que se pueda bombardear un país y trasladar a su presidente a una prisión estadounidense por acusaciones unilaterales de narcotráfico, ¿qué impide que mañana se haga lo mismo con el presidente de Colombia, acusado ya públicamente por Trump de estar detrás de “laboratorios de cocaína”?

8 ¿Dónde acaba la lista de mandatarios susceptibles de ser “detenidos” por marines o Delta Force? ¿En Petro, en otros presidentes latinoamericanos, en líderes africanos, en dirigentes de Oriente Medio? ¿Quién traza la línea y con qué legitimidad? 

9 Si secuestrar a Maduro te parece un “arresto legítimo” y no una agresión, ¿qué palabra usarías si otro Estado decidiera enviar comandos a Florida para capturar a Trump por crímenes internacionales?  

10 Si justificas el bombardeo y el secuestro porque “Maduro es un dictador”, ¿estás dispuesto a aceptar que cualquier potencia pueda definir unilateralmente quién es dictador y actuar en consecuencia? ¿O ese poder lo reconoces solo a Estados Unidos?  

11 ¿No es llamativo que quienes se indignan con razón ante la invasión de Ucrania justifiquen sin matices un ataque que múltiples juristas califican ya de “acto de agresión” prohibido por la Carta de la ONU?

12 ¿Qué mensaje crees que se envía al resto del mundo cuando se aplaude un secuestro que incluso aliados de Washington describen como una violación de la soberanía venezolana y un “secuestrar” a su presidente?

13 Si hoy se admite que un Estado pueda derribar a otro gobierno por la fuerza en nombre de una causa “superior” (lucha contra las drogas, la democracia, los derechos humanos), ¿qué impide que mañana esa misma lógica se use contra tu propio país cuando deje de ser útil o dócil?

14 ¿No es contradictorio creer que Europa, por el hecho de ser Europa, está a salvo de la lógica que ya se aplica sin disimulo en América Latina, cuando la regla que se rompe (la prohibición del uso de la fuerza) es universal y no regional?

15 Si aceptamos que lo ocurrido en Venezuela es “un caso excepcional”, ¿cuántas excepciones más hacen falta para admitir que lo que se está desmontando no es un régimen concreto, sino la propia idea de que la fuerza está sometida a derecho y no al revés?  

A ver si nos enteramos de que la situación que ha provocado Trump no es una cuestión  de si la ideología de un gobernante de cualquier país es de izquierda o de derecha. Algunos no quieren enterarse de que a Trump la democracia le importa un rábano, y su actuación es un desprecio a la democracia de los países por parte de un imperialista, que se cree el nuevo Hitler. Es curioso que lo hayan visto Le Pen y Aznar o Margallo y no lo vea el bobo lider de la derecha española, que vive obsesionado con el tema del sanchismo y no ve más allá. No tiene ni puñetera idea de que el mundo es mucho más que Sánchez.

El copo de nieve que no quería caer


Desde muy arriba, en una nube viajera que cruzaba los cielos este mes de enero, nació un pequeño copo de nieve. Era diminuto, blanco y perfecto, con seis brazos cristalinos que brillaban al reflejarse sobre él la luz del sol. Mientras sus hermanos los otros copos caían felices, revoloteando como si bailaran hacia el suelo, el copito miró para abajo con miedo.

¿A dónde se van todos? Le preguntó al viento.

Hacia la tierra , le respondió el viento, risueño. Allí descansarán unos instantes antes de fundirse y volver a empezar.

El copito se estremeció de miedo. Él no quería fundirse, no quería dejar de ser un copo. Por eso se aferró a una hebra de aire y trató de quedarse en la nube, de flotar un poco más junto a la niebla que lo había visto nacer. Pero el viento, juguetón y persistente, sopló con más fuerza.

Vamos, pequeño, es el ciclo de tu vida. No temas.

El copo se giró, se elevó un instante, y por un momento creyó haber escapado de su destino. Desde esa altura, vio montañas que estaban cubiertas de nieve, también tejados brillando y a niños jugando que extendían las manos para captar copitos como él. Y entonces comprendió algo: cada copo era único, pero ninguno desaparecía del todo. Al derretirse, volvían al cielo en forma de vapor, para nacer otra vez.

Con un suspiro helado, se dejó caer. Tocó una rama de un árbol, se deslizó suavemente y, cuando el sol lo acarició, sintió que se disolvía. Pero esta vez no tuvo miedo: en cada gota sentía el secreto de volver.

Y mientras ascendía como vapor invisible hacia su próxima nube, pensó que no había dejado de ser un copo, que solo había cambiado de forma. Los seres humanos, como el copo de nieve, también formamos parte de un ciclo en el que nadie se pierde del todo; cambiamos de forma, de etapa o de lugar, pero cada cambio es de continuidad, no un final. 

Aceptar que todo cambia, nuestro cuerpo, las circunstancias, las personas que amamos, nos permite vivir con menos miedo y más gratitud por el presente. Cuando entendemos que cada final es, en realidad, un nuevo comienzo, el miedo desaparece y se transforma en confianza y dejamos de ver la vida como una caída porque entonces se convierte en un viaje.

El gato que no tenía mamá


Aquella noche de Reyes, el cielo estaba tan despejado que hasta las estrellas parecían acurrucarse entre ellas para evitar el frío. En una esquina de un barrio pobre, resguardado entre los cubos de basura y una vieja caja de cartón, vivía un gato pequeño, delgado, con los bigotes sucios y torcidos y con ojos del color del ámbar, aunque era un color que las legañas impedían ver a quienes le mirasen. Nadie sabía cómo había llegado allí. Nadie, ni siquiera él, recordaba si alguna vez había tenido una mamá.

Pero esa noche, mientras las ventanas del barrio se iluminaban y a través de ellas se escuchaban risas de ilusión de niños y salía olor a roscón, el pequeño gato miraba al cielo cómo si estuviese esperando oír los cascabeles de los camellos de los pajes. Había escuchado a los niños del barrio hablar de los Reyes Magos y de que les  traerían bonitos juguetes envueltos en un papel brillante. Pensó que a él quizá también le tocaría alguno: tal vez una manta suave donde poder recostarse, o una bolita para jugar cuando estaba solo.

Pero la madrugada pasó, y los Reyes no le dejaron nada junto a su caja. Solo la fría escarcha que cubría el cartón, y el eterno silencio de aquel rincón eran su única manta invisible con la que poder arroparse y restregar sus sucios bigotes. Entonces, el pequeño gatito pensó, que tal vez a veces los Reyes se pierden, y otras no encuentran la dirección donde dejar el regalo, o que tal vez había lugares tan tristes que ni los camellos se atrevían a llegar hasta allí.

Pero esa mañana, una niña se asomó al portal buscando su regalo, su bicicleta nueva, y lo vio a él. Sin decir palabra, lo recogió con cuidado, lo envolvió en su bufanda y se lo llevó a casa. El gatito no podía hablar, pero con sus ojos , le dijo a la niña “No tengo mamá”. Y ante su sorpresa la niña le susurró “Yo tampoco”. Y así, entre dos soledades que se reconocieron, el gatito encontró un hogar. 

Desde entonces, el gato ya no esperó nunca más juguetes, porque descubrió que lo que más falta le hacía no venía en los sacos de los Magos, sino en el calor de unos brazos  y en el olor a esperanza que percibía en la ropa de la niña.

EL JUEGO DE PATRIOTAS DE UN INDOCUMENTADO


Fran Rivera aplaude una operación que el Derecho Internacional califica de violación flagrante de la soberanía de un Estado y, encima, sugiere “mirar para acá” como si España necesitara un golpe de mano extranjero para “limpiarla”.  Más que patriotismo, es una invitación explícita a que una potencia militar bombardeé un país democrático de la UE porque a él no le gustan las “caras raras” de su Gobierno.

Por si no lo sabes matatoros. Pedir a un presidente extranjero que actúe militarmente sobre tu propio país no es una opinión polémica: es una deslealtad política de primer orden, impropia incluso de quien se envuelve a diario en la bandera. Si ya en Venezuela es @una violación del artículo 2(4) de la Carta de la ONU, en España sería, además, un ataque directo a un Estado miembro de la UE y de la OTAN, es decir, una verdadera catástrofe jurídica y política. 

Igual el mataroros no se ha enterado, que la operación para capturar a Maduro se ha realizado sin autorización del Consejo de Seguridad y sin consentimiento del Estado venezolano, lo que vulnera el principio de prohibición del uso de la fuerza y de no injerencia en los asuntos internos. Expertos y organizaciones especializadas señalan que se trata de un uso unilateral de la fuerza contrario a la Carta de la ONU y que sienta un precedente peligroso para la región y para el orden internacional en su conjunto. Claro que a él lo de saltarse la ley no le preocupa.

Lo de este matatoros  es “patriotismo” de plató.  Resulta llamativo que quien se indigna por cualquier crítica a España vea “normal” sugerir que un líder extranjero haga en Madrid lo que ya ha hecho ilegalmente en Caracas.  Aplaudir una intervención que juristas describen como unilateral, contraria a la Carta de la ONU y potencialmente constitutiva de agresión, y pedir una réplica en España, no es valentía ni sentido de Estado: es convertir la política en un ruedo donde siempre pagan los de abajo. Claro que a él los de abajo nunca le han importado.


La miseria moral del PP ante la invasión de Venezuela


Pocas cosas revelan con tanta crudeza el verdadero rostro de una fuerza política como su reacción ante una violación flagrante del derecho internacional. La invasión de Venezuela por parte de Estados Unidos, un acto unilateral y agresivo, ha servido como espejo implacable del Partido Popular y de sus dirigentes, incapaces de elevarse por encima de su servilismo ideológico. Lo que Feijóo, Tellado, Álvarez de Toledo y Bendodo han demostrado no es prudencia diplomática ni matiz analítico: es su cobardía moral envuelta en cálculo partidista.

La actitud del PP ante este atropello no es solo vergonzosa, es histórica en su pequeñez y cortedad de miras. Resulta insultante escuchar a sus portavoces evitar la palabra “invasión”, recurrir a eufemismos, o escudarse en la supuesta “defensa de la libertad venezolana” cuando lo que tienen delante es la violación soberana de un país latinoamericano por una potencia extranjera. Esa hipocresía, tan vieja como su dependencia política del Washington trumpista, los retrata como lo que son: herederos ideológicos de una derecha que siempre se ha arrodillado ante el poder ajeno mientras exige patriotismo a los demás.

Feijoo representa en este episodio la tibieza de quien no se atreve ni a pronunciar las palabras que describen la realidad. Tellado repite el guion propagandístico con la disciplina del subordinado que no piensa, solo acata. Álvarez de Toledo exhibe su habitual soberbia retórica para justificar lo injustificable, creyendo que el envoltorio culto basta para encubrir la indecencia moral. Y Bendodo, en su tono de notario de la mentira, intenta convertir el silencio en prudencia mientras legitima una agresión que recuerda tiempos oscuros de colonia y tutela.

La derecha española ha perdido incluso la sombra de lo que fue una conciencia nacional mínimamente autónoma. No son defensores de la legalidad internacional, ni de los derechos humanos, ni siquiera de una política exterior digna: son simples eco de los dictados de un imperio que decide qué invasiones son “injerencias humanitarias” y cuáles merecen sanciones. En su servilismo, Feijoo y los suyos confirman que el PP no defiende principios, sino intereses y obediencias.

España, con su historia de dictadura y transición, debería saber mejor que nadie lo que significa el atropello de la soberanía. Resulta indignante ver a quienes presumen de constitucionalistas mirar hacia otro lado cuando el derecho internacional se pisotea. Hay miserias políticas que se olvidan con el tiempo; esta no lo hará. Porque el silencio del PP ante la invasión de Venezuela no es prudencia: es complicidad. Hay miserias políticas que señalan a quienes actúan cómo verdaderos miserables. Este es el caso.


La agresión a Venezuela y la crisis del derecho internacional


Quienes tantas veces nos han mentido (lo hicieron con Irak, con la crisis, con las preferentes, con el rescate a la banca, con el Prestige, con el Yak-42, con el Metro de Valencia, con el Alvia de Galicia, con las 7.291 personas abandonadas en las residencias de Madrid, con la DANA, con los incendios y con Gaza), ahora de nuevo intentaran hacer su relato respecto a lo que está sucediendo con Venezuela, y nos mentirán con Venezuela. No estoy elaborando un panfleto, sino haciendo un recordatorio histórico: cada conflicto internacional viene siempre acompañado de un relato fabricado que busca legitimar lo injustificable.

La eventual agresión militar de Estados Unidos contra Venezuela sea directa, mediante bombardeos, o indirecta, a través de sanciones y operaciones encubiertas, no puede entenderse más que como una violación flagrante del derecho internacional. La Carta de las Naciones Unidas, en su artículo 2.4, prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. Solo caben dos excepciones: la legítima defensa y la autorización expresa del Consejo de Seguridad. Ninguna de ellas se cumple en este caso con Venezuela.

Hablar de una “intervención humanitaria” sería reeditar el engaño de Irak en 2003, disfrazando intereses geoestratégicos y económicos norteamericanos bajo un ropaje de defensa de la moral. Como entonces, las pruebas suelen llegar envueltas en un relato mediático siempre orientado a preparar la opinión pública. El precedente es peligroso: cada vez que un Estado poderoso actúa unilateralmente fuera del marco jurídico internacional, erosiona las bases mismas del orden que dice defender.

Desde la perspectiva de la responsabilidad internacional del Estado, los actos de agresión constituyen crímenes conforme a la definición de la Asamblea General de la ONU (resolución 3314 de 1974) y al Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional. Bombardear un país no es “una operación de pacificación”: es, conforme al derecho, un acto de agresión. Y detener a su presidente sin el consentimiento de las autoridades legítimas no es “una detención judicial”, sino un secuestro internacional.

No es cuestión de romper relaciones con EE. UU., o de no participar en el próximo mundial de futbol, propuestas que suenan a brindis para la galería y a propaganda electoral, y no cómo auténticas iniciativas políticas frente a esta vulneración del derecho internacional.  El Gobierno español debería actuar con prudencia, pero también con dignidad. La experiencia del reconocimiento precipitado de Juan Guaidó ya mostró el coste político y jurídico de subordinar la diplomacia a las directrices de Washington. Una política exterior autónoma, fiel a los principios de la Carta de la ONU, exige condenar toda acción que burle los cauces multilaterales y quebrante la soberanía de los pueblos.

En el fondo, no se trata de defender a un gobierno concreto, sino de preservar el frágil equilibrio del derecho internacional frente a la ley del más fuerte. Si permitimos que el uso de la fuerza vuelva a normalizarse como herramienta política, el mundo regresará a la lógica del siglo XIX. Y eso, hoy, es tanto una amenaza jurídica como una tragedia moral para todo el planeta.

Quienes en España respaldan está acción ilegal de EE. UU. supongo que abandonaran la dictadura del sanchismo y correrán de nuevo a Venezuela a disfrutar de la libertad que asegura  Maria Corina Machado y Trump. Ya están tardando en pensar si eso realmente es lo mejor, porque, en mi opinión, no lo es.


Cuando en una tragedia lo clave es el relato


La conversación de WhatsApp entre Feijoo y Mazón la noche de la DANA desnuda algo más que una mala noche de gestión: revela una forma de entender la política donde el relato pesa más que las vidas arrastradas por el agua. No es un desliz, es un marco mental.

A las 23:27, cuando Mazón ya le está diciendo que hay muertos, Feijoo responde: “Lleva la iniciativa de la comunicación… Es la clave”. No pregunta por cuántas víctimas, por qué municipios siguen incomunicados, ni qué hace falta; su obsesión es quién controla el relato, quién sale por delante en las cámaras, quién se apuntará el “liderazgo” de la tragedia.

En política siempre hay comunicación, pero aquí se cruza una línea ética: se está hablando de “llevar la iniciativa de la comunicación” mientras “van a ser decenas seguro” de muertos y hay gente atrapada en tejados sin saber si amanecerá viva. Cuando el dolor es real, la propaganda se convierte en obscenidad.

Horas antes, cuando Mazón ya admite que están “desbordados” y que llegan “decenas de desaparecidos”, Feijoo no pregunta por planes de evacuación, por refuerzos o por logística; pregunta si el Gobierno ha llamado, qué ministro es la referencia, a qué hora se han puesto en contacto. El interés central no es cómo salvar más vidas, sino cómo encajar al Gobierno central en el cuadro de culpables, cómo preparar la coartada política.

El colmo es que la propia conversación desmonta el bulo que Feijoo ha sostenido durante meses: sí hubo contacto con Sánchez, Montero y los responsables de Defensa e Interior, y la UME estaba ya operativa. Aun así, siguió sembrando la idea de un Gobierno ausente. Esa distancia entre los hechos que conoce y el relato que fabrica tiene un nombre muy claro: mentira consciente.

El acta notarial con los mensajes no se presenta por convicción de transparencia, sino a regañadientes y tras un segundo requerimiento de la jueza. Primero entrega solo los mensajes de Mazón, como si lo que él dice, su parte de la conversación fuera secundaria o irrelevante. Solo cuando la magistrada insiste, completa el cuadro.

Esa secuencia encaja con su frase posterior: “Estuve informado en todo momento”, una afirmación que la propia cronología de WhatsApp desmiente. No estuvo informado “en todo momento” y, sin embargo, se apropia de esa idea para proteger a su presidente autonómico y, de paso, legitimar su campaña contra el Gobierno central. No hay rastro de autocrítica ni de empatía: sólo hay cálculo.

Lo más grave no es solo lo que se dice, sino lo que no aparece por ningún sitio: un interés genuino por las víctimas, sus nombres, sus familias, su duelo. En los mensajes, las personas son una cifra imprecisa “van a ser decenas seguro” mientras la comunicación es “la clave”.

La miseria moral no está en cometer errores de gestión en una noche caótica, eso puede ocurrir a cualquiera, sino en convertir esa noche en un tablero de ajedrez donde las piezas son muertos y desaparecidos y lo único que realmente importa es quién mueve primero el peón mediático. Que el PP no pague electoralmente este comportamiento, como apuntan algunos comentarios del propio texto, es otro síntoma preocupante: se ha normalizado la impunidad del cinismo.

Estos WhatsApps son un auténtico “test de estrés moral” al líder de la oposición que aspira a gobernar nuestro país. Cuando la realidad le ofrece una tragedia de 230 homicidios imprudentes investigados, Feijoo reacciona como un consultor de guerra cultural: buscar el ángulo contra el gobierno, ordenar la culpa, poner a sus barones en modo defensa de partido, blindar el “relato”.

No es casualidad que, en paralelo, se permita hacer vaticinios sobre la caída de Sánchez y agitar delitos que nadie ha probado, como si la política fuera una sucesión de profecías interesadas al margen de las evidencias. Ya se ha visto esa misma lógica en otros dirigentes de su entorno: primero el relato, después, si acaso, los hechos.

El verdadero escándalo de estos WhatsApps no es solo su contenido, sino lo que certifican: que, en una noche de muertos y pueblos arrasados, la brújula de Feijoo no apuntaba a la emergencia, sino a la oportunidad política. Y un país que acepta eso sin consecuencias, acaba normalizando que las tragedias sean, ante todo, material de campaña electoral.

Esto si que es propio de un “me gusta la fruta

Ser pobre en España en 2026


Los pobres en la España de 2026 chocarán sobre todo contra los muros de vivienda, empleo precario, protección social insuficiente y brechas educativas y territoriales, más que contra una única crisis puntual. Son muros estructurales que fragmentan nuestra sociedad y hacen que la pobreza se vuelva más crónica y hereditaria.

La vivienda se ha convertido en el principal motor de la exclusión social, expulsando de una vida digna a cerca de uno de cada cuatro hogares. El alquiler se ha vuelto una trampa que provoca que alrededor del 45% de quienes viven de alquiler estén en riesgo de pobreza o exclusión, y en varias CCAA se destina el 40% o más del salario a pagar la casa, muy por encima del umbral razonable que no debería ser superior del 30%.

Aunque el paro se reduce en las previsiones oficiales, lo cierto es que tener hoy  empleo ya no garantiza una vida digna, porque, según las estadísticas, una de cada diez personas que trabajan está en exclusión social. La combinación de salarios bajos, temporalidad y malas condiciones genera un efecto de nivelación a la baja del salario medio, que erosiona la capacidad adquisitiva incluso de trabajos cualificados.

España sigue entre los países de la UE con mayor tasa de población en riesgo de pobreza o exclusión (alrededor de una cuarta parte de la población, más de 12 millones de personas). Nuestras cifras macroeconómicas son magnificas, pero la distribución de la riqueza es cada vez más escandalosa. La pobreza se vuelve más crónica y hereditaria, porque el origen familiar y la posición de clase pesan cada vez más, y se estrecha la franja de una mal llamada clase media que servía de colchón social.

El nivel educativo mínimo que protege frente a la exclusión se está desplazando y la ESO ya no basta y ahora el “cortafuegos” está en Bachillerato o FP; quien no pasa de la ESO multiplica por 2,7 su riesgo de exclusión severa. La infancia y adolescencia concentran un riesgo altísimo, puesto que en torno a un tercio de las niñas, niños y adolescentes vive en riesgo de pobreza, lo que anticipa reproducción intergeneracional de la desigualdad.

El Gobierno incorpora por primera vez metas de reducción de pobreza y desigualdad a su cuadro económico (Gini, brecha entre ricos y pobres, tasa de riesgo de pobreza), pero los avances previstos son modestos: se proyecta reducir la tasa de riesgo de pobreza apenas medio punto en varios años. Mientras tanto, el sistema de ayudas (IMV, rentas autonómicas, políticas de vivienda) llega tarde, de manera fragmentada y con trámites complejos, lo que mantiene un muro burocrático que muchas personas pobres no pueden saltar.

Contra esa realidad, en nuestro país se asoma la posibilidad de un cambio de gobierno a una coalición derecha-ultraderecha. La realidad, es que viendo sus propuestas programáticas, que no son muchas, pero si coincidentes, un gobierno de derecha y ultraderecha puede agravar todos los muros antes descritos porque su propuesta es actuar justo sobre los cuatro pilares que hoy amortiguan, aunque mal, la pobreza: vivienda, empleo, protección social y servicios públicos. Al tensionar esos pilares en nombre de la “austeridad” o del “mercado”, convierte una pobreza ya crónica en una pobreza más masiva y violenta.

Es previsible un giro hacia una política de vivienda centrada en incentivos fiscales a la propiedad y desregulación del alquiler, frenando límites de precios o regulaciones de zonas tensionadas. Eso reforzará el carácter de “trampa” del alquiler: si hoy ya cerca del 45% de inquilinos está en riesgo de pobreza, una subida adicional de precios sin contrapesos públicos hunde a más hogares por encima del 40% de su renta dedicada a la vivienda.

Las derechas suelen apostar por “flexibilizar” el mercado laboral: facilitar despido, frenar subidas del SMI y debilitar la negociación colectiva, lo que presiona a la baja salarios ya erosionados. En un país donde una de cada diez personas ocupadas está en exclusión, desandar reformas laborales protectoras convierte al trabajador pobre en figura estructural, no excepción.

Un gobierno de derechas siempre este tiende a recortar o endurecer el acceso a prestaciones como el IMV y las rentas autonómicas, reforzando la lógica de “filtros” y sospecha sobre los pobres. Si ya ahora el sistema de ayudas llega tarde, fragmentado y con trámites complejos, una agenda de “racionalización del gasto” puede reforzar ese muro burocrático hasta volverlo infranqueable para más familias.

En sanidad y educación se profundizará la externalización y el modelo dual: quien puede pagarse seguros y colegios privados, quien no puede se queda en un sistema más saturado y con menos recursos. Dado que el “cortafuegos” frente a la exclusión ya no está en la ESO sino en Bachillerato o FP, recortar becas, FP pública y apoyos educativos dispara el riesgo de exclusión severa de quienes no logren cruzar ese umbral.

Pero no se quedará ahí, porque la ultraderecha, además, introduce un relato que culpabiliza a pobres, migrantes o perceptores de ayudas, y refuerza políticas punitivas en lugar de redistributivas. En una sociedad donde la pobreza ya es más hereditaria y se contrae la clase media, ese relato puede consolidar una mayoría social que vea la exclusión como “culpa individual” y no como fracaso colectivo, bloqueando reformas estructurales de redistribución y derechos.

Moraleja: si dejamos que la pobreza se explique como un fallo individual y aceptamos que la vivienda, el empleo y la protección social sean solo negocio, un gobierno de derecha y ultraderecha no será una anécdota política, sino el ladrillo final en un muro que nos separa como sociedad y condena a generaciones enteras a heredar la exclusión como si fuera un destino. Ante esta realidad los jóvenes deberían pensarse mucho su voto, en lugar de dejarse arrastrar por campanas de gloria.


La crueldad como política: cuando dejamos de ver personas


Primer día del año y se parece mucho a ayer. Hay ideas que deberían ser eternamente incómodas. Asistimos a la banalidad del mal en un tiempo en que el horror se ha institucionalizado. Es urgente nuestra cena de nochevieja, pero la situación bajo un puente en Badalona sigue hoy siendo una lectura de urgencia. Cada vez que una sociedad convierte la crueldad en herramienta de orden, y la exclusión en lenguaje político aceptable, algo se rompe dentro de eso que llamamos humanidad.

El reciente desalojo de centenares de personas sin hogar en Badalona no es solo un hecho local, sino un espejo donde se refleja la fractura moral de nuestro tiempo. No se trató simplemente de vaciar un edificio ocupado; se trató de borrar la presencia de personas a los que algunos, por sus intereses políticos, consideran “indeseables”, a los que sus vidas las reducen a la categoría de problema. El objetivo de un xenófobo impresentable, por muy alcalde electo que sea, no era recuperar un espacio físico, sino reafirmar una identidad política basada en el miedo y en la idea de que los derechos humanos son un privilegio que algunos pierden cuando dejan de ser útiles.  

Es un ejercicio de crueldad. Pero de esa crueldad, que cuando se ejerce con cálculo y retórica, se vuelve contagiosa. Es la consecuencia de una infección por un virus político que para desarrollarse necesita de sus símbolos (“el orden”, “la normalidad”, “la seguridad”) porque esos son los únicos argumentos para justificar su expansión. Con ello consiguen que los ciudadanos comunes no vean en el otro una persona, sino un peligro; y mientras, la indiferencia se transforma en una virtud cívica y la compasión en una debilidad de izquierdistas que no aman a su patria.  

Nada ha cambiado por pasar de un año a otro. Seguimos viviendo en un tiempo en que la eficacia se considera premiable, frente a la empatía que debe ser reprimida. Hoy están consiguiendo que incluso generaciones jóvenes a las que hemos educado con todo nuestro esfuerzo personal crean que la política se debe medir por su capacidad de desalojar, no de cuidar. Todo tiene su lógica, porque al despojar al otro de su nombre y de su historia, ya se nos hace más fácil ignorar su hambre, su frío, su dolor. No nos equivoquemos, hasta en el lenguaje nos están minando, porque términos técnicos  cómo “okupas”, “MENAS”, “ilegales” son la manera de disfrazar, es el papel que usan para envolver la deshumanización,  escondiendo sus biografías, silenciando sus motivos y neutralizando las conciencias.  

Pero esto ya lo sabemos desde que la ultraderecha apareció en el panorama político internacional, sin embargo, resulta especialmente una obscenidad  que esta violencia simbólica y real se ejerza en este periodo navideño en el que todos los que ven esa política necesaria, se dedican a rezar, a darse golpes de pecho y a practicar la caridad cristiana. Cuanta hipocresía en el templo por parte de estos fariseos, en estos días en los que, incluso para los no creyentes, dicen tener un trasfondo de reconocimiento mutuo. No me diréis que la ironía no es brutal, que mientras las mesas se llenan y las luces ocultan la intemperie,  a pocos metros haya cuerpos de personas desalojados bajo el mismo frío. El gesto de expulsar en nombre del orden se acompaña del grito “llévatelos tú a tú casa”, síntoma de una sociedad que ha convertido el miedo en parte de su identidad.  

Cuando la crueldad se disfraza de gestión pública y la indiferencia se vende como sentido común, lo que se pierde no son solo las vidas de los marginados, sino la propia noción de humanidad compartida. Como escribió Arendt, el mal no necesita monstruos; solo necesita una mayoría capaz de mirar hacia otro lado.

¿TAN DIFICIL ES QUE EN LA DERECHA DEMOCRATICA SE DEN CUENTA?

Feijoo no da el nivel para presidir un país. El episodio de Venezuela no es un desliz aislado más, sino el espejo que le devuelve a la derec...