miércoles, 21 de octubre de 2026

¿Por qué la formación morada ha elegido la guerra total?

Existe una vieja máxima en la izquierda política que parece repetirse implacable como una maldición bíblica: el adversario se combate, pero al compañero que propone otra vía se le aborrece. Aun así, después de no alcanzar una confluencia en la izquierda, pensé que cada uno de esos dos bloques se dedicaría a centrar su discurso en sus propuestas programáticas, y se olvidaría del otro para centrarse en el enemigo común. 

Está claro que me equivocaba, porque quien observe hoy en las redes sociales el ecosistema de la izquierda transformadora en España asistirá a un espectáculo tan enconado como revelador. En el universo de las redes afines a Podemos, la virulencia no se dirige prioritariamente hacia la derecha o la extrema derecha, sino hacia los intentos de articulación de un Frente Amplio. No hay esa actitud en perfiles afines al Frente, salvo individualidades ¿Por qué tanta ira volcada contra los propios afines?

Comprender esta agresividad como un mero arrebato de soberbia o desesperación es errar el diagnóstico. Lo que presenciamos en las redes de los simpatizantes y militantes morados es una estrategia consciente de repliegue defensivo, movida por incentivos de supervivencia orgánica y la lógica de la polarización identitaria.Y explico porque lo veo así.

En primer lugar, opera un conflicto ineludible por la hegemonía.Podemos no nació para ser una pieza más en el tablero político; nació para ser la fuerza rectora de la impugnación del régimen. Para la militancia que resiste en el núcleo morado, la construcción de plataformas de confluencia o Frentes Amplios no representa una evolución lógica o incluyente, sino una operación de asimilación destinada a limar el perfil ideológico de la izquierda y someterla al marco de la gobernabilidad responsable con el PSOE. En la psicología del activismo de trinchera, la "izquierda de gestión" no es un aliado pragmático, sino el actor que viene a desmantelar la memoria histórica del cambio.

En segundo lugar, hay un factor mediático e incentivos organizativos. El ecosistema comunicativo construido alrededor del espacio morado necesita tensionar continuamente a su audiencia. En la economía de la atención digital, la cohesión interna no se logra con llamamientos al consenso, sino con la delimitación clara del enemigo interno. Señalar la "traición" o el "blanqueamiento" de quienes buscan pactos amplios funciona como el combustible idóneo para movilizar a la base más politizada, sostener proyectos mediáticos propios y evitar que la militancia les flaquee.

La pregunta clave para mí, sin embargo, no es solo por qué lo hacen, sino qué van a lograr con esta contienda. Y es aquí donde creo que su estrategia tropieza con la aritmética y la sociología. A corto plazo, la estrategia de este cerco digital a Frente Amplio les dará sus frutos. Podemos logra blindar su núcleo duro, preservar su marca de las inercia institucional y asegurar que sus portavoces sigan teniendo una voz nítida y diferenciada. Es evidente que prefieren ser cabeza de ratón antes que cola de león; un reducto ideológicamente puro antes que un vagón secundario en un artefacto electoral ajeno, como alguno de sus militantes define a Frente Amplio. 

Creo que los costes a largo plazo son devastadores para el conjunto del espacio progresista. Su primer efecto es el agotamiento social. La mayoría de los votantes progresistas no vive la política desde la pureza orgánico-teórica, sino desde la utilidad cotidiana. La espiral incesante de ataques y reproches cruzados en redes sociales no produce transferencias masivas de votos entre partidos, sino una profunda desilusión que se traduce en abstención.

El segundo efecto negativo es el castigo implacable del sistema electoral. La Ley D'Hondt en las circunscripciones provinciales no perdona la soberbia de la fragmentación. Ir divididos destruye la representación institucional del espacio a la izquierda de la socialdemocracia tradicional, dilapidando miles de votos que terminan en la papelera del reparto de escaños.

En definitiva, las redes de Podemos están librando una batalla cultural por el relato de quién encarna la "verdadera izquierda" y sobre quien es responsable de que la confluencia no se haya producido, ellos nunca lo son. Respetable. Pero al hacerlo, aunque lograrán mantener intacto un bastión identitario y un ecosistema de resistencia, sin embargo, no pueden negar que el precio de esa pureza corre el riesgo de ser la irrelevancia táctica y la desmovilización de la única masa social capaz de hacer posibles las transformaciones reales. 

Se puede ganar la hegemonía del relato en las redes e incluso en la opinión publica, sí, pero a costa de perder el país. Lleven razón unos u otros, el enemigo ni es Frente Amplio ni es Podemos, sino una derecha al que este debate contribuye a su llegada porque donde mejor pesca es en río revuelto.

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