Existe una máxima popular que dice que “al mentiroso, ni cuando dice la verdad se le cree”. En el actual tablero político, esta sentencia ha dejado de ser una simple frase moral para convertirse en el diagnóstico de una democracia extenuada.
Décadas de promesas incumplidas, de programas electorales reducidos a mero papel mojado y de un lenguaje institucional vaciado de sustancia han permitido que se instale un cinismo generalizado. Cuando la política representativa actúa como la correa de transmisión de las exigencias del mercado en lugar de las necesidades de las mayorías, la confianza no solo se erosiona: directamente se destruye.
La consecuencia inmediata de este descontento es un ecosistema mediático y político donde la verdad pierde su valor de cimentar los cambios, y abre de par en par las puertas a los discursos reaccionarios de la antipolítica. Sin embargo, el problema central no reside únicamente en que con ello se degrada el discurso, sino en la estructura de incentivos que rige el propio sistema. Es aquí donde cobra sentido una segunda premisa: ser cobarde merece la pena y ser valiente sale muy caro.
En la arquitectura de la hegemonía neoliberal, la moderación pusilánime cotiza al alza. Gestión orientada a no alterar los intereses de las grandes corporaciones y concesiones constantes al capital garantizan una existencia política plácida: portadas amables, beneplácito financiero y estabilidad en las instituciones. Esa "cobardía" táctica se vende como pragmatismo o sentido de Estado, cuando no es más que la claudicación ante el statu quo.
En contraposición, cualquier intento real de transformación social como lo es desafiar la concentración de la riqueza, democratizar los bienes comunes o plantar cara a los poderes fácticos, lleva implícito un peaje difícil de pagar. Para la izquierda emancipadora, los movimientos sociales y el sindicalismo combativo, la valentía se paga con campañas de desprestigio, acoso mediático y judicialización de la política. El sistema castiga de manera ejemplar a quien pretende alterar las reglas del juego para demostrarle a las mayorías que la alternativa es impracticable.
Frente a esta encrucijada, la tarea fundamental de una izquierda con vocación de transformación no puede ser la resignación ni el repliegue hacia un posibilismo estéril. Asumir el coste de la valentía implica construir un poder popular capaz de amortiguar esos embates, sosteniendo un proyecto que devuelva el sentido de la verdad a través de los hechos y la conquista de derechos reales. Revertir la lógica de la cobardía premiada es la única vía para reconstruir una esperanza política auténtica.
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