lunes, 5 de octubre de 2026

Sobre adoquines, cuentas de la vieja y otras melancolías

Servidor, que, aunque carece de pelo, ya peina canas, ha presenciado en su vida suficientes revoluciones de salón como para saber que la historia rara vez se repite con el mismo vestuario y en el mismo escenario. No estamos, desde luego, ni en el Mayo francés de los eslóganes poéticos ni en nuestra añorada Transición de chaquetas de pana. Lo que vemos estos días en las plazas son acampadas de una generación que ha descubierto, con notable perplejidad, que la dignidad se ha convertido en un artículo en peligro de extinción. 

Mientras tanto, nuestros lideres de la derecha más granados miran hacia otro lado cuando se les pregunta por los estragos de Gaza o la penuria urbana, prefiriendo la comodidad de sus neurosis burguesas antes que contaminarse con el sufrimiento de lo cotidiano, tan poco estético frente a la grandilocuencia del discurso político de guardarropa. 

Sucede que la vida ordinaria se ha vuelto un asunto extravagante. El coste de los alquileres ha alcanzado altitudes propias de la aeronáutica y los desahucios continúan expulsando tanto a los jóvenes de veinte años como a los respetables ciudadanos que sobrepasan la cincuentena, empujándolos a todos a una cohabitación forzosa. Entre el capitalismo especulativo y la inquebrantable inacción de los distintos gobiernos, la vivienda se ha transformado en un bien inalcanzable, mientras la cesta de la compra y el transporte reducen la jornada diaria a pura gimnasia de subsistencia donde el ocio básico resulta un lujo. 

No es de extrañar, por tanto, que la falta de perspectiva de futuro y la asfixia económica se hayan traducido en una severa crisis de salud mental e incluso en el silencioso drama del suicidio juvenil, ante el cual la sociedad acostumbra a  responder con una indiferencia tan elegante como dañina. Se nos decía que la juventud progresista se había evaporado; la realidad es que simplemente estaba hibernando, agazapada y resistiendo en silencio, hasta que el hartazgo la ha vuelto a llevar a ocupar las calles y plazas. 

A este panorama hay que sumar el espectáculo de la política institucional. La no derogación de la Ley Mordaza, el paulatino retraso en la edad de jubilación y el estrepitoso gatillazo de las reformas sociales prometidas nos muestran a un PSOE que sigue irremediablemente atrapado en las «medias tintas», supeditado a los dictados de los poderes económicos y trágicamente desconectado de la memoria histórica real. 

Para colmo de males, el debate público navega en el océano de las plataformas digitales, cuyos algoritmos favorecen el contenido reaccionario y la polarización fútil, fabricando una imagen distorsionada del mundo, favorecida su manipulación por una cultura comercial y unos medios de información, cuyos creadores evitan con pulcritud cualquier crítica explícita no vaya a ser que un destello de compromiso les prive de la financiación de su Comunidad Autónoma  o del galardón de turno. 

Sin embargo, algo parece haber cambiado en el aire. Frente a aquel simpático pero caótico asamblearismo del 15M de 2011, la protesta que hoy se asienta en la Puerta del Sol se revela mucho más organizada, consciente y serenamente harta. Cuando la paciencia social agota sus reservas, la retórica hueca deja de surtir efecto y la ciudadanía comprende que es hora de recuperar la dignidad colectiva y el combate político en la calle. 

Veremos en qué termina esta nueva función, pero conviene recordar a los gobernantes que el pueblo, cuando se decide a salir con la manta a la plaza, rara vez lo hace solo para pasar la tarde. Y a tí conviene recordarte dos proverbios, uno chino y uno ruso: Si te caes siete veces, levántate ocho (Proverbio chino); ¡Caer está permitido. Levantarse es obligatorio!.(Proverbio ruso).

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