Hoy, a las 23:59 horas, expira el plazo legal para registrar las coaliciones electorales de cara a los comicios generales del próximo 29 de noviembre. Apenas quedan unas horas de margen y, mientras el reloj avanza hacia la medianoche. Se proyecta un retrato desolador: el de una izquierda enredada en vetos cruzados, tacticismos de baja intensidad y disputas por cuotas de poder.
Como alguien comprometido con la transformación social y el bloque de progreso, contemplo las noticias de esta semana no solo con frustración, sino con indignación política. Lo que estamos presenciando en la antesala de este cierre de filas no es un sano debate de ideas ni una reafirmación de principios; es una irresponsabilidad histórica.
Y eso que, a lo largo de los últimos días, los titulares han tratado de vendernos como "avances" lo que en realidad son parches aislados. Se celebra la firma del acuerdo en Canarias o entendimientos autonómicos en Aragón. Sin embargo, la realidad de fondo es inapelable: la dirección estatal de la izquierda alternativa se dirige con el pie en el acelerador hacia la fractura en plazas clave como Madrid y Cataluña. Belarra y Maíllo han protagonizado un cruce de reproches a contrarreloj. Frente a los intentos de Podemos por cerrar acuerdos "a la carta" en diez comunidades obviando la estructura del Frente Amplio, la respuesta de IU y Sumar ha sido frenar en seco lo que a todas luces es trocear por oportunismo el espacio. No lo expongo así por equidistante, sino porque como dicen en mi tierra “entre todos la mataron y ella sola se murió”.
Mientras tanto, figuras públicas se apresuran a recordar en los medios que "esto va de parar al fascismo y no de contar escaños". Pero cuando la hora de la verdad exige ceder puestos en las listas y compartir espacios de decisión, la retórica antifascista se diluye en la contabilidad partidista de despacho. Y es innegable que por una parte ha habido más disposición a renunciar al puesto que por otra
Las trabas que impiden cerrar un acuerdo unitario antes de las 24:00 horas no responden a diferencias ideológicas insalvables entre el programa social de Podemos y el del Frente Amplio, sino a varios problemas estructurales en las cúpulas directivas, de los que señalo algunos, que pueden ser solo fruto de mi visión y no los reales de fondo.
El sistema de representación provincial en España no perdona a la izquierda dividida. Acudir a las urnas el 29-N divididos en múltiples papeletas en provincias de tamaño medio no equivale a "dar voz a la pluralidad": equivale a hundirse por debajo del umbral del escaño y regalar los restos electorales directamente al bloque del PP y Vox. Ignorar la matemática de la circunscripción provincial a escasas horas del límite legal es desertar de la responsabilidad política.
Existe una peligrosa confusión entre preservar la identidad y encerrarse en la irrelevancia. En sectores de la dirección de Podemos se ha equiparado la transacción política con la capitulación, prefiriendo la trinchera del "voto puro" a la integración en un frente común. Puede que, del mismo modo, desde Frente Amplio no se haya sabido exponer que no se trata de una lógica de absorción, La negociación de estos pactos no se puede abordar mediante el intercambio de ultimátums a través de la prensa a 24 horas del cierre del registro electoral. La incapacidad para construir espacios de diálogo estables durante los meses previos demuestra que los responsables no han estado suficientemente preocupados por construir un proyecto solvente con vocación de gobierno.
Presumir de acuerdos en unas islas o en una comunidad mientras las grandes urbes, que son las que determinan las mayorías del Congreso, van divididas refleja una visión fragmentada del Estado. El electorado de izquierdas exige certezas; un rompecabezas incoherente donde las alianzas cambian según la provincia solo genera desconcierto y desmovilización en las urnas.
Y como decía, a las doce de la noche de hoy se apagará la luz del registro electoral. Si las cúpulas partidistas no aprovechan estas últimas horas para dar un golpe de timón y aparcar la disputa por las siglas, el diagnóstico para el 29-N será tan claro como amargo: la abstención por desencanto y la fragmentación sociológica abrirán de par en par la puerta de la gobernabilidad a la derecha y a la extrema derecha.
La clase trabajadora no pedía una fe ciega ni un amor idílico entre todos los partidos, sino la madurez táctica indispensable para defender las conquistas sociales que la derecha y ultraderecha ya anuncian que van a recortar. Si el reloj marca la medianoche sin acuerdo, los dirigentes de la izquierda alternativa no podrán culpar al electorado, porque la responsabilidad de la derrota será íntegra y exclusivamente suya.
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