La reciente actividad diplomática y bélica de la administración Trump en Oriente Próximo, sumada a sus constantes desplantes hacia sus aliados históricos, ha reabierto un debate que muchos daban por cerrado: la vigencia de la dependencia estratégica de Europa respecto a Estados Unidos.
La figura de Donald Trump no solo genera un profundo rechazo por su estilo personal histriónico y errático, sino que está actuando como catalizador de un sentimiento soberanista europeo. Cuando el inquilino de la Casa Blanca amenaza con retirar bases militares como castigo, lo que antes se percibía como un riesgo para la seguridad, hoy es visto por una parte considerable de la sociedad como una oportunidad de emancipación. La idea de que España y Europa deben dejar de ser "provincias imperiales" para construir una defensa propia y coherente empieza a ganar terreno frente al viejo marco de la llamada guerra fría.
El escepticismo es especialmente agudo respecto a la gestión en Oriente Próximo. Mientras Washington se apresura a colgarse medallas de "misión cumplida" tras un alto el fuego con Irán forzado por la crisis del petróleo, los ciudadanos perciben un doble rasero moral. No se entiende una política exterior que castiga a unas teocracias mientras mantiene un silencio cómplice, o incluso un apoyo armamentístico, hacia las acciones del gobierno de Netanyahu en Gaza y países vecinos. Para muchos, la alianza Trump-Netanyahu representa un peligro para la estabilidad global que invalida cualquier pretensión de liderazgo moral por parte de EE. UU.
En este contexto, la posible salida de las tropas estadounidenses de suelo español no se vive como un drama, sino como un ejercicio de higiene democrática. El argumento económico del miedo a la pérdida de empleos en las zonas de las bases, ya no parece ser un freno insalvable; se plantean alternativas como la reconversión de estas instalaciones o planes estatales de mitigación.
En conclusión, hoy estamos ante un cambio de paradigma. La desconfianza hacia un líder que utiliza la geopolítica como un tablero de intereses personales está empujando a los ciudadanos a exigir una política exterior más ética, laica y, sobre todo, autónoma. Si el "castigo" de Trump es dejarnos caminar solos, quizás sea el mejor regalo que podría hacernos a largo plazo.
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