Los recientes incidentes violentos en Barcelona no pueden reducirse de forma simplista a lo que ha hecho la derecha: acusar al gobierno de organizarlos. Tampoco reducirlos a una cuestión de orden público, ya que ignorar la crisis social de las periferias y el nihilismo juvenil que se articula por medio de las redes sociales solo enmascara el problema de fondo.
Estos altercados y saqueos tampoco no suponen ningún beneficio para la clase trabajadora, muy al contrario, fragmentan el tejido social y actúan como un caballo de Troya estratégico. Al desviar la atención de las luchas prioritarias por la vivienda accesible y los salarios dignos, esta violencia alimenta los intereses de oportunistas y de la extrema derecha global, sirviéndoles de coartada para justificar el miedo al caos, pedir más control social y recortar libertades cívicas.
La respuesta solo puede pasar por recuperar la iniciativa política demostrando que la verdadera seguridad para la mayoría social no reside únicamente en la represión policial, sino en garantizar un techo, un empleo digno y un futuro predecible.
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