La convocatoria de elecciones generales para el próximo 29 de noviembre, anunciada este lunes tras el colapso parlamentario de los decretos-ley sobre vivienda, no es solo una salida constitucional obligada; es una decisión de alta política democrática. La iniciativa de disolver las Cortes no responde al pánico ni a la improvisación, sino a un principio irrenunciable: cuando un parlamento queda atenazado por la pinza entre el bloque reaccionario y los intereses del conservadurismo periférico, la soberanía debe retornar inmediatamente a su único dueño legítimo, el pueblo.
La caída en el Congreso de las medidas destinadas a frenar la especulación inmobiliaria y proteger el acceso a la vivienda demostró los límites infranqueables del actual marco parlamentario. Frente a la parálisis institucional a la que la oposición pretendía someter al Ejecutivo de coalición, acudir a las urnas permite clarificar mayorías. La convocatoria nos sitúa ante la necesidad de responder a una pregunta nítida: ¿debe el Estado intervenir para garantizar derechos sociales fundamentales o debemos entregar el mercado a las leyes de la desregulación más feroz?
Sin embargo, el espectáculo político y mediático desatado tras el anuncio de las 9 horas esta mañana deja al descubierto una paradoja tan sangrante como sintomática. Resulta casi cómico repasar la hemeroteca y escuchar la marejada de reproches proveniente de las filas de la derecha y de la extrema derecha. Durante casi tres años, la oposición parlamentaria y su entorno mediático han repetido de forma machacona una sola consigna: "elecciones ya". Han calificado al Gobierno de ilegítimo, han tachado la legislatura de "secuestro" y han exigido semanas tras semana que se pusieran las urnas para, en sus palabras, "devolver la voz a los españoles".
Y, sin embargo, el día que finalmente se aprieta el botón de la disolución de las Cortes, el discurso conservador sufre un cortocircuito fulminante. En cuestión de minutos, los mismos que clamaban por votar han inundado las redes sociales y los platós de televisión con acusaciones de "interés partidista", "estrategia de trinchera" e incluso las ya habituales e irresponsables insinuaciones de "pucherazo".
¿A qué responde esta repentina desmemoria y este pánico escénico? La explicación reside en que la derecha no quería urnas; quería un lento y agónico desgaste del Gobierno. Su hoja de ruta pasaba por asfixiar legislativamente al bloque progresista, bloqueando cada avance social en materia tributaria, laboral o inmobiliaria, para llegar a elecciones por extenuación.
Al convocar elecciones anticipadas, la izquierda arrebata el tempo político y desbarata esa estrategia de desgaste. Coloca a la oposición en un escenario de campaña no planificado donde ya no vale el mero grito de protesta, sino que hay que presentar un programa alternativo. Es ahí donde emergen las fisuras: cuando el votante de clases medias y trabajadoras constate que el bloqueo a la vivienda tenía como único fin proteger las rentas de los grandes tenedores, la movilización progresista, históricamente determinante cuando el electorado de izquierdas percibe un riesgo real para sus derechos, se convierte en una fuerza demoledora.
El recurso a las teorías del fraude y a la sospecha permanente sobre los procesos democráticos no es más que el síntoma de una derecha que teme al propio veredicto popular que decía anhelar. Denunciar un "interés de la izquierda" por el simple hecho de ejercer la prerrogativa constitucional de convocar comicios revela una concepción patrimonial del Estado: para la reacción, solo son legítimas las elecciones cuando las convocan ellos o cuando las encuestas les garantizan la victoria.
Lejos de la parálisis o el repliegue, la izquierda afronta el 29-N con una oportunidad histórica de cohesión. Es el momento de rearmar el bloque social, de trascender la dinámica defensiva y de ofrecer un contrato renovado con las mayorías sociales. Frente al ruido en redes y los fantasmas del "pucherazo", la mejor respuesta de la democracia progresista es llenar las urnas de votos y dignidad ciudadana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario