sábado, 17 de octubre de 2026

Crónica de una desconexión anunciada

La política de izquierdas vive momentos de profunda perplejidad cuando las expectativas de confluencia se estrellan contra la cruda realidad de los aparatos orgánicos. El reciente y sorprendente pacto en Cataluña entre Rufián e Irene Montero, lejos de escenificar el ansiado paso hacia un Frente Amplio unitario, ha funcionado como dinamita sobre los puentes tendidos durante meses. Nos lo vestirán como quieran, pero lo cierto y verdad es que las bases progresistas asisten atónitas a un espectáculo donde el tacticismo y las cuentas de partido parecen pesar infinitamente más que la imperiosa urgencia de frenar a la extrema derecha. 

Durante meses se vendió a la ciudadanía que la situación actual exigía una generosidad inédita, que respetara en cada circunscripción a quienes tuvieran mayor capacidad de arrastre. Sin embargo, la teoría de la épica democrática ha chocado con la cruda necesidad de tragarse sapos y lidiar con odios y recelos mutuos entre formaciones que parecen más cómodas disputándose parcelas de poder que construyendo un bloque histórico. El resultado colateral de este entendimiento bilateral ha sido debilitar a espacios como los Comuns, que venían de superar electoralmente a ERC en 2023, resquebrajando la confianza desde la línea de salida. 

Este divorcio entre la dirigencia política y la calle se refleja de manera descarnada en el estado de ánimo de la militancia y de los votantes, tal y como evidencian las reacciones airadas en los foros de debate y la opinión pública. La ciudadanía progresista acumula un cansancio crónico ante el espectáculo del ego, las siglas cerradas y los cálculos de despacho. Entre el electorado se extiende peligrosamente la tesis de que ciertas formaciones, como Podemos, parecen posicionarse cómodamente para un rol de oposición a corto plazo, aprovechando la inercia de la confrontación sin asumir las responsabilidades directas de la gobernabilidad, o de que los liderazgos periféricos priorizan sus propias dinámicas orgánicas frente al bien común.

El coste de esta inoperancia es demoledor para el conjunto del espacio a la izquierda del PSOE. Ante la incapacidad de articular una candidatura unitaria sólida y reconocible, el votante de izquierdas se encuentra abocado a una disyuntiva trágica: o bien experimenta una profunda desafección que le conduce directamente a la abstención, o bien opta por refugiarse en el PSOE "con la nariz tapada" para evitar que el bloque reaccionario asuma el poder por la vía de la incomparecencia del resto de actores.

La lección que arroja este escenario es de una gravedad incuestionable. La izquierda a la izquierda del Partido Socialista no puede seguir exigiendo un cheque en blanco a una ciudadanía que ya ha madurado democráticamente. Si los partidos son incapaces de entender que la unidad es una herramienta de emancipación y no un mercado de fichajes y sillones, el veredicto de las urnas no tardará en pasarles una factura inapelable. Las formaciones progresistas corren el grave riesgo de descubrir que, de tanto juego a de tronos en los despachos, lo único que habrán logrado es vaciar de esperanza el futuro de las clases trabajadoras.

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