domingo, 31 de mayo de 2026

El desgaste permanente: del “Váyase, señor González” al “el que pueda hacer, que haga”.

Luis María Ansón dijo en 1998 que, para terminar con Felipe González, “se rozó la estabilidad del propio Estado”, aunque luego matizó que no hubo una conspiración como tal y habló de una “operación de acoso y derribo”. La frase se publicó en una entrevista de Tiempo y fue recogida por varios medios; una versión anterior incluso la formulaba como “Fue necesario poner en riesgo el Estado para acabar con González”. En resumen, era una forma de decir: “vamos a minar su autoridad hasta hacerlo caer”. La expresión es polémica porque sugiere una intención deliberada de derribo, aunque quienes la usaron después insistieron en que hablaban de presión política intensa más que de una conspiración formal ¿hoy podríamos llamar a esto un golpe blando?

Es que hay frases que no solo retratan una época: la dejan marcada para siempre. “Váyase, señor González” fue una de ellas. Aznar no lanzó solo un reproche parlamentario; levantó una forma de hacer política que consistía en algo bastante más áspero: convertir al adversario en un problema moral, empujarlo al abismo de la deslegitimación y presentar su permanencia en el poder como una anomalía que había que corregir cuanto antes.

Aquello no fue un simple choque entre Gobierno y oposición. Fue la aplicación de un método. La política española descubrió entonces que no basta con disputar ideas o escaños; también se puede intentar expulsar al otro del territorio de lo aceptable. González quedó en el centro de una ofensiva que mezcló desgaste, escándalos, ruido mediático y una creciente voluntad de abatir al personaje antes que discutir al presidente. Ver hoy a González como uno más de los aplicadores de ese método es nauseabundo.

Hoy, con Pedro Sánchez, la escena ha cambiado de decorado, pero no de fondo. Ya no hace falta un gran gesto parlamentario para señalar al presidente como un obstáculo. Basta con una maquinaria continua de sospecha, una lluvia incesante de descalificaciones, la repetición hasta el agotamiento de que todo cuanto hace es calculado, torcido o ilegítimo. El método es más sofisticado, pero su intención es la misma: que el Gobierno gobierne a la defensiva, que el presidente viva cercado y que hacer política se convierta en una forma de sitio.

Aznar, con su “Váyase, señor González”, resumía una etapa en la que la oposición aún necesitaba una frase para fijar el golpe. Hoy eso ya no hace falta. El golpe es permanente. Se administra por entregas, en tertulias, titulares, redes, filtraciones y campañas donde cada episodio se presenta como definitivo. La política se ha vuelto un ruido, mejor dicho, un zumbido constante, una erosión sin descanso, una respiración artificial de la indignación.

Y en ese clima encaja también la nueva consigna, “el que pueda hacer, que haga”, que parece escrita para esta época de activismo feroz y de la paciencia escasa de un PP de Feijoo que parece sufrir un retortijón causado por toda la derecha que solo se le aliviará sentándose en la Moncloa. Es la lógica de quien asume que el poder no se disputa con serenidad sino con todo lo disponible; de quien entiende que la política, despojada ya de formas, se parece más a una carrera de resistencia que a un ejercicio de construcción. Pero esa energía, tan celebrada por algunos, tiene un precio muy alto: degrada el espacio público y convierte la acción en puro nervio.

La diferencia entre los años de González y los de Sánchez no está solo en el tono. Está en la velocidad y en la permanente disponibilidad del escándalo. Antes el desgaste necesitaba tiempo. Ahora el tiempo ya no hace falta: basta la secuencia infinita de impactos. Antes el derribo se pensaba como una operación excepcional. Hoy se ha normalizado como método de gobierno de la oposición. Y cuando la excepción se hace rutina, la política deja de ser una disputa democrática para convertirse en una industria del agotamiento.

El problema es que esa industria corrompe a todos. Al Gobierno, porque le obliga a encerrarse en sí mismo. A la oposición, porque la empuja a vivir de la demolición. Y a los ciudadanos, porque les enseña que la política no sirve para solucionar sus problemas y ordenar los conflictos, sino para avivarlo hasta que ya no quede nada en pie. Entonces, sí, queda la victoria. Pero es una victoria pobre, donde lo único que queda para compartir es la ruina.

Ese es el verdadero hilo que une el “Váyase, señor González” con la España de Sánchez: la tentación recurrente de no discutir al adversario, sino empujarlo fuera del escenario. Y cuando una democracia acepta eso como normal, ya no está discutiendo con dureza, sino que aprende a convivir con el derribo y su auto demolición. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Castilla-La Mancha

El 31 de mayo es el Día de Castilla-La Mancha, pero para muchos ciudadanos esta fecha no se trata de un simple festivo regional o de una fie...