A uno, que ya tiene una edad y ha visto pasar por delante toda suerte de caudillos, salva patrias y vendedores de elixires milagrosos, le cuesta ya escandalizarse. Aunque lo que está aconteciendo estos días en los juzgados de la capital tiene huele a abrigo de astracán trasnochado, ese que tanto gusta a señores y señoras rancios en esta bendita tierra. En un nuevo alarde de creatividad administrativa, hemos decidido que las leyes no están para ser cumplidas, sino para ser interpretadas. Igual debería presidir el CGPJ Benita, capaz de leer los posos del café o las líneas de una mano que, casualmente, siempre apunta en dirección a la Moncloa.
Permítanme que abunde en el astracán y les diga que el asunto apesta a alcanfor. Estamos ante un caso propio de La Nave del Misterio, el caso de una señora que, según nos cuentan, ha perpetrado el asombroso delito de no hacer nada que sea realmente delito. No me dirán que no es un caso fascinante que podríamos encuadrar dentro del tipo de "delincuencia ectoplásmica". Se la acusa de malversar sin ser funcionaria (primer prodigio de la física cuántica), de traficar con influencias que otros treinta y tantos señores ejercieron antes con absoluta impunidad, y de enriquecerse con una cuantía que a cualquier constructor de los de antes no le daría ni para las propinas de la marisquería donde consolida sus apaños.
El juez instructor, se ha soltado el pelo, y en un arrebato de celo profesional, que, por cierto, ya habría querido para sí el mismísimo Torquemada, ha confundido su despacho en sede judicial con la sala de una editorial de folletines por entregas. Lo importante no es la prueba, esa cosa tan vulgar y técnica, sino el "runrún". La idea es que la acusada suba y baje las escaleras de los juzgados hasta que el desgaste del granito sea equivalente al desgaste de la paciencia del votante de su marido. Es lo que conocemos cómo la "pena de banquillo", esa especialidad tan nuestra que consiste en condenar a alguien, no por lo que hizo, sino por lo que el vecino del cuarto dice que se imagina que podría haber hecho si hubiera sido otra persona. No me dirán que esto no supera con creces el realismo fantástico de La Ciudad de las Luces Muertas.
Todo esto, por supuesto, aderezado con un Consejo General del Poder Judicial que sentado en el palco asiste a la función. Su presidente debe tener el monóculo puesto y su cara refleja que debe estar viendo una ópera de Wagner, sin darse cuenta de que, en realidad, lo que suena es una charanga de pueblo. Nos dicen que no debemos criticar a los jueces. ¡Válgame, Dios! Criticar a un juez en España se ha vuelto casi tan peligroso como atreverte a pedir un café con leche de soja en un bar de carretera rodeado de camioneros. En esos casos, uno sabe que se expone a que le miren mal o, a que directamente le apliquen el artículo correspondiente de la Ley de Vagos y Maleantes Intelectuales.
Al final, permitan el sesgo profesional, lo que me queda es esa sensación agridulce de que vivimos en un país donde la justicia, no es ciega, sino que padece estrabismo ideológico galopante. Unos no ven a un tal "M. Rajoy" ni a el “Asturiano” ni al “Barbas”, aunque les baile una jota en su cara, y otros incluso llegan a ver delitos complejos en un dominio web de veinticinco euros.
Es, en definitiva, la vuelta al tan hispano sainete: señoras que desnudan y le sacan la piel a tiras a la vecina en la escalera, caballeros togados que juegan a los soldaditos, y una democracia que, de tanto forzarla para que encaje en el molde de unos pocos, va a acabar rompiéndose por las costuras.
Pero no se preocupen, que, si la cosa se pone fea, siempre podremos decir que todo fue una farsa y hasta igual me permite escribir un libro. Sobre el título me surgen dudas: no se si ¿Qué tal ese peinado? O sonaría mejor: La conjura de los necios con puñetas.
Me están creando una grave dicotomía.
Viva la República.
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