Me interesa muy poco quién ha fracasado o tenido la culpa, quién hizo qué y cuándo. La aritmética electoral es cruel y no perdona a los soberbios. No se puede meter a todo el mundo en el mismo saco: mucha gente ha renunciado a cualquier protagonismo en beneficio de la unidad, y hay que señalar con el dedo a quien no lo ha hecho, dinamitando todos los puentes.
Dividir las candidaturas en provincias pequeñas no es una "estrategia plural", es un suicidio asistido. Es mandar miles de votos directamente a la papelera de reciclaje y servirle en bandeja de plata la victoria a la alianza del PP y Vox. Mientras la derecha cierra filas de forma férrea y pragmática cuando huelen el poder, las izquierdas alternativas prefieren quemar la casa común con tal de que el vecino no se quede con el mejor cuarto.
¿De verdad nos piden entusiasmo? La ciudadanía de izquierdas no está desencantada: está cabreada, agotada y profundamente asqueada de ver cómo la soberbia de unos pocos amenaza con tirar por la borda años de luchas sociales. Han logrado lo que parecía imposible: que ir a votar a la izquierda se convierta en un ejercicio doloroso, casi de penitencia, donde la única motivación que nos queda es tragarnos la rabia, y votar al "menos malo" para evitar la catástrofe.
La abstención no es un castigo a los partidos: es un castigo para nosotros mismos. Si la gente se queda en casa el día de las elecciones amargada, las consecuencias las pagaremos la clase trabajadora con más recortes, más privatizaciones y el desmonte sistemático de nuestros derechos. Menos épica de balcón, menos narcisismo táctico y más bajar a la tierra.
A la política no se viene a salvar la marca ni a garantizar el puesto de salida en una lista electoral; se viene a defender a las mayorías sociales. Y si quienes dicen representarnos son incapaces de entender algo tan básico, que se echen a un lado antes de que la historia y las urnas los borren del mapa definitivamente.
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