Las derrotas electorales de las derechas reaccionarias ya no se aceptan en las urnas; se impugnan en los platós, se retuercen en las redes y se combaten en las instituciones. La experiencia reciente en América Latina y Estados Unidos nos ha enseñado que el neofascismo contemporáneo entiende la democracia no como un marco inalterable de convivencia, sino como una herramienta para su contienda permanente. Cuando el resultado de las urnas desafía sus intereses de clase y su hegemonía patrimonial, las reglas del juego pasan a ser consideradas de "fraude" y el gobierno resultante, de "usurpador".
El padre del candidato brasileño de ayer, Jair Bolsonaro, encarnó la variante visceral de esta deriva. Tras perder ante Lula da Silva en 2022, el bolsonarismo no solo recurrió al silencio táctico o al asedio físico que culminó el 8 de enero en Brasilia; su pilar maestro fue el sistema mediático paralelo construido durante años. A través de una densa red de desinformación, cadenas de mensajería privada y medios afines, se inoculó en millones de brasileños la certeza de que la victoria de la izquierda era matemáticamente imposible sin la concurrencia del fraude y del delito. Veremos cómo actúa su hijo ahora tras los resultados de ayer.
Traslademos esa situación al contexto español y simulemos un escenario en el que el bloque de investidura progresista vuelve a revertir las encuestas y a revalidar el gobierno, el patrón estructural resulta idéntico. En el ámbito de la Unión Europea, no veremos muchedumbres asaltando sedes parlamentarias. La verdadera artillería destituyente en España no lleva pasamontañas ni asalta edificios: viste de etiqueta en los prime time de la televisión, redacta portadas y acapara la tertulia diaria.
En este escenario de remontada electoral de la izquierda, la gran maquinaria mediática conservadora y ultraconservadora no actuaría como un mero observador del proceso político, sino como el auténtico estado mayor de la oposición. Antes de que el recuento electoral haya concluido, las terminales mediáticas afines activarán el relato de la anomalía democrática. No necesitarán demostrar un fraude técnico en el escrutinio; les bastará con instalar la idea de un "pucherazo moral". A través del bombardeo diario sobre el uso "partidista" de las instituciones públicas o la denuncia furibunda de los acuerdos con las fuerzas plurinacionales, los medios convertirán la mayoría parlamentaria legal en una "dictadura disimulada" o un "gobierno Frankestein" carente de validez ética. Ya lo hicieron.
La contienda política abandonará los parámetros de la gestión económica o los derechos sociales para librarse en el terreno de la víscera y la identidad. Los editoriales, los titulares sensacionalistas y las tertulias radiofónicas y televisivas actuarán como cámaras de eco para normalizar discursos extremistas. Se generará un clima de asfixia respiratoria en la conversación pública donde cualquier pacto del Ejecutivo se presentará como una alta traición a la Patria, justificando implícitamente cualquier vía de sabotaje institucional. Ya lo hicieron.
Existe una retroalimentación entre el titular escandaloso y la querella judicial. Un titular fabricado a partir de filtraciones interesadas o denuncias de asociaciones afines sirve de base para abrir causas judiciales; a su vez, la apertura de diligencias abre los informativos durante semanas, retroalimentando el juicio paralelo y el desgaste moral del Ejecutivo antes de que exista veredicto alguno. Los medios no informan sobre la contienda judicial: la producen. Ya lo hicieron.
¿Qué debemos aprender? La lección que nos deja el análisis comparado de la extrema derecha de Brasilia a Madrid es contundente. La contestación al poder popular ha privatizado y mediatizado sus mecanismos de presión. Para la izquierda, ganar en las urnas es solo el primer paso; el verdadero desafío radica en resistir la embestida de una hegemonía mediática que buscará erosionar la soberanía popular golpe a golpe, titular a titular. Ya lo hicieron.
Frente al asedio del sistema mediático reaccionario, la única respuesta viable para el progresismo pasa por la audacia legislativa, el reequilibrio del mapa comunicativo y la democratización profunda del derecho a una información veraz. Esto sigue aún necesitamos hacerlo.