Existe un desconcierto recurrente en las filas progresistas cada vez que la derecha gana unas elecciones anunciando recortes en los servicios públicos, desregulaciones laborales o ajustes que impactan en las condiciones de vida de sus propios votantes. La pregunta, formulada desde la perplejidad, suele ser ¿por qué no dejan de votarles si les están diciendo a la cara que van a machacar su futuro?
La respuesta sencilla es que la política nunca ha sido una hoja de cálculo. La respuesta pensada exige mirar más allá del mito de la elección racional y asumir que la derecha ha entendido la naturaleza humana y la hegemonía cultural mucho mejor que sus detractores.
En primer lugar, el voto hoy no se emite con la calculadora en la mano, sino con la bandera de la identidad en el pecho. En un contexto de polarización afectiva extrema, el acto de votar es, ante todo, una declaración de pertenencia comunitaria. Aun reconociendo que el programa económico del líder propio perjudica el bienestar personal y le genera una disonancia cognitiva destructiva. Para ese votante, resulta infinitamente más tolerable asimilar un sacrificio económico o justificar una promesa dura que darle la razón al adversario. Antes la austeridad que la claudicación cultural.
En segundo lugar, opera lo que Gramsci denominó hegemonía cultural, convertida hoy en el “sentido común” neoliberal. Durante décadas se ha inoculado con éxito la idea de que la prosperidad es un asunto estrictamente individual y meritocrático. Bajo este prisma, los recortes en lo público no se perciben como el desmantelamiento del futuro colectivo, sino como la eliminación de trabas para que el individuo “salga adelante por sí mismo”. La narrativa del “no hay alternativa” y del “no se puede gastar lo que no se tiene” transforma la merma de derechos en una especie de doloroso “mal necesario”.
A esto se suman los miedos. La derecha política y mediática posee una habilidad extraordinaria para desplazar el eje del conflicto social. Cuando el debate público abandona el eje vertical (arriba contra abajo, capital contra trabajo) y se traslada al eje horizontal (nosotros contra ellos), la prioridad del elector cambia. La amenaza al futuro ya no es el recorte en la sanidad o en las pensiones, sino la inmigración, el ataque a la tradición o la supuesta descomposición de la patria. El voto se convierte así en un escudo defensivo frente a un pánico cultural amplificado a conveniencia.
Tampoco conviene obviar la dimensión del voto aspiracional. Gran parte de las clases medias y trabajadoras que apoyan proyectos conservadores no votan según la realidad de su nómina actual, sino en función del estatus al que aspiran. Identificarse con la narrativa del éxito, el emprendimiento y la propiedad privada resulta psicológicamente más estimulante que reconocerse como parte de un colectivo vulnerable que necesita la protección del Estado.
Por último, hay una responsabilidad ineludible en el espejo de enfrente. El votante de derechas no se mueve de sitio porque la alternativa progresista a menudo adolece de falta de credibilidad o se pierde en batallas discursivas alejadas del suelo material. Cuando la izquierda no logra transformar de forma tangible la vida cotidiana de la gente cuando gobierna, el discurso de la derecha, por duro o amenazante que suene, ofrece una apariencia de orden, certidumbre y pragmatismo frente a lo que perciben como incoherencia o utopía estéril.
El elector de derechas no es un sujeto engañado ni carente de luces. Vota en defensa de una visión del mundo, de un estilo de vida y de una comunidad de pertenencia. Mientras la izquierda siga asumiendo que la gente vota exclusivamente por su interés material inmediato, seguirá sin entender por qué la derecha no pierde a los suyos ni siquiera cuando les avisa de que se acerca la tormenta.
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