Hay personajes en la política española que han hecho del equilibrismo una profesión y del cinismo político su seña de identidad. Emiliano García-Page es, sin duda, el alumno aventajado de esta disciplina. Su última ocurrencia hoy (otra más en su interminable catálogo de deslealtades a los suyos) ha sido pedir elecciones anticipadas. Un brindis al sol, una gesticulación de cara a la galería de un hombre que, en realidad, tiembla ante la sola idea de que las urnas se abran cuando toca. Teme las elecciones en su fecha; las ve demasiado pegadas a las autonómicas y pánico le da perder el sillón.
Porque no nos engañemos: la gran prioridad de Page no es Castilla-La Mancha, ni el bienestar de sus ciudadanos, ni las siglas del partido que le da de comer. Su única y obsesiva prioridad es ver caer a Pedro Sánchez de mala manera, aunque para ello tenga que incendiar su propia casa. A Page se la suda por completo que el Partido Popular llegue a la Moncloa de la mano de Vox. Le da idénticamente igual el retroceso social que eso suponga, siempre y cuando sacie su sed de venganza interna. Su lealtad empieza y termina en sí mismo; el PSOE le importa un pepino y por eso no le tiembla el pulso a la hora de ejercer de Judas cada vez que le ponen un micrófono delante.
Para mantener su feudo, el presidente castellanomanchego ha decidido mimetizarse con el adversario. Hace política de derechas, regala titulares de derechas y se fotografía sonriente en aquelarres con presidentes autonómicos de derechas con el único fin de erosionar al Gobierno central. Sabe perfectamente que en Castilla-La Mancha gana gracias al trasvase de votos del PP; solo hay que cruzar los datos de las elecciones generales con las autonómicas para entender el burdo truco de magia.
Lo que Page calla con amnesia deliberada es su propio pasado. Olvida que fue el primero en pactar con Podemos para poder amarrar la Junta de Comunidades, tras haberlo negado mil veces e insultado a la formación morada de forma sistemática. Una vez que usó sus votos para coronarse, los ninguneó y los desechó. Ese es el verdadero Page: el que demoniza los pactos ajenos mientras esconde bajo la alfombra los suyos propios.
Mientras él se dedica a pontificar en tertulias y a jugar a ser el guardián de las esencias patrias, Castilla-La Mancha hace aguas por todos lados. La región languidece en una parálisis absoluta, carente de cualquier tipo de iniciativa o proyecto de futuro. Su única política real consiste en sujetar los baches con parches invisibles, apuntalar el edificio para que no se note que se está cayendo a pedazos y aguantar el tirón justo hasta las próximas elecciones.
El problema de Page es el pánico al destierro. No se ha bajado de un coche oficial desde hace demasiados años, y la idea de volver a la llanura de los mortales, despojado de los privilegios del poder, es su peor pesadilla. Si de verdad se cree el poseedor de la "única verdad" y el salvador del socialismo, lo tiene muy fácil: que deje el partido. O mejor aún, que promueva un congreso extraordinario en el PSOE para medir, de una vez por todas de cara y sin emboscadas mediáticas, con qué apoyos reales cuenta entre sus compañeros de filas.
Pero no lo hará. Es mucho más cómodo seguir cobrando del carné socialista mientras se le hace el trabajo sucio a la oposición desde el confort de Fuensalida. Seguirá siendo el barón díscolo, el crítico de salón, el hombre que vende a los suyos por un titular mientras su comunidad se hunde en la desidia. Al final, la historia no recordará a Page como un estadista, sino como un oportunista aferrado al coche oficial.
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